Afirma que se necesita una revolución moral que lo logre

“Hay que poner el capital en su sitio y a la humanidad, en el centro”

Jacqueline Novogratz, fundadora del fondo de capital de riesgo Acumen, estuvo de visita en Colombia. En esta entrevista explica por qué invertir en negocios que impacten positivamente las comunidades es más efectivo para atacar la pobreza que la caridad o filantropía tradicional. Es la estrategia que Acumen aplica en el país.

Jacqueline Novogratz, fundadora de Acumen. Mauricio Alvarado - El Espectador

Jacqueline Novogratz no es la típica portada de Forbes. Ha estado en primera plana, pero sus palabras son un poco diferentes a las que nos hemos acostumbrado a leer en las páginas de economía y negocios. Pueden ser, incluso, un llamado de atención para muchos de los que figuran ahí. Habla de capital, sí, pero de ponerlo en su sitio.

Para ella, lo primordial es la dignidad humana: cómo garantizar la libertad de las personas. No solo cree que el desarrollo de las últimas décadas también ha creado enormes brechas, sino que la caridad y la filantropía que han intentado ayudar a quienes han quedado atrás han caído en el error de generar dependencias y anular poderes de agencia.

Es la fundadora de Acumen, un fondo de capital de riesgo que se nutre de recursos de la filantropía y los invierte en negocios que impacten positivamente a comunidades con las más grandes necesidades y que, un día, serán económicamente sostenibles. “Un día”, porque la inmediatez es lo de menos. Las grandes transformaciones no suceden de la noche a la mañana.

¿Por qué “Acumen”?

Cuando empezamos buscábamos un nombre y, para ser honesta, durante el boom de las “punto com”, cualquier nombre que eligieras ya alguien lo tenía, así fuera para venderlo después. Pensamos nombres diferentes, que no estuvieran entre esos, e hicimos una tabla de lo que queríamos ser y lo que no. Cuando empecé Acumen era para revolucionar la filantropía, porque veíamos que muy seguido los auxilios tradicionales y la caridad creaban dependencia. Los mercados tienen un gran papel que desempeñar, pero son limitados cuando se trata de pobreza. No queríamos ser suaves, excesivamente sentimentales, ni evitar hablar del fracaso. La palabra “acumen”, por otro lado, habla de perspectiva, intuición de negocio, algo que queríamos traer al mundo de la filantropía. Lo que ha sido interesante con el pasar del tiempo es que Acumen se ha movido de trabajar con filantropía a, de hecho, trabajar con modelos de capital retornable e inversiones de impacto. La palabra “acumen” se ha vuelto aún más importante porque ahora hemos tomado el espíritu del verdadero acumen hoy: no solo intuición, perspectiva, entendimiento de los negocios, sino que tiene que ir atado a la ética, enfocado en la dignidad humana y la idea de que el ethos de Acumen es poner a la humanidad en el centro de los negocios.

Usted habla de “capitalismo paciente”. ¿Cómo lo define?

Estamos en un momento de la historia en que todo está enfocado en el corto plazo, lo que puedo sacar para mí ya, y la única forma que tengo de ganar es que tú pierdas. El capital paciente reconoce que los empresarios tienen muchas de las soluciones a los problemas del mundo, pero permitirles trabajar en eso requiere darles el tiempo para experimentar, construir confianza en las comunidades, muchas veces fallar y volver a empezar. La etapa temprana del desarrollo de la verdadera innovación, la que impacta a los vulnerables, al planeta, a los que no han podido hablar por sí mismos, requiere una aproximación de largo plazo. El capital paciente está para tomar recursos de filantropía, invertirlos en estas compañías, mantener eso por diez o quince años. Paciencia. Las compañías no necesitan solo acompañamiento administrativo, sino acceso a mercados, corporaciones y expertos. Y cuando la plata retorna, tenemos el compromiso de reinvertirlo en innovación para los más pobres.

