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Ricardo Martinelli -heredero de terratenientes panameños y exbanquero de Citigroup- años atrás era el presidente más popular de América Latina, un dirigente que salía en los diarios tanto por ayudar a su país a obtener una calificación de grado de inversión como por sus exorbitantes gastos personales y sus fiestas extravagantes. Sin embargo, mientras este año la Suprema Corte de Panamá iniciaba investigaciones sobre su participación en presuntos escándalos de escuchas telefónicas ilegales y corrupción que les costaron millones a las arcas públicas, Martinelli desapareció de la ciudad. Ahora está en marcha otra investigación en el atribulado Brasil, donde tiene su sede una compañía que obtuvo concesiones para megaproyectos en Panamá durante el mandato de Martinelli de 2009 a 2014, y una más se llevó a cabo en Italia.
Martinelli, un hombre de 63 años corpulento de cabellos plateados, pasa gran parte del tiempo en el barrio costero de Miami, Brickell, defendiendo su gestión pública y su inocencia e insinuando un posible retorno político. Tuitea constantemente opiniones y anuncios a sus 557.000 seguidores.
Cuando hace poco nos reunimos para una entrevista en un café de Miami, se mostró combativo, criticando a sus enemigos políticos y jactándose de los logros de su gobierno -gran crecimiento, caída del desempleo y construcción del primer metro de América Central-. “Pusimos a Panamá en el mapa”, se vanaglorió. Y luego expuso los dos argumentos principales de su respuesta a las investigaciones: Ricardo Martinelli es rico desde hace mucho tiempo, y sus rivales utilizan las investigaciones para debilitarlo.
Parecería extraño que un político acusado en una investigación por corrupción llame la atención sobre su riqueza, pero el argumento tiene cierta lógica. ¿Por qué un hombre rico le robaría a su país? pregunta. El expresidente tiene un patrimonio de US$1.100 millones, según el Índice de Multimillonarios de Bloomberg. Entre sus activos se destaca una participación mayoritaria en la cadena de tiendas de comestibles Super 99, con más de US$700 millones de ingresos anuales. También dice tener participaciones en la banca, inmuebles, el cemento, los medios, la energía y el azúcar, y posee un avión, dos helicópteros y un yate.
“Todo el mundo sabe que soy dueño de Super 99 desde hace 30 años”, dijo. “Todas mis causas son políticas. No hay pruebas”.
Enojo con su sucesor
Gran parte del enojo de Martinelli está dirigido a su sucesor, Juan Carlos Varela. Sus lazos se remontan a décadas atrás. De jóvenes frecuentaban los mismos círculos sociales de élite y más tarde fueron socios comerciales en la industria del ron. Ambos se dedicarían a la política después de que EE. UU. derrocara al general Manuel Noriega en 1989. Cuando Martinelli llegó al poder dos décadas después, con una plataforma favorable a las empresas, nombró vicepresidente a Varela. Pero la relación se agrió durante esos años y, para cuando llegaron las elecciones de 2014, Varela competía contra el candidato de Martinelli y lo derrotaba. Una vez en el poder, Varela inició una campaña para desterrar la corrupción, parte de una ola de investigaciones que abarcó a toda América Latina cuando el fin del auge económico llevó a muchos a pedir rendición de cuentas.
Martinelli dice que se trata de una venganza política, el precio que paga por aumentar los impuestos a los ricos -un “pecado cardinal” en la política panameña, asegura-. El gobierno de Varela rechaza esos comentarios.
“Pregúntenles a los más de 150 políticos, líderes ciudadanos, dirigentes empresariales y periodistas cuya intimidad fue violada por intervenciones telefónicas ilegales si esto es una persecución política”, dijo Álvaro Alemán, jefe de gabinete del presidente.
La causa por las escuchas telefónicas es una de las dos investigaciones que inició la Suprema Corte sobre Martinelli. La otra aborda supuestos actos de corrupción en su programa de ayuda alimentaria.
En Italia, Martinelli fue mencionado como partícipe de un esquema de corrupción referido a contratos panameños cuando un juez sentenció a un hombre por tratar de chantajear al exprimer ministro Silvio Berlusconi. Y, en Brasil, los fiscales están tratando de que los funcionarios panameños les entreguen información que podría contribuir a su investigación. Una compañía involucrada en el escándalo en Brasil, Odebrecht SA, también dirigió el proyecto del metro de Martinelli. El expresidente no ha sido acusado formalmente de ningún delito en Italia ni ha sido citado en la investigación brasileña. Odebrecht niega haber cometido irregularidades en Panamá.
“Herencia de corrupción”
“Martinelli nos dejó una herencia de corrupción, sobregastos e improvisación”, dijo Ramón Arias, titular de la oficina de Transparencia Internacional en Panamá. El auge económico que se vivió durante el mandato de Martinelli -un crecimiento anual que promedió el 9%- en gran medida se debió a la ampliación del Canal de Panamá iniciada por su antecesor, explicó. “El resto fue en su mayor parte gasto público. Su modelo fue puro populismo”.
En Miami, Martinelli no se amilana y planea volver algún día a Panamá, acariciando la idea de ser nuevamente candidato a presidente. Si bien trata de mantener un bajo perfil, se instaló en el emblemático edificio de fachada de vidrio de Brickell, que se hizo famoso en la zona por aparecer en los títulos de presentación de la serie televisiva “Miami Vice” y en una escena de la película de gángsters “Scarface”. Y meses atrás, una concesionaria de Lexus tuiteó una nota felicitándolo por la compra de un auto de lujo.
Pero Martinelli está más atento a su propia campaña de tuits. Su habilidad para comunicarse directamente con los panameños, dijo, tiene nerviosos a sus rivales políticos.
“Les tienen mucho miedo a mis tuits”, aseguró. “Miren lo que pasó con la Primavera Árabe”.