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Carlos Yanes Doria, alto, canoso, imponente, de voz y opiniones firmes, parece un personaje del Renacimiento italiano. Si no fuera porque hoy se viste de gabardina inglesa, chaqueta de cachemir y camisa y corbata Polo, podría imaginárselo uno con elegantes leotardos y envuelto en una capa semicircular, caminando por el Palazzo Spinola Doria, de Génova, donde sus antepasados, incluido el almirante y hombre de estado genovés Andrea Doria o D’Oria, dominaron la escena mercante durante siglos. Después de 800 años de gloria, los Doria terminaron en Argentina y se mezclaron con los Yanes, una familia hispano-italiana, que brilló en el mundo de los negocios.
Su padre fue presidente de Exxon para América Latina y uno de los creadores del Cerrejón, en Colombia, posición que le vino bien para protegerse de las amenazas lanzadas en su contra por el grupo armado Los Montoneros. Por cuenta de este episodio, el joven Carlos –a quienes todos llaman Cato–, llegó en Colombia, donde estudió en el Cesa, en Bogotá. Luego se formó en varias universidades estadounidenses, y se casó con hija de empresarios. Aunque mantiene su residencia en Bogotá, pasa parte del año en Miami (donde atiende varios negocios) y Mendoza (donde viven algunos de sus familiares, vinculados al mundo del vino). Esto le dio pie para incursionar en varios segmentos de lo que él llama el negocio del entretenimiento, gastronomía, bebidas y turismo.
Yanes puede pasar por engreído cuando habla de sus encuentros con personalidades de la política, la economía y las artes. Pero, a diferencia de otros personajes del jet set local, no sólo los conoce, sino que los visita en sus casas y los invita a cenar afuera.
Tiene una visión particular del país, en la que mezcla sus propias observaciones de extranjero adoptado, con sus análisis de tipo académico para no obrar, únicamente, desde la percepción.
Lo cité en el restaurante La Brasserie, donde ordenó platos que él mismo sugirió al chef. La opinión de Yanes sobre Colombia es pertinente, porque mientras el establecimiento político y judicial se debate en una compleja e histórica crisis institucional, Yanes prefiere subrayar lo que muchos colombianos aún no aprecian: que su país está llamado a ser uno de los más influyentes en el hemisferio (claro, si pone la casa en orden).
“Los colombianos aprenden desde la infancia que su país está situado entre dos mares y en el centro-medio del mundo. Falta, sin embargo, que lo asuman y lo aprovechen desde lo táctico y lo estratégico. Como quiera vérsele, es una posición envidiable”.
Gracias a conexiones familiares, Yanes ha estado muy cerca del mundo empresarial colombiano y esto le ha permitido descubrir algunos rasgos que, dice Yanes, no son aparentes en otros lugares. “Un tema es el sentido común, y, el otro, la ausencia de miedo para abrirse paso a través de cualquier frontera, por difícil que ella sea. “Estas dos virtudes, puestas al servicio de actividades creativas y legales, llevarían lejos a esta nación”.
Según Yanes, actuar con sentido común genera una sensación de equilibrio en los negocios, y esto es algo que compradores, vendedores e inversionistas valoran de manera significativa. Si los colombianos catapultan sus actividades lícitas alrededor de este principio, dice Yanes, pueden llegar a convertirse en el centro de gravedad para los negocios de la región. “Es más: la famosa ‘Puerta de las Américas’ debería dejar de ser Miami y trasladarse a Bogotá”. Y para demostrar que no son palabras vacías, Yanes tuvo que escoger una sede para sus negocios, entre las cuales estaban Miami y Santo Domingo y prefirió instalarse en este país.