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Castillo viste un traje impecable de color azul. Cinturón grueso y negro que combina con los zapatos perfectamente lustrados. Mide más de 1,80 metros de estatura. Lleva un quepis con el nombre bordado del banco en el que trabaja. El revólver, bien cuidado, está colgado de la parte derecha de su cintura. Parece una estatua, sólida y fuerte, justo en la puerta principal de la carrera 7ª No. 14-78, centro de Bogotá. Es él, aunque muchos no lo hayan notado, el verdadero custodio del Banco de la República. El banco central de los colombianos.
Su imagen, muy similar a la de los guardias de seguridad de la Reserva Federal en Estados Unidos, es la que da la bienvenida a los ministros de Hacienda, a los miembros de la junta, a los investigadores, banqueros centrales, técnicos, representantes del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial y a cuanta autoridad financiera pasa por Bogotá. Castillo, como otros 2.409 empleados que tiene esta institución, ha escrito parte de los 90 años que está cumpliendo la más alta autoridad económica del país y una de las más prestigiosas en el mundo.
Dueña de un tesoro invaluable —forman parte de sus activos la Biblioteca Luis Ángel Arango, el edificio de la Avenida Jiménez, el Museo del Oro, la imprenta de la calle 26 con carrera 68 e innumerables piezas de arte, sólo por nombrar algunos—, la institución cimentó sus orígenes el 23 de julio de 1923. Desde ese día tiene como única tarea definir e implementar la política económica nacional, después de que por orden del presidente de entonces, Pedro Nel Ospina, se debatiera con la Misión Kemmerer, un grupo de expertos financieros estadounidenses, la estructuración y la modernización de las finanzas públicas y del sistema financiero colombiano.
Alberto Mario Ospino, subdirector del departamento de compras del Banco de la República, lleva 30 años en la organización. Pasaba el país por una época fuerte. “Aquí estábamos cuando se dio la toma del Palacio de Justicia y vivimos el movimiento de tropas, los tanques de guerra, el sonido lamentable de las balas”, cuenta. “Pero el banco tomó todas las medidas de seguridad pertinentes para que no nos pasara nada”, apunta. En sus manos está desde la compra de una aguja hasta la de la tinta necesaria para imprimir los billetes que transitan de mano en mano.
Habla de independencia. De la misma que habla José Darío Uribe, el gerente general del Emisor, o cualquiera de los cientos de empleados que ha tenido el banco. Y tiene razón. Si algo ha logrado distinguirlos es que son un banco que toma decisiones independientes del Gobierno de turno o partido político que lleve el timón del barco. Y también la enfatiza Dairo Estrada, director del departamento de estabilidad financiera del Banco de la República, con 17 años en la empresa, a quien le tocó vivir la crisis de los 90, la UPAC, la recesión del año 2000, el proceso de recuperación y los cambios estructurales que se hicieron en el manejo de la tasa de cambio.
“Sabemos el compromiso que tenemos en el área técnica. Lograr una estabilidad macro, que la reducción la inflación y los índices de precios sean estables y contribuyan a la estabilidad social y de los hogares. La sociedad sabe de nuestro esfuerzo y muchas instituciones nos toman como ejemplo”, cuenta. “Este es el banco de bancos. Interactuamos con los otros bancos y les ayudamos en su función diaria para que el sistema de pagos funcione perfectamente”, agrega.
Tras el cambio político que vivió Colombia con la puesta en marcha de la Constitución de 1991, en la que se elevó el rango del Emisor a órgano de Estado, el mayor logro que ha cultivado el Banco de la República es la reducción de la inflación de niveles del 30% a principios de la década de los 90 a un promedio del 3% en estos tiempos, recuenta Uribe, el banquero prudente que ha sabido sortear el difícil oráculo de la economía en un país que vivió un estancamiento profundo y ahora sortea los buenos vientos del crecimiento sostenido.
Castillo, Ospino, Estrada y Uribe son sólo cuatro de los miles de empleados que han pasado por estos 90 años del Banco de la República. Ellos, desde distintos flancos, ondean la bandera del éxito en una institución que como las buenas bancas centrales del mundo saben que quizás lo más valioso de un modelo económico estable y duradero es la estabilidad del poder adquisitivo de la moneda.
ebohorquez@elespectador.com
@EdwinBohorquezA