Serena, una campeona irresistible

La estadounidense logra su 19º grande al ganar 6-3 y 7-6 a Sharapova, derrotada 16 veces seguidas

Serena Williams, campeona del Abierto de Australia 2015. Foto: AFP

Hay cosas que son inevitables: la gravedad es tozuda, el agua moja y Serena Williams siempre gana a Maria Sharapova. Con la contundencia de lo que va a ocurrir ocurra lo que ocurra, la estadounidense celebró por 6-3 y 7-6 su 19º título del Grand Slam ante la rusa, que lleva 16 partidos seguidos perdiendo frente a su Némesis, a la que no vence desde hace más de un decenio (final de la Copa de Maestras de 2004). Para la número uno mundial, de 33 años, el título fue mucho más que el trofeo que le permite colocarse como la segunda jugadora con más grandes en la Era Abierta (manda la alemana Graf, con 22). Fue la confirmación de que su temible servicio, sus golpes atronadores y su movilidad felina pueden obrar lo imposible. La estadounidense levantó la Copa pese a los problemas respiratorios que le han acompañado toda la quincena. Respirando pesadamente, hizo de la final un desfile.

Sharapova, que es la número dos mundial, perdió el saque de entrada. Tuvo la oportunidad de volver al encuentro cuando recuperó uno de los dos breaks concedidos en el momento en el que Serena servía por el primer set. De nuevo cedió el saque, y además en blanco, para que la estadounidense sellara la primera manga. El partido solo dejó malas noticias para la rusa, que intentó cambiar la dinámica con un puñado de dejadas. Como si el guion hubiera sido escrito por su peor enemigo, a cada ocasión para la esperanza le sucedió un doloroso golpe de realidad. Un ejemplo. Con 3-2 y 30-30 para Serena, el partido se interrumpió por la lluvia, que obligó a cerrar el techo. La número uno volvió a la pista 15 minutos después, sin calentar, fría como un témpano y con la responsabilidad de negociar ese marcador tan apretado frente a una restadora de fama. Era el momento de Sharapova. Serena se lo robó con un ace y un ganador. Chao. Adiós al título.

La número uno mundial, que llegó a perder un punto por gritar antes de que su contraria golpeara la pelota, abre así la posibilidad de convertirse en la mejor tenista de la historia. Ha reinado en los Juegos. Tiene a tiro el récord de grandes. Nadie parece en condiciones de frenarla mientras ella vea que tiene los grandes títulos a tiro. Ni las veteranas (Sharapova, Kvitova, Halep…), ni las jóvenes (Bouchard, Keys, Muguruza…) están preparadas todavía para superar el arma de su saque con la regularidad y la consistencia exigidas para relegar a la estadounidense a un papel secundario. Ninguna de sus rivales parece tener la fortaleza de carácter necesaria como para no sentirse intimidada por una jugadora que es capaz de competir en las buenas y en las malas, con calor y frio, inspirada o desnortada, al aire libre o bajo techo. Hay muchas Serenas. La que manda desde el saque. La que gobierna desde la línea de fondo. La que se atreve a atacar la red cuando no desborda por fuerza. La que se defiende de una esquina a la otra para luego lanzar un zarpazo sorprendente.

El estereotipo de que su tenis es solo músculo es tan injusto como reducir a Sharapova a ser una tenista anuncio. La rusa es una competidora espectacular, sufridora incansable, siempre a la búsqueda de una rendija por la que volver a los duelos que no domina, como demuestra que superara dos puntos de partido en contra. Serena, sin embargo, tiene tantas armas y tantos recursos, es tan variado su arsenal y tanta su capacidad competitiva, que la rusa lleva un decenio intentando encontrar ese camino. En Melbourne, de nuevo, se encontró con todas las puertas cerradas. Serena echó el cerrojo, escondió la llave y se fue directa a levantar el título mientras lanzaba gritos en dirección a su contraria (“¡Vamos!”).