Opinión

Día sin IVA: la ilusión de una reactivación entre la deuda y el consumismo

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Más allá de los pronunciamientos optimistas, y los enormes peligros de las aglomeraciones, la jornada tiene el potencial de golpear la demanda futura y alimenta un círculo de créditos para bienes no tan necesarios.

Hace más de dos años, cuando en el furor de la campaña presidencial el entonces candidato Iván Duque propuso seis días sin IVA al año, muchos medios especializados criticaron la propuesta y llegó a pensarse que sólo era otra más de las ideas inviables.

Para 2019, la bancada de gobierno en el Congreso insistió en el tema reduciéndolo a tres días y logró que se aprobara en la reforma tributaria de diciembre. Aunque la propuesta caló, a decir verdad nunca fue siquiera de los afectos de los mismos técnicos de las finanzas públicas del Gobierno Nacional.

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La pandemia aceleró su puesta en marcha, pues la flexibilidad del estado de emergencia económica facilitó la promulgación del decreto que hizo posible que hoy ya vayamos en un segundo día sin IVA.

El debate mediático sobre la primera de estas jornadas en general se centró en los riesgos biológicos de las masivas filas de compradores que se lanzaron en manada en las grandes ciudades a aprovechar los descuentos, principalmente para comprar televisores (entre otros electrodomésticos).

No obstante, se reflexionó poco sobre los alcances reales de la medida y las dinámicas de consumismo y deuda que acompañan las imágenes virales de numerosos compradores ansiosos por la apertura de puertas de almacenes y centros comerciales.

Hay que aclarar que es innegable que para un consumidor con disponibilidad de efectivo o acceso al crédito un día sin IVA es beneficioso, pues pagará menos por un bien que tenía en sus planes de consumo futuro.

Se causa así un efecto transitorio, un beneficio individual para las personas que anticipan sus compras, pero no un efecto sostenido sobre la demanda de mediano y largo plazo porque las ventas del futuro en bienes durables ya no se realizarán.

Adicionalmente, el efecto sobre el empleo es nulo y la demanda puede llegar a caer más adelante. De hecho, políticas como los “Tax Holidays” o feriados tributarios en Estados Unidos (por ejemplo, días o fines de semana previos al comienzo de la escuela con descuentos en impuestos en algunos estados) han demostrado tener mínimos efectos de mejora sobre la economía. Un estudio de julio de 2019 de Jannelle Cammenga para Tax Foundation mostró que estos esquemas no promueven el crecimiento económico o causan un incremento significativo de las ventas, sino que representan simplemente un adelanto temporal de las transacciones. Por otro lado, sí se crean dificultades en términos de contabilidad y declaraciones fiscales futuras, además de riesgos de fraude.

En Colombia, las cifras del primer día sin IVA mostraron un aumento del 113 % en transacciones respecto a las de otros días de la cuarentena; y de un 28 % comparadas con las de los primeros meses de este año; sin embargo, fueron inferiores a las de los días de Navidad y Black Friday del año anterior.

Pero, como ya se dijo antes, estos aumentos son transitorios y, si se mirara en un horizonte temporal más amplio, se podría ver que estas cifras -exhibidas como logros para el gobierno nacional- no son sino una ilusión de reactivación que se anulará con las compras que ya no se harán de bienes durables en los difíciles meses venideros. Vale la pena recordar que el crecimiento económico del primer trimestre fue un anémico 1,1 % en PIB y, a todas luces, la cifra del segundo será negativa: el golpe más duro aún podría estar por venir, lamentablemente.

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Otro problema del día sin IVA es su carácter regresivo, pues no todo el mundo puede disfrutar de la jornada, menos aún las personas de menores ingresos que no tienen ahorros como otros grupos poblacionales con rentas altas. Al mirar el día sin IVA, en conjunto con la propuesta de hipoteca inversa presentada hace unas semanas, es imposible no recordar las palabras de Mateo en la Biblia: “Porque a cualquiera que tiene, se le dará más, y tendrá en abundancia; pero a cualquiera que no tiene, aun lo que tiene se le quitará”.

Mas allá de esto, el día sin IVA junta dos dimensiones cada vez más naturalizadas entre los ciudadanos de la difusa clase media del siglo XXI: el consumismo y el endeudamiento.

Una vez nuestra especie trascendió el consumo como necesidad biológica y existencial los sociólogos han definido al consumismo como una necesidad construida por desear algo que no siempre necesitamos. Algo que muchas veces se compra motivado por el comportamiento de alguien cercano y no sólo por la disponibilidad ingresos de la persona, a esto el economista americano James Dusenberry lo llamaba la hipótesis del ingreso relativo.

Si a este escenario se le agrega que se quiere consumir, pero que no se tiene acceso a los recursos de forma inmediata, la solución está en el bolsillo: una deuda en forma de tarjeta de crédito o de préstamo de consumo.

Según el último informe de estabilidad financiera del Banco de la República, la cartera de consumo registró en febrero el crecimiento real anual más alto en siete años y, muy seguramente, si hubiera datos diarios de crédito de consumo, veríamos que muchas de las transacciones del día sin IVA se hicieron (y este viernes se harán) con tarjetas de crédito y pagadas a varias cuotas.

Al final, la acumulación de bienes no tan necesarios vía crédito de consumo, junto con una alta incertidumbre en los ingresos sobre el futuro cercano, puede convertirse en el coctel perfecto para originar mayores presiones sobre la estabilidad financiera.

Tal vez entonces, más que un día sin IVA, habría que plantear un día sin deuda. Un día de jubileo en el que tanto el sistema financiero como su principal aliado, el Gobierno nacional, den un alivio realmente significativo, que permita hacer arreglos en los pagos de intereses al capital y derive en un mayor poder adquisitivo que sí impacte las trayectorias futuras de la demanda.

Todo esto lo hablamos en la mitad del mayor choque macroeconómico en la historia reciente de Colombia, algo que no se va a solucionar comprando un televisor de 65 pulgadas.

* Profesor de la Escuela de Economía, Universidad Nacional de Colombia / @diegoguevaro

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