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Los ojos fijos, las mejillas rojas, los dientes apretados. La mirada puesta en el piso de alfombra mientras camina de un lado a otro buscando concentración, igual que lo haría un tigre ansioso recorriendo las esquinas de su jaula. “Nadie se le puede acercar, es su método de concentración”, dice un miembro de su equipo de apoyo. Él continúa murmurando en ruso mientras repasa los conceptos básicos que expondrá a continuación.
Se trata de Garry Kasparov, el mejor ajedrecista de todos los tiempos, quien huye de las cámaras fotográficas cuando se acercan a retratarlo. No es un momento propicio para las distracciones, sobre todo después de los cuatro vuelos, las 26 horas de viaje desde Croacia junto a su esposa y el aterrizaje a la una de la mañana en el aeropuerto Rafael Núñez, de Cartagena, donde dictará una conferencia sobre pensamiento estratégico y las consecuencias que trae consigo la toma de decisiones.
Su público: 980 ejecutivos y asociados del sector solidario que viajaron desde diferentes ciudades para participar en la edición número 12 del Congreso Nacional Cooperativo y que van llenando lentamente un teatro para más de 1.000 personas. Los mismos que reaccionaron en masa cuando lo vieron frente a la tarima, analizándola, preguntando su dimensión exacta para trazar una estrategia que le permita moverse por ella tan pronto comience a hablar.
Y la transformación ocurre sólo cinco minutos después. Sube en medio de los aplausos, con una sonrisa en los labios y batiendo su mano para saludar al público. “Buenas tardes, es un gran placer estar finalmente aquí”, dice en español, con un tono grave. Explica la dureza de su itinerario y asegura que ha sido un tiempo muy bien gastado. “Es grandioso ver esta hermosa ciudad”, comenta.
Se produce una ovación espontánea. Él mira sus notas.
Aquella fue una escena recurrente en su carrera de ajedrecista: la ansiedad que lo convertía en un tigre enjaulado, la concentración obsesiva que precedía a un movimiento y la mirada felina al mover una pieza. Por algo era llamado “El ogro de Bakú”, una referencia que también comprendía su estilo de juego. “Representa a las fuerzas de la naturaleza volcadas sobre un tablero de ajedrez”, lo describió el periodista español Leontxo García, especializado en este juego, en un documental de Canal Plus.
Con 21 años, Kasparov se convirtió en 1985 en el jugador más joven de la historia en llegar a ser campeón mundial de ajedrez. Posó para todas las cámaras con su corona de olivo, le ofreció al mundo su mejor sonrisa y recibió una larga procesión de saludos de felicitación. Uno de ellos lo sorprendió: “Es una lástima que el mejor día de tu vida vaya a transcurrir de esta manera”.
Palabras que lo acompañaron en los años venideros, en las legendarias partidas contra Anatoly Karpov, durante el cisma que creó en el mundo del ajedrez al renunciar a su federación mundial y al disputar enfrentamientos promocionales contra programas de computador. Pero empezó a entenderlas con una frase de Gabriel García Márquez: “La sabiduría nos llega cuando ya no nos sirve de nada”.
La frase que nunca lo abandonó fue pronunciada por Rona, la esposa del excampeón armenio Tigran Petrosian, un hombre con el que aprendió que toda ventaja se construye a partir del trabajo duro, el conocimiento minucioso del rival, la planeación cuidadosa de cada movimiento y, ante todo, aprender a asumir las consecuencias de cada decisión.
Aquellos son los principios que marcan hoy su vida como activista político, crítico económico y opositor acérrimo de Vladimir Putin, el actual presidente ruso.
“La crisis económica actual es resultado de haber eliminado el riesgo. En lugar de ingenieros espaciales tenemos ingenieros financieros, y si miramos la respuesta global, sólo ha sido imprimir dinero, gravando el futuro de nuestros hijos y nietos”, aseguró ante el público en Cartagena, al tiempo que se lamentó por la broma pesada que el destino le ha jugado tanto a su país como al mundo: “Este desbalance creó una oportunidad única para que los dictadores se beneficiaran de los altos precios internacionales del crudo. Sin estas cotizaciones no existiría el régimen de Putin en Rusia, ni desgastaríamos nuestro tiempo en el proyecto nuclear iraní, ni Chávez sería la amenaza que es”.
Son el tipo de señalamientos que lo llevaron a la cárcel en 2007 cuando, retirado totalmente de los campeonatos mundiales, se alzó contra el continuismo de Putin en el poder. Experiencia que no fue para nada placentera, como reconoció más tarde, pero que se explica por el amor que desarrolló por el juego en su niñez.
“Aprendí que la vida no puede limitarse a 64 cuadros blancos y negros. Siempre quise ver el efecto de mis jugadas fuera del tablero y tuve un interés creciente por los asuntos mundiales. No hablo en tercera persona, suelo contar mi propia historia y mi propio análisis de lo que ha ocurrido. Y eso lo aprecia la gente, porque valora la sinceridad por encima de cualquier otro elemento”, revela con su mirada fija, intimidante.