Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
El sustrato material que la antecede es el traslado de la dinámica mundial de los países centrales del Atlántico hacia las naciones de Asia: mientras Estados Unidos y Europa, con distintas modalidades, abandonaron las políticas industriales activas y se conformaron en los últimos lustros con vivir artificialmente de un complejo entramado de especulación financiera, las principales economías asiáticas, con China e India a la cabeza, reorganizaron su base productiva, aceleraron su capacidad tecnológica, incrementaron su participación en el comercio mundial y elevaron sus reservas internacionales.
En el corto plazo habrá reacomodos de diferente tipo y la hegemonía de Estados Unidos no será plenamente sustituida. No obstante, Washington se podría ver obligado a resignar su tentación imperial y su ambición de hegemón solitario para convertirse en un disminuido primus inter pares. Habrá que ver si sus élites aceptan un aterrizaje suave (pero forzoso) de su enorme poderío internacional. Es bueno recordar que sus líderes se han asignado, tradicionalmente, un destino manifiesto especial; lo cual no facilita el manejo de un eventual declive, así sea menos drástico y dramático que el de otras grandes potencias en la historia.
Sin embargo, en el largo plazo el tránsito de la influencia y el poderío global hacia el mundo asiático adquirirá mayor intensidad y profundidad. Esa transición, como tantas otras en la política internacional, podría estar atravesada por múltiples fricciones, contradicciones y disputas. La última vez que viró el poder mundial de su epicentro en Gran Bretaña a Estados Unidos, la humanidad conoció dos grandes mundiales que acompañaron ese movimiento económico, político y militar. Un escenario semejante en las próximas décadas con nueve países que tienen más de 15.000 ojivas nucleares —equivalentes en su capacidad destructiva a un millón de bombas como la lanzada en Hiroshima— sería catastrófico para la humanidad en su conjunto.
Por ello, la idea de que, necesariamente, el multipolarismo es sinónimo de estabilidad y paz, resulta incorrecta. Existieron momentos multipolares que contaron con cierto orden y una coordinación relativamente eficaz de los más poderosos: Por ejemplo, el llamado Concierto de Europa de 1814 hasta principios del siglo XX lo fue: existió un balance de poder salpicado por conflictos no sistémicos durante casi un siglo. Pero también la experiencia europea en la primera parte del siglo XX muestra que puede existir un alto nivel de inestabilidad y conflictividad en un escenario multipolar. Ahora bien, el ascenso de Asia a un lugar prominente de la política mundial no implica, fatalmente, más inseguridad y confrontación: en general, Oriente ha sido menos belicoso y más estable que Occidente en los últimos siglos.
La historia de la política mundial entonces nos muestra, una y otra vez, que las grandes crisis reflejan, por un lado, y dinamizan, por el otro, cambios en la correlación de fuerzas. A su vez, las crisis más graves exacerban viejas tensiones y generan nuevas querellas. El manejo de las coyunturas críticas no es sencillo; la potencialidad de más descontrol y mayor conflictividad existe. Dicha conflictividad puede devenir en confrontaciones masivas y trágicas.
La alternativa es asimilar la nueva distribución de poder y manejar, con algún mecanismo legítimo y creíble, la nueva situación. La competencia integral será inexorable, pero la pugnacidad cruenta no debe serlo. Hoy eso implica reconocer, entre otros, la creciente gravitación de Asia, el surgimiento de poderes emergentes regionales que reclaman una voz audible en la escena global, la pérdida relativa de influencia de Estados Unidos y la valoración compartida del multilateralismo.
No se trata sólo de mejorar las regulaciones al casino financiero existente, sino de llevar a cabo reformas significativas en distintos ámbitos: una urgente es la del Consejo de Seguridad de la ONU. Al fin y al cabo, lo que de ahora en más estará ineludiblemente en el centro de la política mundial es el futuro de la paz internacional.
*Profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de San Andrés, Argentina.