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18 Dec 2010 - 9:00 a. m.

El hombre estructural

Su nombre está grabado en el concreto de represas, carreteras, edificios y en los más de 150 puentes, pasos deprimidos y viaductos que ha diseñado y construido en 46 años de carrera.

David Mayorga

Fue en una mesa de dibujo que Gregorio Rentería aprendió que el vino no siempre se curaba en un barril de madera de roble. Lo entendió a los 21 años en la oficina de Enrique Kerpel, su profesor de estructuras, donde dos veces a la semana y entre clases depuraba sus primeros trazos profesionales.

Lo supo porque el primer trabajo en su nueva vida como ingeniero, en 1962, fue diseñar unos tanques metálicos para el curado de vino por encargo de Domecq. “Cuando comencé, era con regla de cálculo. No existían las calculadoras, las de mano ni las electrónicas ni nada”, recuerda hoy el hombre que tras 46 años de oficio se ha ganado el reconocimiento de sus colegas por la importancia e imponencia de sus edificios, pasos deprimidos, intersecciones elevadas, viaductos y, sobre todo, puentes.

Una obra que comenzó a perfilarse en sus años infantiles, que transcurrieron entre las manualidades, la carpintería y la construcción de pequeños aparatos. Esos primeros conocimientos que fueron perfeccionados en los pupitres de la Universidad Nacional, en donde se sumergió en los cálculos, proyecciones y vericuetos de la ingeniería civil gracias a una frase que su padre le inculcó: “Nunca consideres que las cosas ya están hechas; si fuera así, el hombre no habría ido más allá de la rueda”.

Fueron los años que más ha gozado en la vida. “Lo bueno que es ser universitario, ¡carajo! La delicia que es tenerlo todo y la conciencia para disfrutarlo. La única responsabilidad que uno tiene es aprovechar la universidad y sacarle el jugo para aprender, no para pasar, que es ahora lo importante para los muchachos”, dice.

Rentería se graduó en 1964 con una tesis que hizo realidad: la estructura de uno de los edificios que hoy se alza en los predios de la Universidad Javeriana. Fue su primer trabajo pagado, el que abrió el camino a una serie de encargos con los que pudo abrir su propia oficina de diseño y cálculos estructurales para edificaciones y viviendas en Chapinero, en el recién construido Edificio de Seguros Bolívar.

“Lo único que me llegaba eran chicharrones. Si alguien veía un proyecto que era difícil, malo y feo, me lo mandaba”, recuerda con una sonrisa y mientras le brillan los ojos. A su memoria llega aquel encargo con el que rompió varias puntas de lápices: un rodadero para una finca que comenzaba en la alcoba del propietario y terminaba en la piscina.

Pero sus años dorados llegaron  en la última recta de los años 60, cuando comenzó a formar su familia mientras sacaba adelante Concretos Pretensados, la fábrica con la que produjo las plaquetas para construcciones prefabricadas, la misma con la que comenzó a amasar una pequeña fortuna al contar entre sus clientes a constructores de la talla de Luis Carlos Sarmiento Angulo.

Una idea que compró el hoy difunto Inscredial (Instituto de Crédito Territorial) y convirtió en las primeras urbanizaciones de los barrios Kennedy y El Tunal. Una idea con la que también se construyeron la fábrica de Coca-Cola en Fontibón y las graderías del Hipódromo de Los Andes. Una idea que terminó por decreto presidencial, cuando Alfonso López Michelsen prohibió la construcción prefabricada para fomentar el empleo.

Entonces ocurrió un milagro. Gustavo Roldán Luna, director de obra de la firma Conciviles, le propuso un negocio: alquilarle todas sus máquinas para un proyecto de gran envergadura. Ambos celebraron el acuerdo con champaña.

La senda de los puentes

Los siguientes dos años los pasó entre Bogotá y Boyacá con las botas embarradas al frente de la construcción de la represa de Chivor I. Lo que inicialmente era un contrato de alquiler, se convirtió en un requerimiento para supervisar las obras. “Trabajar en ingeniería en Bogotá es como tener pantalones corticos y zapaticos de charol... ¡No, eso no es ingeniería! Son las obras: una hidroeléctrica, una termoeléctrica, trabajos con concretos de verdad, masivos y en condiciones diferentes”, sentencia.