¿Qué ha fallado en los sistemas económicos para que tengamos tanta desigualdad?

Fui a la escuela de negocios de Stanford, en el corazón de Silicon Valley. Llegué un mes antes de que el Muro de Berlín cayera, y ese mismo mes Steve Jobs fue a hablarnos de la promesa de la tecnología. Han pasado 30 años desde el momento en que abrimos el mundo a los mercados, los libres mercados y la idea de que el capitalismo ganó y el comunismo perdió. Ninguna otra conversación. Y que la tecnología nos iba a salvar a todos y conectar el mundo. Muchas de esas promesas se han hecho: estamos interconectados, hay más celulares que humanos, tenemos la oportunidad de conocernos, ha habido desarrollo económico… Pero las mismas fuerzas han creado una gran inequidad, cambio climático, y las compañías de plataforma, usando la tecnología, que están creciendo tan rápido, están reduciendo la necesidad de empleos, llegando a miles de millones de personas y acumulando riqueza a nivel individual en formas que nunca habíamos visto. La pregunta que nos hacemos es: si los últimos 30 años han sido una revolución tecnológica, los 30 años siguientes deben ser una revolución moral. ¿Qué implica eso? ¿Cómo moverse de una sociedad de shareholders (dueños, accionistas) a una de stakeholders (empleados, clientes, comunidades)? ¿Cómo medimos lo que realmente importa, en vez de solamente las cosas que podemos contar, como el Producto Interno Bruto? Yo no puedo vender aire limpio a otra persona ni la risa o educación de mis hijos. Eso no cuenta. ¿Cómo cambiamos eso? ¿Cómo lograr una aproximación de largo y no de corto plazo? ¿Cómo redefinimos éxito basados en quién le da más energía al mundo? En términos generales, en eso creo que hemos ido mal, en esta ideología en la que elevamos el capitalismo al nivel de una religión, en vez de ponerlo en su lugar de manera que nosotros controlemos el capital y no al revés.

¿Cómo enfrentan el reto de que las iniciativas no tengan una perspectiva “de arriba hacia abajo”, condescendiente, sino que los directamente impactados participen y tengan agencia?

En 1986 empecé mi primer banco de microfinanzas, y pensaba que para este momento habríamos visto el impacto pernicioso de este desarrollo de “arriba hacia abajo” y lo habríamos detenido. Pero hemos visto un resurgir. En Colombia, están en un momento particular por el posconflicto, y el deseo que viene de las mejores intenciones para hacer la paz puede traer una colocación equivocada de más asistencia tradicional. Compañías como aquellas con las que trabaja Acumen, que están en las comunidades dos, tres, cuatro años, impactan construyendo confianza y ayudando campesinos a entender que, si crean contratos basados en esa confianza, pueden construir modelos de negocios sostenibles para el largo plazo, con control de sus propias vidas. Para mí esa es la definición de dignidad humana: control, libertad. Pero si luego viene alguien y dice que llegó para ayudar, da una donación tan grande como todo el trabajo en el que las comunidades se vienen esforzando tanto, es como si el dinero cayera de los árboles. Eso es una distracción, una distorsión y es lo opuesto a la dignidad, porque tiene que ver con la dependencia. Para Colombia, hay una oportunidad real de moverse: de ver la situación como una falta de violencia para verla como una presencia de posibilidades. El país pierde una oportunidad si juega con mucho auxilio tradicional. El auxilio en alguna medida es necesario, no hay duda de eso, pero tenemos que preguntarnos si se está aumentando la agencia, la dignidad, o si se está disminuyendo.

