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El sesgo estadístico en el comercio mundial

Las cifras no están reflejando la realidad de los intercambios. Es vital entender que los productos no se fabrican en un solo país y que los procesos se dan en diversas naciones.

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Pascal Lamy *
20 de febrero de 2011 - 10:26 p. m.
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Hace tan sólo 30 años, los productos se montaban en un país utilizando productos de ese mismo país, por lo cual resultaba sencillo medir el volumen de los intercambios comerciales. En 2011 el panorama es radicalmente distinto. La fabricación es impulsada por cadenas de suministro mundiales y la mayor parte de las importaciones debería llevar estampada la expresión “fabricado en todo el mundo” y no “fabricado en China”, por ejemplo. Pero no se trata de una distinción teórica. En una era en la que los desequilibrios del comercio mundial provocan cada vez más fricciones entre las principales economías del mundo, las formas de medir lo que escogemos pueden exacerbar seriamente las tensiones geopolíticas, algo que no necesitamos en un momento en que la cooperación internacional es más vital que nunca.

Sabemos que las tensiones comerciales internacionales no se disiparán de la noche a la mañana simplemente con que cambiemos la forma en que medimos los flujos comerciales. Pero, si hemos de deliberar sobre algo tan importante como el intercambio mundial o los desequilibrios comerciales, deberíamos hacerlo sobre la base de cifras que reflejen la realidad actual. Ya que una percepción distorsionada del panorama comercial no sólo puede enconar las relaciones bilaterales, sino también provocar sentimientos anticomerciales en un momento en que las presiones proteccionistas ya afloran en los discursos políticos.

El comercio internacional se mide actualmente con arreglo a lo que se conoce como valor bruto. El valor comercial total de una importación se atribuye a un solo país de origen cuando la mercancía llega al punto de entrada aduanero. Esto no planteaba problemas cuando el economista David Ricardo definió el concepto de “ventaja comparativa”, pero hoy el concepto de “país de origen” se ha vuelto obsoleto. Hace 200 años, Portugal vendía vino “elaborado en Portugal” a cambio de productos textiles ingleses “fabricados en Inglaterra”. Lo que ahora llamamos “fabricado en China” ha sido efectivamente ensamblado allí, pero lo que conforma el valor comercial del producto procede de los numerosos países por los que transitó antes de su montaje.

El iPhone de Apple ilustra claramente este hecho. Este producto se ensambla en China, desde donde se exporta a Estados Unidos y otros lugares. Sus componentes proceden de numerosos países, muchos del propio Estados Unidos. Según un estudio reciente del Instituto del Banco Asiático de Desarrollo, si se utiliza el concepto tradicional del país de origen, este teléfono habría incrementado en US$1.900 millones el déficit comercial estadounidense con China. Pero si se miden las exportaciones de iPhone de China a Estados Unidos en términos de valor añadido —es decir, el valor agregado por China a los componentes—, el valor de esas exportaciones tan sólo ascendería a US$73,5 millones.

Los automóviles, las aeronaves y los productos electrónicos —incluso el vestido— se fabrican cada vez más en múltiples países. De hecho, hoy no podría construirse un automóvil o un avión con insumos procedentes de un solo país. El sesgo estadístico que se crea al atribuir todo el valor comercial al último país de origen pervierte la verdadera dimensión económica de los desequilibrios en el comercio bilateral, lo que afecta al debate político y da lugar a percepciones erróneas.

Tomemos por ejemplo el déficit bilateral entre China y Estados Unidos. Una serie de estimaciones basadas en el verdadero contenido nacional permite reducir a la mitad el déficit global —cuyo valor ascendió en noviembre de 2010 a US$252.000 millones—, o incluso más.

Una forma diferente de calcular el volumen de los flujos comerciales no sólo tendría interés para Estados Unidos y China. Al examinar las balanzas comerciales bilaterales deberíamos fijarnos en cuál es la auténtica situación. Pensar en el comercio en términos de valor añadido nos lleva mucho más allá de la política inmediata relacionada con las balanzas comerciales bilaterales. No consiste en confrontar las balanzas bilaterales una a una, sino en concebir el comercio como una red de cadenas de valor añadido, donde predomina la interdependencia. Ello ayuda a los encargados de la formulación de políticas a apreciar la necesidad de una cooperación comercial multilateral y tiene la gran ventaja de que vincula directamente el debate sobre las políticas comerciales con el aspecto más importante de dichas políticas: los puestos de trabajo.

 * Director general de la Organización Mundial del Comercio (OMC).

Por Pascal Lamy *

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