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De la abundancia al abandono: la crisis enterrada de la yuca en Colombia

El producto es clave en las mesas y que se expande en la industria de alimentos, cosméticos, fármacos y hasta empaques. Pero los agricultores están en crisis. ¿Qué está pasando con este producto en el país?

María Camila Ramírez Cañón

04 de mayo de 2025 - 12:00 p. m.
Comerciante de yuca en Corabastos (Bogotá). Imagen de referencia.
Foto: EFE - Carlos Ortega
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El sancocho, el pandebono, el pandeyuca, algunas pastillas farmacéuticas y un tipo de empaques biodegradables tienen un insumo en común, aunque no lo parezca: la yuca. Este es uno de los cinco bienes agrícolas que más se cultivan en Colombia y cada vez es más común encontrar sus derivados esparcidos por diversas góndolas del supermercado.

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La yuca no solo es un alimento presente en las mesas y los campos de los 32 departamentos del país, sino que también tiene más de 200 usos para la elaboración de productos comestibles e industriales, de acuerdo con la Federación Nacional de Yuqueros de Colombia (Fenyucol).

El principal productor es Bolívar, con 379.643 toneladas, y le siguen Córdoba (264.770 t), Sucre (243.567 t), Magdalena (223.916 t) y Antioquia (157.244 t), según las más recientes cifras (2023) de la Unidad de Planificación Rural Agropecuaria (UPRA).

A pesar de ser un producto clave y cotidiano, con una expansión de posibilidades de transformación, los productores nacionales se declaran en crisis porque sembrar yuca no está siendo rentable en Colombia. En este momento el precio está tan bajo, que no alcanza a cubrir los gastos que representa la siembra y, de todos modos, sale más barato importar los productos ya transformados en lugar de hacer este proceso en el país. Y sí, es toda una paradoja, una que conlleva a problemas para el agro colombiano y, claro, para los productores. Queremos ser potencia en alimentos y agroindustria, pero el tema se queda en deseos, cuando menos para el caso de la yuca. El resto es discurso con expiración y renovación de cuatro años.

Para empezar vale la pena entender que hay dos grandes clases de este producto. El primero es el dulce o de mesa, que es para el consumo directo y representa 95 % de la siembra. El segundo es el industrial, que sirve para sacar el almidón o fécula y completa el 5 % restante. Ambos modelos no compiten entre sí, sino que responden a necesidades distintas, pero complementarias, del país, de acuerdo con la Asociación Nacional de Industriales (Andi).

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La baja rentabilidad del cultivo ha derivado en una reducción de la siembra, lo que ha generado pérdidas para quienes tienen su planta transformadora, como le sucede a Jesús Romo, representante legal de la empresa Proayucor y líder de la Asociación de Productores de Yuca de la Cordillera, en Policarpa, Nariño. En el municipio los agricultores dejaron de apostarle a la raíz porque no era rentable. Antes se sembraban unas 80 hectáreas y ahora son entre cinco y 10, solo para el consumo.

Como ya no está disponible la materia prima, Romo no ha podido sacar el almidón porque tendría que buscar la yuca en un lugar cercano y pagar el transporte. Esto encarece mucho la operación y le ha dejado pérdidas. “Es rentable siempre y cuando haya mercado. Antes vendíamos bastante, pero hace falta que esté el encadenamiento. La planta podría transformar la producción de unas 100 hectáreas en el año, más o menos de 10 a 20 toneladas diarias”, dice el líder de la Asociación.

Otro de los obstáculos es que en Nariño no hay mucho mercado para el almidón de yuca (también hay de papa y maíz), aunque en otras partes del país sí. De hecho, la Cámara de la Industria de Alimentos de la Andi estima que en Colombia se comercializan cerca de 35.000 toneladas anuales de almidón de yuca amarga, que representan una actividad económica cercana a los $175.000 millones.

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Este es un insumo usado para la elaboración de harinas para productos como almojábanas y pandebonos. También se usa para cosméticos y creación de algunas pastillas (pues es el vehículo que usan ciertos medicamentos). Hasta sirve para hacer empaques biodegradables, jarabes, edulcorantes, sopas y compotas.

Por su parte, de la dulce se pueden sacar croquetas congeladas y puede ser un insumo para los concentrados de los animales. Pero ahora más que apostar por la yuca y sus posibilidades industriales, los productores mantienen el cultivo por tradición.

