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El valor de la cultura

Alguna vez un gran amigo y maestro publicitario me dijo que nuestro idioma es como nuestra tierra.

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Juan Carlos Ortiz
13 de septiembre de 2008 - 12:52 a. m.
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Sin duda alguna el valor del marketing en este mundo cada vez más global, no debe jamás olvidar el poder de lo local. Finalmente nuestro contexto demarca una importante relación entre la vida de las personas y la cultura donde se habita.

Es como esta historia en la cuna de la humanidad. El Medio Oriente. Específicamente el Líbano. Lugar con un vasto valor histórico, sometido a una guerra sangrienta e interminable, casi tan inentendible como la nuestra, sólo que con un ingrediente altamente religioso con conflicto entre cristianos, islámicos y judíos.

Debíamos dirigirnos hacia Beirut para realizar el lanzamiento de una marca internacional de detergentes. Una oportunidad maravillosa.

Cuando decidí con alta emoción aceptar el proyecto, me preguntaron si no me daba miedo viajar a un lugar tan peligroso. Mi repuesta fue contundente: para nada, yo soy colombiano.

Llegué a Beirut, una ciudad increíble. Una similitud fuerte con París en términos arquitectónicos, y absolutamente latina en relación con la pasión de su gente.

Creamos un equipo y empezamos a trabajar. Salió la primera idea. Solida, clara y atractiva, hasta que la testeamos con consumidores libaneses que la destruyeron y rechazaron. Buscamos entonces otro camino. Igual, rechazo total. La verdad yo no entendía qué pasaba. Cualquier idea que desarrollábamos, con distintas tonalidades, diferentes ángulos, apenas las compartíamos con los consumidores libaneses era automáticamente repelida. Todas fallaban.

Después de muchas vueltas, trabajo y pensamiento llegamos a una luz de entendimiento. No eran las campañas ni las ideas, las causantes del problema. Era el nombre del producto.

La marca tenía el mismo nombre del Primer Ministro de Israel, y eso estaba generando el corto circuito cultural.

La solución fue obvia. Al detergente que se llamaba igual en todas partes del mundo, acá tendríamos que cambiárselo.

Y así se hizo. La campaña se lanzó. El rumbo fue otro. Y el éxito también. Tan simple pero tan complejo. Como los seres humanos, quienes después de tantos siglos de convivencia aún no hemos llegado a entendernos.

Por Juan Carlos Ortiz

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