Con el trabajo terminado, el ingeniero regresó a la capital, buscó sin éxito revivir los buenos días de la prefabricación y vendió sus grúas, mezcladoras, agrimensores y demás equipos para darse un año sabático asistiendo a los congresos de ingeniería en el mundo. Allí recordó que había nacido para ser ingeniero: “Yo era estructural desde el principio”.

Su regreso a Colombia, ya en los años 80, significó la creación de la firma Concrecón, con la que ganó licitaciones para construir la hidroeléctrica de Calderas, la infraestructura del Acueducto de Medellín, la carretera entre Cuestecitas y La Florida (La Guajira), así como las obras de acceso y algunos campamentos para El Cerrejón.

Y de nuevo un golpe de suerte. Un pequeño altercado de oficina terminó en la postulación para una beca de la Agencia Francesa para la Cooperación Técnica Industrial y Económica. Fue uno de los dos becarios por América Latina para estudiar en París. “Me fui a un curso sobre Ouvrages D'Art, las obras de arte, que allá son los puentes. Y ahí sí que me enamoré de esa vaina”, asegura.

 Rentería pasó nueve meses entre clases y obras civiles. De allí nació su admiración por Michel Virlogeux, el ingeniero que ideó el Viaducto de Millau, que con sus 2.460 metros se alza sobre el río Tarn, en Francia. “Ha sido el hombre que ha creado los mejores puentes del planeta. Para todo el mundo Calatrava es lo último, ¡pero eso no es así! ¡Para mí es Virlogeux!”, dice eufórico sobre el hombre con quien ha compartido conceptos en una cafetería de San Francisco.

El ingeniero regresó al país con la intención de entregarse a la construcción de puentes, pero tuvo que enfrentar primero la gran quiebra de la ingeniería colombiana a finales de los años 80 y, después, cuando las obras de sus primeros puentes en Mutatá, Caño Limón y la Ciénaga de la Virgen estaban en auge, sufrió las amenazas de grupos al margen de la ley. “No es que yo tuviera pena de que me mataran, pero no valía la pena seguir así”, recuerda, melancólico, el momento que lo apartó para siempre del frente de obra para refugiarlo en su mesa de dibujo.

En los días de intenso trabajo, Rentería comienza a diseñar a las tres de la madrugada. Ese silencio lo ha acompañado en el diseño de los más de 150 puentes que llevan su nombre, de la intersección elevada que permitió el paso de Transmilenio por la Avenida Suba, en Bogotá; del viaducto de La Estampilla, que salvó del peligro a los viajeros de la Autopista del Café. O el famoso puente Helicoidal, entre Pereira y Manizales, el primero de América Latina en contar con aisladores sísmicos de péndulo por fricción.

Hoy, el ingeniero se da un último año de trabajo. Después espera escribir un libro, “sin una sola ecuación”, para explicarles a las nuevas generaciones cómo evitar errores de construcción. También planea pasar largas horas escuchando rancheras, bambucos, bundes y pasodobles. Pero antes, espera despedirse por lo grande: con un viaducto de 2,6 kilómetros que se levante sobre la Ciénaga de la Virgen y proteja el espejo de agua.

Un proyecto para el que tiene un deseo especial: “Es la primera obra que de verdad quiero ver hecha. Espero que Dios me dé vida para lograrlo”.

Un innovador en el diseño antisísmico

La clave del éxito para el ingeniero Gregorio Rentería ha sido su disciplina a la hora le resolver problemas. Prueba de ello sucedió en el proceso de construcción del puente helicoidal, en la Autopista del Café, cuando tuvo que desplazarse hasta la Universidad de San Diego para consultar a su Departamento de Sismología.

Allí encontró la solución a los riesgos de que un terremoto arrasara la obra: los aisladores sísmicos de péndulo por fricción, que también incorporó al Viaducto de La Estampilla.

“Él trajo al país los últimos adelantos en sismología y estructuras antisísmicas. También es un innovador en el diseño de estructuras de concreto”, comenta Luis Fernando Jaramillo, presidente del Grupo Odinsa.

Es así que la Cámara Colombiana de la Infraestructura (CCI) le entregó en noviembre pasado la Orden Nacional al Mérito, Cruz de Oro, por su “notable compromiso y liderazgo” en el sector.

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