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El 2026 será decisivo para definir cómo se inserta Colombia en un mundo cada vez más marcado por la competencia entre grandes potencias. Estados Unidos y China dominan hoy el tablero económico y geopolítico global, y la presión para alinearse con uno u otro bando es cada vez más explícita. Sin embargo, lejos de ofrecer un camino claro de oportunidades, ambas opciones presentan riesgos considerables. En ese contexto, Colombia debería resistir la tentación de escoger un bando y apostar, en cambio, por una estrategia de autonomía frente a ambos superpoderes, independientemente de quién gane las próximas elecciones presidenciales.
Durante décadas, buena parte de la política exterior y comercial colombiana se construyó sobre la premisa de que Estados Unidos era un socio confiable, predecible y comprometido con reglas estables. El retorno de Donald Trump al poder terminó de erosionar esa idea. El primer año de su segunda administración dejó claro que la versión reencauchada del “America First” se traduce en el uso de aranceles coercitivos, muchas veces desplegados como instrumento de presión en asuntos que poco o nada tienen que ver con el comercio. A ello se suman acuerdos que Washington insiste en llamar “recíprocos”, aunque en la práctica solo impongan obligaciones unilaterales a los socios de Estados Unidos, así como un clima permanente de incertidumbre e inestabilidad.
Algunos podrían pensar que un eventual fallo de la Corte Suprema de Estados Unidos contra los llamados “aranceles recíprocos” de Trump devolvería algo de certidumbre a la relación comercial con el socio del norte. No obstante, cualquier alivio sería, en el mejor de los casos, temporal. Aun si la Corte limita el uso de la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional, el poder Ejecutivo estadounidense dispone de otros instrumentos legales para imponer aranceles. En consecuencia, incluso con frenos judiciales, la imprevisibilidad seguirá siendo la norma.
Frente a ese panorama, podría parecer lógico buscar refugio en China. De hecho, la decisión del gobierno Petro, de sumar a Colombia a la Ruta de la Seda, apunta en esa dirección. Aunque este camino también está plagado de riesgos que suelen subestimarse. El modelo económico chino se basa en el acaparamiento de capacidad industrial a una escala sin precedentes, lo que deja poco espacio para que economías dependientes de importaciones chinas desarrollen y diversifiquen su propio aparato productivo.
Hoy, la producción industrial de China supera la de los nueve países con mayor capacidad industrial del mundo combinados. Economistas de Goldman Sachs han estimado recientemente que, si China crece apenas 0,6 % más rápido en los próximos años, ello podría traducirse en una reducción del 0,1 % en el crecimiento del resto del mundo. A diferencia de lo que pudo haber ocurrido en etapas anteriores de la globalización, China ya no crece junto con el mundo, sino en buena medida a costa de él.
América Latina ofrece un ejemplo claro de esta dinámica. El déficit comercial de la región con China no deja de aumentar y, para 2024, representaba alrededor del 1,4 % del PIB regional. Los únicos países que mantienen superávits comerciales significativos con China son Chile y Perú, y ello se explica casi exclusivamente por sus exportaciones de minerales con bajo valor agregado. Para la región, la relación con China ha reforzado patrones de reprimarización y dependencia, más que procesos de industrialización o diversificación productiva.
Ante esta coyuntura, Colombia haría bien en resistir las presiones para alinearse automáticamente con uno u otro bloque. En este sentido, Brasil ofrece un ejemplo ilustrativo, reconociendo que se trata de una economía más grande y con mayor peso geopolítico. Brasilia ha logrado navegar en un entorno internacional complejo extrayendo beneficios de ambas potencias sin comprometerse con una alineación plena.
En su relación con China, Brasil no se limitó a aceptar pasivamente la avalancha de vehículos eléctricos importados. En lugar de permitir que estos barrieran con su industria automotriz, adoptó aranceles selectivos e incentivos para que los fabricantes chinos instalaran plantas en territorio brasileño. Es decir, utilizó instrumentos de política comercial e industrial para traducir la relación con China en inversión productiva local.
Con Estados Unidos el reto no ha sido menor. Brasil fue blanco de una de las decisiones más arbitrarias de la política arancelaria de Trump, cuando este impuso aranceles del 50 % a sus exportaciones para presionar la suspensión del juicio contra Jair Bolsonaro. Lejos de ceder, el gobierno brasileño optó por esperar, consciente de que negociar bajo presión implicaría concesiones inaceptables. Con el tiempo la presión interna en Estados Unidos por el aumento del costo de vida llevó a Trump a reducir los aranceles sobre productos claves para Brasil, como el café y la carne de res, sin que Brasilia aceptara las concesiones que sí asumieron otros países de la región.
Habrá quienes sostengan que un país del tamaño de Colombia no puede ejercer una autonomía estratégica. Sin embargo, la historia ofrece ejemplos claros de países pequeños que han optado por la no alineación con buenos resultados. Suiza, por ejemplo, ha hecho del equilibrio frente a potencias el eje de su política exterior durante siglos. Asimismo, Singapur ha logrado navegar la rivalidad entre Estados Unidos y China, y convertir esa tensión en una fuente de estabilidad y prosperidad.
La lección es clara. En un mundo de grandes potencias impredecibles y cada vez más dispuestas a usar el comercio como arma, la alineación automática es una estrategia de alto riesgo.
Para Colombia, 2026 debería ser el año de abandonar los reflejos de subordinación y apostar por una autonomía estratégica que preserve su espacio de política pública, diversifique sus relaciones económicas y evite quedar atrapada en una competencia que, tal como está planteada hoy, ofrece más amenazas que oportunidades.
* Director de investigaciones de Rethink Trade, centro de pensamiento con sede en Washington, enfocado en política comercial.
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