Roger Federer: la melodía del tenis

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Veinte títulos individuales de Grand Slam le dan un lugar en el Olimpo al tenista suizo; sin embargo, su grandeza no reside en sus logros, sino en ser más humano que deportista.

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“Hay pocos tenistas que se queden con los pies en el suelo como Roger Federer. Si le oyes hablar, ves que para él el dinero aún es algo de valor. Es cierto que tiene muchos millones y muchos patrocinadores, pero en su personalidad no se lo notas, por eso tiene el respeto de todo su entorno. Yo creo que a él le gustaría poder moverse sin nosotros alrededor, e intento identificar cuándo es el momento en el que me necesita y cuándo puedo dejarle espacio y que note mi presencia lo menos posible. Si nota que yo le dejo su espacio y que cuando me necesita estoy a su lado, entonces él también se empieza a abrir. Behind the scenes (sin cámaras), Federer y Severin (Lüthi) juegan como niños y crean muy buena atmósfera. Son escenas que ves si él se da cuenta que puede tener confianza contigo”, comentó el guardaespaldas del tenista para el portal puntodebreak.com el año pasado.

Los aficionados perciben al suizo de la misma manera, con sencillez, humanidad. En la cancha nunca se le ha visto perder la paciencia. La soberbia no es algo que lo posea. Tiene la sabiduría del silencio y de la espera, como si siempre estuviera midiendo el alcance de sus actos en medio de lo efímera que resulta cada respuesta en el tenis, deporte que escogió luego de haber pasado por el críquet, el baloncesto y el fútbol.

Con la raqueta se entiende desde los seis años. Aunque tardó un par en arraigarse a ella, pues además del estudio, que se convierte en una obligación en los escalones del sistema actual, y del fútbol, que lo estuvo seduciendo en su adolescencia, finalmente se decidió por un deporte en el que vio a referentes como Boris Becker y Stefan Edberg.

Pero volvamos al fútbol, pues el mismo Federer aclaró hace tiempo que estuvo en las divisiones menores del Basilea, como volante ofensivo o centro delantero. El pequeño Roger llegó a visualizarse en los estadios que entonan el himno de la Champions League. Sin embargo, los hombres que vestían de blanco y emocionaban al público fueron los que le sembraron un interés mayor por este deporte. Edberg, Becker o Sampras; en esos espejos se sintió mejor y fue entonces momento de solamente hacerse hincha del Basilea y convertirse en el líder que pudo haber sido en el fútbol para pasar a ser una leyenda viva del tenis.

Así como ahora, Federer entrena contra una pared, como Guillermo Vilas y muchos otros lo hicieron para entender que hay que ser rival de uno mismo primero, que desde la misma individualidad se entrena lo que resulta ser fundamental: la disciplina, la fuerza en sí mismo. Ahora lo hace porque sobra decir que hace parte de nosotros, aunque sus virtudes lo alejen del común, pero también se guarda en casa, donde se siente más feliz y donde más se reta, porque más que ganar los veinte torneos de Grand Slam, lo que más cuesta es saber adaptarse a las obligaciones que se reinventan a diario en un hogar de cuatro hijos y su esposa, Mirka Vavrinec, con quien disputó los Juegos Olímpicos de Sídney en el año 2000 en la modalidad de dobles mixtos en representación de Suiza.

“Vivimos un momento difícil para todos nosotros y nadie debe ser dejado de lado. Mirka y yo hemos decidido hacer personalmente un donativo de un millón de francos suizos para las familias más desfavorecidas de Suiza. Nuestra contribución es apenas un principio. Esperamos que otros se unan para ayudar todavía más a las familias con necesidades. ¡Juntos podemos superar esta crisis! ¡Seguid con buena salud!”, contó Roger Federer hace pocos días en sus redes sociales.

Su Majestad, como lo apodan en el universo del tenis, ha sabido disfrutar de su carrera a lo largo de estos 22 años que lleva como profesional. Siempre le preguntan por su retiro. Llevan alrededor de cinco años preguntándole qué piensa al respecto. No le teme al momento, lo ha reinventado y no avanza en su carrera esperando a que llegue. Aún disfruta su rivalidad con Novac Djokovic o Rafael Nadal, deportistas de alto desempeño que han sabido ser sus contrincantes más frecuentes. Al principio lo fue con Andre Agassi, otro de los grandes en las últimas décadas. Sin embargo, aunque los torneos varíen tanto en sus ganadores y no haya una hegemonía clara, a Federer es a quien observan con ojos de otros colores, con miradas diferentes.

Es por su técnica del revés, por su drive, por ser de los que tiene la precisión en sus movimientos que la gente colma los estadios en París, Londres, Melbourne, Miami y demás ciudades que reciben a los maestros del tenis para grandes exhibiciones, que pueden durar horas sin bajar el ritmo y la exigencia del juego.

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“Federer es uno de esos monstruos de la naturaleza que aparecen cada cincuenta años”, afirmó hace algunos años Pete Sampras, uno de los referentes que Federer vio mientras hacía sus primeros pinos en el tenis, y al que tiempo después superó por esa misma excepcionalidad que recalcaba el estadounidense y que muchos subrayan cada vez que el suizo sorprende con un slice o un golpe a la otra banda.

Perseguir la pelota y no dejar que golpee el suelo más de una vez; suena obvio. Y lo obvio resulta ser, justamente, lo esencial, lo que no hay que olvidar. Ese fue el consejo que le dio su mamá cuando entrenaba de pequeño. Esas palabras que retumban como el golpe de la pelota con la raqueta en un estadio en silencio, que siempre está expectante a la sorpresa, son las que quedaron programadas en el inconsciente de un tenista que juega de gala, para quien cada partido es una nueva partitura de una obra que se ha hecho legendaria en sí misma y que en sus más de cien trofeos está solo una parte de su relato en el mundo, pues al final lo que queda va más allá de su nombre tallado en una placa, sino las memorias de quienes lo enfrentaron, lo vieron y fueron testigos de un tenista que supo siempre ser sencillo ante su grandeza, que no pisó a nadie con su huella y que mantuvo siempre la sonrisa del sabio que sabe reconocer que el secreto está en no olvidar su mortalidad.

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