Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Fue un siete de enero. El señor Jorge Ballén Franco conserva el recuerdo intacto. Estaban él y su padre Gonzalo sentados alrededor de una mesa enorme, de 12 puestos, que todavía conservan en una finca de El Retiro, Antioquia. Ballén le contó al viejo que había tenido un sueño. Había un parque rodeado de caballerizas, granjas, vacas, cerdos, perros y ganado. Y gente, mucha gente, dándoles de comer a los animales, ordeñando, recorriendo caminos rodeados de árboles y más animales.
“Y papá dijo: ‘Hijo, eso es una obra de fe en Dios y amor a la naturaleza, pero tiene todo el sentido, porque para el ser humano lo más necesario es disfrutar la vida desde lo elemental, y eso es también lo más escasamente ofrecido. Lo apoyo”, cuenta Ballén y se llena de orgullo hablando del viejo, de 85 años, ex magistrado del Tribunal Superior de Antioquia. Era el año 1999. Pasarían sólo 12 meses para que el sueño, literalmente, se hiciera realidad.
Siete de diciembre. Panaca abre sus puertas en Quimbaya, Quindío. El mismo año del sueño del señor Ballén, así como del terremoto de 6,5 grados en la escala de Ritcher sacudiera el Eje Cafetero. Esa tragedia, que dejó por lo menos mil muertos y miles de edificaciones destruidas, fue, irónicamente, el que le dio vida al parque. Así lo cuenta él: “Si no hubiera ocurrido ese temblor, Panaca no existiría”. Y dice que fue el gobernador del Quindío de ese entonces, Henry Gómez Tabares, quien lo incentivó para que buscara inversionistas y préstamos. Y el mismísimo presidente Andrés Pastrana —cuenta Ballén— fue quien lo apoyó para emprender su proyecto, que después se convirtió en el de toda su familia.
En marzo dos entidades les aprobaron los préstamos. Don Jorge y sus socios ponían las tierras, las mismas que ya tenían de años y años atrás, porque los Ballén-Franco han sido siempre de campo, y con el préstamo construían el parque. Ese era el negocio, “una ruleta, una jugada de casino. Era una deuda muy grande para la capacidad económica de nosotros”. Pasó marzo, abril... diciembre, y llegó el día de la inauguración. Y luego vendrían ocho meses de fortuna y de visitantes contados por miles. Hasta agosto de 2000, cuando estalló otra vez la guerra en el campo. Bombazos, secuestros, retenes.
“El presidente Pastrana estaba en conversaciones con las Farc. Pero nos duró poco la luna de miel fue catastrófico”, recuerda. Y asegura que en los primeros ocho meses de 2000 los de la luna de miel, 200 mil turistas llegaron a Panaca. Y desde agosto hasta diciembre de ese año sólo 50 mil visitaron el parque. Luego, con los años, y la presidencia de Álvaro Uribe Vélez, se militarizaron las carreteras. Esa -afirma- fue su salvación.
La vida
“Dicen que soy citadino porque me llevaron a nacer a una clínica en Medellín, pero soy del campo, soy campesino”. El acento paisa lo tiene bien marcado. Hijo de padre santandereano y de madre antioqueña. De los recuerdos de niño todos, casi todos, son en la finca Buenos Aires, en El Retiro. Con los hijos de los mayordomos, correteando por los cultivos de maíz, fríjol y arracacha. Con un azadón. Con las vacas. Pescando. Cazando. Encaramado en un tractor a los 12 años.
Cuando terminó la secundaria en el colegio Jorge Robledo, el mismo en donde se graduaron sus siete hermanos varones, le dijo a su madre, Libia, que se iba para Honduras, a estudiar a la Escuela Agrícola Panamericana Zamorano. “Mijito, usted tan inteligente cómo va a estudiar para ser mayordomo”, respondió la señora y le prohibió, a sus 16 años, irse del país y estudiar agronomía.
Entonces Jorge Ballén se matriculó en la Eafit, hizo dos semestres de economía, y en julio de 1972 partió a Honduras, a Zamorano, un internado de hombres. Allí se estudia de seis a seis. En la mañana, las horas teóricas al frente de un tablero. En la tarde, la práctica son los animales. En las noches, leer las cartas de la amada: Marta Luz Villa Martínez, la que sería la madre de sus seis hijos. Recibió unas 900 postales de ella. En diciembre de 1975 se graduó. Volvió a Colombia. Rechazó una propuesta de empleo, de millones, en una multinacional, y le pidió a su padre, al viejo Gonzalo, que le cediera cinco cuadras de tierra de Buenos Aires, y él, a cambio, le administraría la finca completica. Se cerró el trato.
Creó su propia comercializadora de frutas: Los Canastos. Empezó a manejar nuevas fincas. A comprar y a vender. Trabajaba en ganadería, banano, fruticultura, porcicultura. Y en 1998, cuando, según él, estalló otra vez la guerra, “se volvió muy complicada la negociación de fincas. Uno sabía a quién se la compraba, pero no a quién se la vendía”. Llegaron amenazas. Dejó el negocio. Se fue a vivir al Quindío. Y estando allí tuvo un sueño. Soñó con un parque, con animales, árboles, establos, caballerizas. Soñó a Panaca.