Una compañía como Bioguaviare en el Amazonas ha trabajado con asociaciones de campesinos tradicionalmente ganaderos, así como con los nukak, que están obteniendo asaí de los árboles. La complejidad de trabajar con esas comunidades, tomar un producto y llevarlo hasta que se transforma en helados… Es una cadena compleja, que requiere altas cantidades de confianza y transferencia de conocimiento. Cacao de Colombia está trabajando con arhuacos y en lugares como Tumaco. Los he visto en los últimos tres años no solo generando relaciones de negocios sino verdadera confianza con personas que probablemente no tendrían una razón para confiar en forasteros. Tan importante como eso es la diferencia en ellos al volverse negociantes que se ven como iguales, en vez de receptores pasivos esperando caridad.

Le puede interesar: Emprender en tiempos de paz

¿Qué características tienen en común los negocios sostenibles?

Uno de los cambios que hemos hecho con la forma en que pensamos estas inversiones es que hemos construido una serie de herramientas: capital paciente, formas de medir el impacto, conexión con corporaciones y con cadenas de suministro. Sabemos construir compañías, y lo que diferencia a los grandes éxitos es el carácter. Definimos eso con base en si los empresarios tienen lo que llamamos “imaginación moral”. Esto es reconocer que trabajan en comunidades frecuentemente con desventajas, pero sin caer en la “sobreempatía”, la condescendencia; tener humildad a la hora de reconocer el entorno y la audacia de ver lo que puede llegar a ser, contar con la resiliencia que requiere construirlo. También es el coraje de luchar contra la burocracia y el statu quo. La pregunta asimismo es si tienen la consideración de construir lazos con la comunidad y si tienen la tenacidad de que la comunidad también se sienta responsable. Por otro lado, es importante que la comunidad no sienta que estás ahí solo para hacer dinero sino para añadir valor. La compañía Azahar acopia café de muchas áreas de posconflicto. En vez de ver los precios globales de los commodities, empieza con el campesino, entiende sus costos de producción, hace contratos y la cadena transparente: desde el campesino, al comprador, hasta el mayorista y el minorista.

Usted habla de la esperanza que tiene en las nuevas generaciones, sin embargo, han surgido modelos de negocios que se promocionan como innovadores pero que para muchos no son sino nuevas formas de explotación.

Sí, los llamamos “green-washed” (lavado verde, mostrarse sostenible de una forma engañosa).

¿Hay en estas nuevas tendencias discursos que le preocupen?

¡Dios mío, sí! Hay en el lado de la inversión de impacto, en la asistencia, en las corporaciones, quienes están haciendo negocios de la forma usual, pero muestran su cadena de suministro como inclusiva, a pesar de que puede serlo para el 1 % del producto, pero no prestan atención al otro 99 %. Eso me preocupa en el corto plazo, pero en el largo plazo, no solo Acumen, el mundo está desarrollando herramientas, y tanto los líderes corporativos y de negocios pequeños, entienden que no pueden contratar a estas nuevas generaciones y hacer negocios de la forma usual, porque hay una demanda por más sostenibilidad en la cadena de suministro, de transparencia y honestidad con el consumidor. A la gente le importa, y creo que será un movimiento en los próximos 30 años. La buena noticia para mí es que algunos de los líderes empresariales más intrépidos con los que me estoy encontrando están trabajando dentro de las corporaciones tratando de cambiar esas compañías. Hay confusión en esta época de fake news, fake marketing, y es muy fácil hacer “green-wash”, poner una etiqueta. En Acumen desarrollamos herramientas y pensamos que la tecnología móvil nos da un superpoder: podemos llegar a los clientes y campesinos y preguntarles sobre sus ingresos, sobre cambios en sus vidas, lo que les gusta del producto o el servicio y podemos concluir de ahí si determinada compañía llega a los pobres, si lo hace de una forma sostenible, si entrega un producto que la gente valora. Nunca nadie les había preguntado esas cosas, responden y honestamente.

Pero también hay en las nuevas generaciones otro tipo de consumidor, al que no le importa, el que se preocupa por tener el último celular y ya.