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Una bonanza que terminó en crisis

Para entender el momento difícil que viven los yuqueros hace falta revisar lo que ocurrió después de la pandemia por covid-19. En ese entonces hubo un auge del producto gracias a un programa del Gobierno que buscaba fortalecer la industria de la yuca en el Caribe, recuerda Tatiana Díaz, gerente de la Asociación Nacional de Productores y Procesadores de Yuca (Anppy).

En ese momento el producto alcanzó un precio nunca antes visto, de $1.400 a $1.600 por kilo, en parte gracias a que hubo escasez de algunos productos relacionados con la industria por cuenta de la crisis de los contenedores. Los productores pudieron tener apalancamiento para sus proyectos y muchas personas se volcaron a sembrar.

Pero todo lo que sube tiene que bajar. La expansión se transformó en sobreoferta, lo que hizo que se cayera el precio y “todo lo que se ganaron en la época de la bonanza, lo perdieron en la cosecha siguiente, cuando bajó a $400-$500 el kilo, entre 2023 y 2024. Seguimos en una crisis bastante fuerte”, en palabras de la gerente de Anppy.

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Carlos Escobar, presidente de Fenyucol, sostiene que en este momento hay plantas de procesamiento que “atropellan” a los pequeños productores y se aprovechan de los bajos precios. Además, “no hay por dónde evacuar tanta yuca, la agroindustria no puede absorber tanto y tampoco tenemos el músculo financiero para transformarla nosotros”, sostiene.

Al final, los yuqueros aceptan un mal precio por su trabajo, con tal de reducir las pérdidas. Aunque Escobar asegura que hay quienes hasta prefirieron no sacar la yuca y dejar que se pudriera en la tierra, porque salía más costoso financiar la extracción y el transporte. Hay quienes luego metieron tractores para arar la tierra y sembrar otras cosas.

Ante este panorama, la Federación pide que se fortalezca el sector primario para bajar los costos de producción y evitar las pérdidas. En ello coincide Álvaro Abad, representante del comité de productores de Sucre, y añade que cada año los insumos y costos van en aumento, mientras que el pago es cada vez menor.

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La situación es tal, que Abad advierte que “si la cosa sigue así, va a desaparecer el sector yuquero”.

Industria e importaciones

El de la producción no es el único eslabón de la cadena en el que hay dificultades. Los agricultores se quejan de que la industria no cumplió con los contratos y se ha aprovechado de los bajos precios.

Sergio Ramos, gerente encargado de la Sociedad Almidones de Sucre, aclara que los contratos de compra los realizan con anterioridad, cuando los agricultores están sembrando, para garantizar que contarán con el insumo requerido para cumplir sus compromisos comerciales, a lo que se le llama agricultura por contrato.

La Andi estima que el 40 % del almidón que requiere la industria del país es importado. Eso hace que los precios internacionales se tomen como referencia para el producto.

Hay importaciones de países como Tailandia, Brasil, Paraguay y Nicaragua. Este producto es importante, porque tiene la ventaja de que crece en ambientes adversos de baja cantidad de agua y por eso es tan atractivo e importante en la seguridad alimentaria de Asia y Latinoamérica, según Néstor Ariel Algecira, docente de ingeniería química en la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional.

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En esos países sale más económica la producción, porque el cultivo se desarrolla en grandes extensiones tecnificadas y “responde a economías de escala, mecanización, sistemas de riego y cadenas logísticas consolidadas. En contraste, en Colombia predomina una producción a pequeña escala, con altos requerimientos de mano de obra y fuerte dependencia climática, lo que incide en los costos y la productividad”, explica Camilo Montes, director de la Cámara de la Industria de Alimentos de la Andi.

Por eso las importaciones del almidón llegan a un precio cercano a los $2,3 millones por tonelada, cuando la producción nacional cuesta $2,8 millones, de acuerdo con las estimaciones de Fenyucol. Al final, es más rentable comprar el que llega que el que se hace en Colombia, lo que les cierra puertas a los productores para transformar sus tubérculos.

Promesas enterradas

Este panorama adverso llevó a que los yuqueros buscaran soluciones mediante una protesta el año pasado. Del diálogo quedaron varios acuerdos y compromisos del Gobierno que fueron fijados en febrero de 2024. Sin embargo, los productores alegan que han sido pocos los puntos cumplidos.

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Entre los acuerdos está que el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo evaluara el impacto de los productos importados en el mercado para determinar la ruta a seguir ante las preocupaciones de los productores. La expectativa del sector era que se regularan las importaciones para proteger la producción local, pero nada ha cambiado en ese sentido.

