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30 May 2021 - 2:00 a. m.

Colombia y el futuro, por William Ospina

El poeta y novelista William Ospina publicó su antología “Ensayos” (Literatura Random House) y en este texto invita a creer en un porvenir.

William Ospina * / ESPECIAL PARA EL ESPECTADOR

El amor y el cambio personal de actitud son factores para generar un replanteamiento de la convivencia social.
El amor y el cambio personal de actitud son factores para generar un replanteamiento de la convivencia social.
Foto: Pixabay

Dicen que cierta vez, ante una discusión encarnizada sobre el porvenir, Oscar Wilde recomendó a los polemistas abandonar el tema diciéndoles: “No hay que preocuparse tanto por el futuro. El futuro no ha hecho nada por nosotros”. La verdad es que si bien el futuro nunca ha hecho nada a nuestro favor, sí ha hecho mucho en contra nuestra, ya que a menudo sacrificamos todo nuestro presente en aras del espléndido futuro que viviremos nosotros, nuestros hijos o nuestros remotos descendientes.

Creo que en esta búsqueda de una transformación efectiva de la realidad colombiana, lo primero que tenemos que abandonar es la idea de que estamos trabajando para el futuro. A menudo oigo decir en las reuniones que analizan nuestro drama histórico que ya no podemos tener esperanzas en los hombres del presente, que hay que pensar en los hombres del futuro, los únicos que acaso tengan alguna redención, que por ello la única forma de cambiar a nuestra sociedad es pensar en los niños y que el único instrumento eficaz de esa transformación es la pedagogía. (Más del especial Colombia unida: Discurso de Gabriel García Márquez sobre la patria amada).

Tal vez en una o dos generaciones —dicen— habremos formado un hombre nuevo y el mundo empezará a ser distinto. Cuando escucho esas afirmaciones siempre me pregunto quién va a formar a esas generaciones afortunadas que se van a salvar del caos de la historia y que van a recibir, por arte de una ingeniosa pedagogía, un mundo feliz.

Y comprendo que hay una contradicción profunda en el hecho de afirmar que los seres de hoy no somos hábiles para transformar un presente al que conocemos y padecemos, y que en cambio sí seremos capaces de transformar el futuro, del que nada nos ha sido revelado. La verdad es que el que quiera cambiar el mundo debe cambiar el presente, y puede estar seguro de que, haciéndolo, cambiará el futuro. Pero para ello es necesario saber qué es lo que hay que cambiar en el presente y ello ofrece muchas dificultades para todos.

Los colombianos hemos crecido en el extremo individualismo y a lo sumo nos sentimos afectados por las cosas que atañen a nuestra familia o a nuestro círculo cerrado de amigos. Más allá de eso, lo que ocurra es asunto de otros y no queremos participar de su duelo. Esa actitud, sin embargo, es la que permite que los hechos atroces se multipliquen, porque las víctimas están cada vez más solas e inermes, y los victimarios se sentirán cada vez más libres para obrar y más impunes. Así, una conducta completamente discreta de cada uno de nosotros tiene tremendas repercusiones públicas. Y lo que no queremos advertir es que esa actitud, que parece protegernos del caos y salvarnos de la responsabilidad, es la que permite que nosotros también podamos ser víctimas, igualmente inermes, de un clima de insolidaridad que continuamente contribuimos a formar.

Esa indiferencia ante todo lo público y lo comunitario es el principal mal de nuestra nación. Donde nadie se identifica con el otro: donde nadie se reconoce en el otro, nadie puede llegar a creer en el interés común.

Colombia ha llegado a ese estado extremo en el cual todo lo que fue respetable, todo lo que fue sagrado, todo lo que fue venerable, ha sido profanado. Se desconocen las fronteras entre la verdad y la mentira, la legitimidad y la usurpación, la inocencia y la culpa.

Yo me preguntaba hace un rato: ¿quién será el encargado de enseñarles a las nuevas generaciones todo lo que tienen que aprender para vivir en un país medianamente habitable, justo y razonable? Evidentemente, los maestros tendremos que ser los adultos de hoy.

La siguiente pregunta es: ¿y quién nos enseñará a nosotros, malformados por la educación, la tradición familiar, la exclusión social, un Estado irresponsable y unos prejuicios mezquinos, cómo construir un país habitable, razonable y medianamente justo? Y me respondo que la realidad nos está enseñando. Un montón de verdades, que parecerían exageraciones y exabruptos hace veinte años, ahora son evidencias elementales. Las causas invisibles ahora saltan a la vista. Y si bien ello no garantiza nada, ya que también es preciso que tengamos la perspicacia de advertir todo eso que se hace evidente, creo que los colombianos estamos aprendiendo a advertirlo.

Creo que tarde o temprano todos los colombianos, hastiados del precario destino que nos ha ofrecido la sociedad que hemos hecho con nuestra pasividad y nuestro silencio, formaremos parte de un movimiento de opinión lo suficientemente civilizado para sugerir e imponer cambios sensatos en nuestro orden social, cambios que no solo lleven a Colombia a la altura de los más emprendedores países contemporáneos, sino que nos permitan proponer un modelo de sociedad que tenga en cuenta nuestras más importantes singularidades. Una sociedad que tenga propuestas audaces y renovadoras en el campo de la utilización y protección de la biodiversidad; que sea capaz de oponerse al consumo desaforado de las sociedades que carecen de una relación profunda con la tierra y su misterio; que sepa valorar y estimular la creatividad humana sobre las opresivas inercias del consumo.

Y creo que lo lograremos superando las taras de la dependencia, del colonialismo espiritual, la superstición del subdesarrollo que cree que progresar es dejar de ser lo que somos y poner a los indios guambianos a bailar ballet clásico. El mismo carácter que nos hace falta para aprender a diferenciar entre la mentira y la verdad, la legitimidad y la usurpación, el amor por un pueblo y el amor por un puesto, la amistad y la complicidad, nos hace falta también para aprender a diferenciar entre el progreso y la mera novedad, la adulación de unas masas y el verdadero respeto por una cultura, la educación y la domesticación.

Hagamos que los medios se parezcan a los fines o, lo que es mejor aún, aprendamos a enriquecer y ennoblecer el presente, y no tendremos que preocuparnos por el futuro. La realidad que hay que cambiar está aquí y ahora. Los seres a los que tenemos que transformar somos nosotros.

*Fragmento del libro “William Ospina: ensayos”, recién publicado bajo el sello Literatura Random House.

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