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Las industrias fundidoras y captadoras de metales de Estados Unidos, España, Taiwán, China, Brasil y Bélgica tienen sus ojos puestos en un producto colombiano que se está vendiendo en el mercado internacional como pan caliente, pero que no es el café, el carbón, el banano o las flores, las insignias del país en el exterior. Se trata de uno que para muchos no vale nada, para otros es algo que nadie quiere tener en su casa y para algunos más es simplemente sinónimo de basura: la chatarra.
La misma que el año pasado representó en ventas para Colombia un poco más de US$393 millones y que entre enero y mayo de 2008 ya marcaba una suma cercana a los US$170 millones, de acuerdo con las estadísticas del Ministerio de Comercio, Industria y Turismo. Montos divididos en varios tipos de desperdicios y desechos de acero inoxidable, aceros aleados, estañados, hierro, níquel, aluminio, plomo y cobre. Material que de báscula en báscula en el mismo período de este año ya ha sumado algo más de 40 millones de toneladas exportadas y que ha venido creciendo en los últimos tres años de manera constante.
Desechos que son prensados en pacas de gran tamaño o en bloques de no más de un metro cúbico y que son utilizados en los mercados de destino para fabricar llaves de seguridad, utensilios de cocina, inducidos para arranques de motores, cables de corriente y para transmisión de datos, baquelitas que recopilan información para los equipos de telefonía celular, baterías, varillas, integrados para computadores y un sinnúmero de elementos para usos industriales.
Negocio que puede arrojar ganancias promedio de más del 20% en cada kilo comprado, no sólo al recolector de material en la calle, sino al captador y al comercializador de cantidades de exportación. Algo que sabe muy bien Luis Humberto Luengas, gerente general de LG Metales Ltda., empresario del sector y uno de los que aparecen registrados en el Ministerio. “El negocio se mueve con base en una cadena de recolección que va desde el pequeño carretillero, el subdistribuidor y un mayorista, hasta el productor terminal o fundidor. Tengo aproximadamente unos 350 proveedores constantes y lo que hago es darle un formato al material para venderlo a compañías como Alúmina y Reynolds”, describe.
Los mercados preferidos son aquellos que no sólo pagan a precios más altos que la industria nacional, sino que compran constantemente varios grupos de contenedores. En el caso de Luengas, su chatarra viaja directamente a Corea, China, India y Estados Unidos. La proporción, dicen los empresarios, está dividida en un 30% que se queda en las industrias nacionales y que lo pagan a un menor precio, y un 70% que sale directamente de las prensadoras a los camiones que llevan en viajes de 20 y 40 toneladas la chatarra hacia los puertos.
Sin embargo, esta industria aún es estigmatizada por su informalidad y frecuentemente es asociada con el robo de cable de cobre, que han denunciado empresas como las de telecomunicaciones y que de acuerdo con Andrés Pérez, secretario general de la ETB, “en el primer semestre del año las pérdidas sumaron un poco más de $1.800 millones. Por eso venimos trabajando con la Fiscalía y la Policía, pero no se han podido desmantelar las redes, que ya son carteles.
Vemos con perplejidad cómo este país, que no es productor de cobre, exporta más de lo que produce y que provenga de fuentes legales. Por eso, es importante establecer el esquema de seguimiento a ese retal que sale del país y establecer certificados de origen”.
Por eso Javier Díaz, presidente de Analdex, deja claro que es un “sector que tradicionalmente ha sido muy informal y parte de lo que hemos tratado de desarrollar es su formalización. Se ha hecho con la voz de la cadena de los comercializadores internacionales y por eso hay unas 12 empresas afiliadas aquí y que han hecho importantes inversiones en tecnología y procesos ambientales”.
Labor de la que se encargan los mismos actores del negocio, las 40 ó 50 empresas de exportación y que, entre cálculos, registran que el material más apetecido es el cobre y luego el aluminio. Dice Luengas que “la chatarra se vende por tonelada y el kilo de cobre está por los $11.500; son cerca de 100 toneladas las que se mueven al mes por comerciante; luego unas 70 de aluminio y después acero inoxidable, que lo compran algunas empresas metalúrgicas pequeñas para hacer piezas de alta fricción”.
Cada empresa comercia en promedio 15 contenedores al mes con algo más de 350 toneladas para exportación, sumadas a las 170 toneladas que se quedan en el mercado local y que compran las empresas nacionales para fundir y producir piezas en varilla y otros elementos para construcción e infraestructura vial.
Movida comercial que más que basura, ahora hace parte de uno de los renglones más crecientes de la economía gracias a pedazos de cocinas integrales, piezas de carros cambiadas, cable de cobre reciclado, tapas de alcantarillas averiadas, andamios viejos y grifería desgastada; los mismos materiales que esperan duplicarse para el segundo semestre del año, cuando, de acuerdo con Luengas, las compañías hagan sus inversiones y saquen todo lo que ya no sirve, pero que para los cahatarreros es su más lucrativo negocio.