Otras medidas iban orientadas a reducir el costo de los insumos y fortalecer la cadena de producción. Escobar expresa que no se han visto avances en esos aspectos. En contraste, el Ministerio de Agricultura detalla que en abril de 2024 se incluyó la yuca como beneficiaria del descuento del 30 % de los insumos, otorgado por el Fondo para el Acceso a los Insumos Agropecuarios (FAIA).

En el que más se avanzó fue la compra pública de 4.726 toneladas de chips de yuca para la coyuntura del fenómeno de El Niño, según cifras del Ministerio. La promesa era de 14.000 toneladas, y el programa finalizará en junio de 2025. La entidad agrega que la idea original era comprar los excedentes de producción de chip de yuca, pero el precio a los que se podían comprar no cubría los costos de producción.

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De otra parte, están desarrollando un proyecto con la Agencia de Desarrollo Rural (ADR) para que las asociaciones tengan maquinaria y equipos para fortalecer la siembra y darle valor agregado a la raíz (convertirla en harina o pelarla para venderla congelada o exportarla o con equipos para elaborar alimentos concentrados para animales).

Finalmente, el Banco Agrario quedó con el compromiso de hacer brigadas en los municipios más afectados por los créditos. La entidad reporta que se normalizaron créditos a 704 productores, quienes registraban saldos a capital por cerca de $11.000 millones, con corte a febrero. Y aunque a muchos se les dieron períodos de gracia, desde Fenyucol dicen que no soluciona el problema porque no van a tener con qué pagarlos cuando se venza el plazo. “Estamos pidiendo que nos dieran un crédito para poder producir este año y pagar el próximo, pero nos tienen cerradas las puertas”, expresa Escobar.

Las vías de salida para los yuqueros

El sector considera que es clave el apoyo del Gobierno para salir de la crisis, con soluciones estructurales. Pero hay otras estrategias que están implementando para superar los obstáculos que enfrenta la producción de yuca en Colombia.

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Una de ellas es la falta de organización y planificación de las siembras. Hace falta que se fortalezca la representación de los productores para que ellos busquen “que existan equilibrios de mercado frente a precios entre el agricultor y las industrias, porque el uno depende del otro”, apunta Ramos.

Para hacerlo, desde Fenyucol están creando la cadena de la yuca, para que cada departamento tenga un comité que agrupe a los diferentes actores. El gremio comenzó en 2022, y por ahora está presente en Córdoba, Magdalena, Bolívar, Sucre y La Guajira, pero busca agrupar a todo el país.

Por otro lado, las asociaciones han creado sus propios emprendimientos para apostarle al valor agregado de los productos. Este es el caso de Anppy, que se ha aliado con otra empresa para fortalecer su línea agroindustrial de premezcla Yuwafles, que es 100 % almidón para preparar wafles, panqueques y crepes.

Además, están trabajando en producir harina de yuca para panes y galletas sin gluten y una bebida láctea llamada Batiyuca. Actualmente están buscando posicionar su marca, por lo que solo atienden el mercado local en Sucre, aunque hacen envíos a todo el país.

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Otro emprendimiento es el de Romo, que consiste en crear bolsas biodegradables con el almidón de la yuca. “Hay mucho mercado y se está haciendo en poca cantidad, algunas pruebas piloto. Necesitamos traer la maquinaria”, precisa.

El docente Algecira resalta que esa es una de las potencialidades que tiene el almidón de yuca: su composición hace que sea más fácil crear películas delgadas para hacer empaques o adhesivos como engrudos y pegantes.

Todas estas son opciones para salir de la crisis y darle un nuevo aire al sector, pero también han contemplado cambiarse a otra producción que sea más rentable. Escobar reconoce que están trabajando con ingenieros agrónomos para evaluar la siembra de coco y plátano como alternativas porque tienen buen mercado. Se trata de apuestas a largo plazo, de tres años y un año y medio, respectivamente.

La solución no debería ser dejar de sembrar yuca y más porque hay oportunidades significativas como la de un mercado agroindustrial en expansión. La Andi ve la dulce como base de nutrición nacional y a la industrial como motor de industrialización rural y bioeconomía. La pregunta es cómo reducir los costos, aumentar la competitividad, articular mejor a productores e industriales y ordenar la siembra para evitar que se repita la crisis.

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