Creo, y estoy segura de que no estoy sola en esto, que estamos en el precipicio, de cara al cambio climático, más desigualdad, más violencia, y al otro lado tenemos una oportunidad infinita, con inclusión, sostenibilidad, un mundo que es mejor que aquel en el que mis papás o abuelos crecieron, y es nuestra elección. Ahora en mis 50 veo a las nuevas generaciones y el sentido de urgencia. Tenemos que escoger el lado de la posibilidad, y la única forma que conozco para hacerlo es encontrar a esos viajeros que tienen algo en común, que quieren construir, no ser cínicos; los que quieren arriesgar y no solo jugar a lo seguro; la gente que está dispuesta a incomodarse y tender puentes; dispuesta a enfocarse en el propósito y dejar que la utilidad venga después. Están ahí afuera y necesitamos encontrarlos. Héroes que inspiren a que otros sean heroicos, y preguntarnos a diario cómo estas decisiones que tomamos mejoran el entorno; si operamos con respeto, construyendo compañías a las que realmente les importan los empleados, los consumidores, el planeta. Tenemos la tecnología, las habilidades, la imaginación. ¿Que cómo desarrollar la voluntad? Ahí entra la revolución moral, que pone al capital en su sitio y a la humanidad en el centro, en la forma como hacemos negocios y soluciones. No tengo opción sino ser optimista sobre eso.

***

¿Quién es Jacqueline Novogratz?

Estudió economía y relaciones internacionales en la Universidad de Virginia, en Estados Unidos. En sus 20, empezó a trabajar en Wall Street, pero tres años después, luego de viajar y ver en otros países la falta de acceso a crédito, renunció, en 1986. Se mudó a África, en donde cofundó la primera institución de microfinanzas de Ruanda. 

En 2001 creó Acumen, y ha invertido en emprendimientos y negocios con impacto social en países como Uganda, Kenia, Gana, Pakistán, India, Colombia y en su natal Estados Unidos.

Acumen se presenta como una forma de integrar la filantropía con la inversión en negocios que sean social y ambientalmente sostenibles, pero también en términos financieros. Desde su fundación, ha invertido US$115 millones en 113 empresas.

Novogratz ha dicho que encontrarse en Ruanda con un niño que llevaba puesto un saco que ella misma había donado años atrás en Estados Unidos le dio más claridad de cómo la humanidad está conectada, y que lo que hace en un lugar puede tener impacto en otro. La anécdota le dio nombre a su autobiografía, The Blue Sweater
 

Acumen en Colombia

En 2013 Acumen inició sus operaciones en América Latina, con un enfoque en Perú y Colombia. En este país, tiene sede en Bogotá y ha centrado su estrategia en beneficiar “comunidades que han sufrido exclusión política, económica y social”, como pequeños agricultores, mujeres cabeza de hogar, comunidades afrodescendientes e indígenas. 

Le puede interesar: Del campo a la olla: así se amasa una posible revolución 

Entre las empresas que han impulsado están Cacao de Colombia (Cacao Hunters), que trabaja con población arhuaca; la productora de helados artesanales Selva Nevada, que incluye en su cadena comunidades rurales afectadas por el conflicto armado; y Bioguaviare, que produce y comercializa pulpa de fruta congelada, de materia prima recolectada por pequeños agricultores y comunidades indígenas.

 
La central de beneficio Gigante Café, por ejemplo, ha recibido US$460.000 de inversión.
Cortesía

En su entrevista con El Espectador, Novogratz resaltó el talento e ingenio de los emprendedores colombianos y aseguró que mucho de su conocimiento es tan valioso como para llevarlo y aplicarlo en otros países.

@alejandra_mdn

 

También le puede interesar:  La reforma tributaria de Iván Duque: ¿Un golpe a los más pobres? 

 

 

821983

2018-11-04T21:00:00-05:00

article

2018-11-05T11:27:11-05:00

[email protected]

none

María Alejandra Medina C. / @alejandra_mdn

Economía

“Hay que poner el capital en su sitio y a la humanidad, en el centro”

73

17110

17183