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A Steve Jobs le sobran los adjetivos. Lo han tildado de dictador benevolente, volátil manipulador y ególatra perfeccionista. Es el sueño americano de los americanos, un héroe que se reinventa a sí mismo y, entre otras, “el hombre de un solo ojo…, el yuppie supremo…, un cliché del Sylicon Valley y el Thomas Alva Edison del siglo XXI”, en palabras de la revista Vanity Fair.
Para la historia, no obstante, Jobs será el hombre que redefinió la era digital y la industria del entretenimiento. En los setenta, cuando habían pasado un par de años desde que abandonó la universidad, su empresa casera —Apple— se convirtió en hito de la historia de los computadores personales con la aparición del Apple II y el Macintosh.
Hoy, a sus 51 años y tras superar un desconocido cáncer pancreático, aparece ante los medios cada tanto con una nueva y lucrativa belleza tecnológica o una sorprendente estrategia de asociación corporativa. El creador del iPod y de iTunes; el padre de Toy Story y Ratatouille; el compulsivo responsable de la revolución telefónica del iPhone, del naciente video portátil —introducido con su iPod Video— y de la producción masiva audiovisual con sus softwares y hardwares, es hoy, para los norteamericanos, una suerte de Fénix irreemplazable, con matices de héroe reivindicado.
Diez años después de que fundara Apple, fue despedido de su propia empresa por John Sculley. Jobs lo había contratado para manejarla pero, paradójicamente, en 1985, su alto ejecutivo convenció a la compañía de que el excéntrico y controlador Jobs los estaba llevando a la quiebra por cuenta de su despilfarro.
Mientras que Sculley quedó a la cabeza de Apple, que siguió creciendo en el mercado de hardware en los Estados Unidos, Jobs, tras una profunda depresión —algunos incluso sugieren que intentó suicidarse—, retomó su rumbo. Fundó NeXT, una pequeña empresa de software, y adquirió Pixar, la compañía de animación de George Lucas, por US$ 10 millones.
De vuelta a casa
En 1993, tras una dramática reducción en su porción dentro del mercado de computadores, Sculley fue despedido. Cuatro años después, en 1997, tras 21 meses de reportes de pérdidas en Apple por US$ 1.700 millones, Steve Jobs regresó como redentor de la compañía.
El 7 de enero de 1997, Gil Amelio, el entonces presidente de Apple, anunció la compra de NeXT y el ingreso de Jobs como asesor y miembro de la junta directiva de la compañía. Pero a Amelio la jugada le salió cara. En contados meses, Jobs desvirtuó sus esfuerzos y seis meses después fue despedido. Al tiempo, Jobs persuadió a varios miembros de la junta para que renunciaran. “O.K., díganme cuál es el problema con este lugar”, cuenta la revista Bussiness Week que dijo Jobs. “¡Son los productos! ¡Los productos apestan! ¡Dejó de haber sexo en ellos!”.
El camino hacia el iWorld
El regreso de Jobs y su actitud de un hombre de la calle que sabe lo que hace, comenzó a devolverles la confianza a los accionistas de Apple. En pocos meses canceló la mayoría de productos corporativos de la compañía y se concentró en unos pocos, mucho más cercanos al mercado masivo. “La calidad está por encima de la cantidad”, dijo a Bussiness Week.
Durante los siguientes años, Jobs trabajó obsesivamente en ambas compañías, Pixar y Apple, nunca siendo su presidente, pero siempre al tanto de cada paso que daban sus corporaciones. Obsesionado por la perfección, la belleza y el deseo, poco a poco Apple se convirtió en una empresa productora de máquinas para la gente, hechas para ser añoradas, incluso “habitadas”, en palabras de Michael Wolf, de Vanity Fair.
Pese a que el iPod fue lanzado al mercado el 3 de octubre de 2001, fue en 2004 cuando las ventas de su más consentida invención rompieron todos los récords. Ese año vendió 4,6 millones de unidades, incrementó en un 74% los rendimientos de Apple y llevó a la compañía a un récord histórico de US$ 3.500 millones en ganancias.
Después vendría la compra de Pixar por parte de Disney en 2006 y el paso de Jobs a la junta directiva de este gigante del entretenimiento. Esta jugada fortaleció aún más el matrimonio entre su inventiva y la industria del audiovisual iniciada con el iPod Video.
Jobs, cuyo patrimonio se calcula en cuatro o cinco mil millones de dólares, se ha convertido a punta de genialidades en uno de los más importantes forjadores de la cultura y el consumo de la industria del entretenimiento. Quienes lo vieron lanzar su último MacBook Air la semana pasada, que funciona sin CD ni DVD, le expidieron acta de defunción al mercado del disco en la era digital.
Así es Jobs. Una leyenda de culto, un mítico macho alfa de la industria que se convirtió en el fetiche social e intelectual de la generación post-Sylicon Valley. Tanto así, que uno de los blogs más populares de la blogósfera es Fake Steve (El falso Steve), donde el subeditor de la revista Forbes, Daniel Lyons, escribe diariamente punzantes editoriales acerca del mundo digital a nombre del genuino Steve Jobs.
Todos quieren estar en su cabeza. ¿Quién es él?, ¿cómo lo logró? Hasta el punto que hoy, más de un millón de personas lo han visto en You Tube revelando la clave de su vida ante los graduandos de la Universidad de Standford de 2005. “Hagan lo que aman, y háganlo como si fueran a morir mañana”, es la consigna de su discurso. Consejo que culmina con la hipnótica revelación de la actitud que, alega, ha tenido ante la vida: “Permanezcan siempre hambrientos —concluye—, siempre insensatos”.