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La fortuna de un libanés

Homenaje al empresario  pionero de la industria automotriz colombiana, que el pasado martes murió a los 96 años de edad.

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Carolina Gutiérrez Torres
28 de marzo de 2009 - 08:00 p. m.
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Después de unos segundos de silencio, de un doloroso silencio, el señor Nayib Neme se preguntó “¿qué significa la muerte de mi tío?”. Hizo una pausa. Miró hacia la lejanía. Entonces dijo, en voz muy baja, “la expresión completa de la orfandad”. Hacía tres días había enterrado a Chaid Neme, su tío, al que él llama su segundo padre. Al biológico —Hares Neme— lo había despedido, con la misma tristeza, en 1991. Ahora él, Nayib, es el heredero del imperio de la industria automotriz que construyeron los hermanos Neme luego de siete décadas.

La llegada

“Un muchacho sale por el mundo, solo. Tiene trece años de edad. Su única preocupación es cómo conseguir el sustento para su familia. Desde ese momento sabe que la única misión en su vida es construir, crear, producir... Sabe que no tendrá tiempo para dedicarle a una mujer ni mucho menos para pensar en hijos”. La historia la narra el señor Nayib. Es el cuento de no ficción de su tío, Chaid Neme, el libanés que a los 13 años salió de su tierra siguiendo a su padre.

Era 1926. Nayib Neme, su papá, migró a Guayaquil huyendo de las balas y de las muertes indiscriminadas que estaban ocurriendo en su país. Hasta allí lo siguió Chaid. Luego de unos años el padre dejó Guayaquil y viajó a Ocaña, Colombia. Hasta allí lo siguió su hijo, otra vez. Y en ese municipio de Norte de Santander, que para 1932 era sólo calles destapadas y casas en construcción, comenzó a nacer su imperio: primero, en un almacén para vender telas, luego en una comercializadora de llantas. El encuentro con su hermano Hares, “su mitad de vida” —como él lo definiría en reiterados discursos después de la muerte de Hares— llegaría en 1937.

La vida sin esposa

En Colombia los hermanos Neme crecerían, encontrarían la fortuna en el negocio de las autopartes, se volverían personajes reconocidos en la sociedad bogotana. Chaid estaría siempre presente en las reuniones sociales más importantes de la capital. Recibiría la distinción al Mérito Industrial de manos del entonces presidente Belisario Betancur. Hares, en cambio, se dedicaría a la familia y a los hijos y a la vida del hogar. Entonces Chaid, que se negó siempre a dejar descendientes, cuidaría y amaría a sus sobrinos como a sus propios hijos.

El señor Nayib, que está sentado en un escritorio de la compañía, hablando en voz baja, con pausas reiteradas y con suspiros profundos sobre su tío Chaid, fue el único hombre de la familia —las otras dos hijas de Hares son Lourdes y Tatiana—.

“¿Por qué mi tío nunca se casó? No entiendo porque todo el mundo se hace la misma pregunta. Muy pocas veces hablamos del tema, y como dijo el doctor López Michelsen en una oportunidad que le puse el tema, ‘es un secreto que Chaid y yo nos llevaremos a la tumba’”. Por primera vez el señor Nayib sonríe. El misterio de los hijos y las esposas que su tío no tuvo llega a divertirlo.

Y luego cuenta que sí hay una razón que su tío le repitió algunas veces. Lo hizo, con especial convicción, cuando Nayib le dio la noticia de su matrimonio. “¿Por qué te vas a casar?”, le preguntó serio, casi molesto, Chaid. “No es una decisión correcta —le siguió alegando— siendo el empresario que eres, teniendo las responsabilidades que tienes, no le vas a dar a tu mujer el tiempo que ella se merece”.

Esa es entonces la razón. Chaid se entregó de cuerpo y alma a su negocio, que iba creciendo y creciendo sin ningún límite. Con los años llegarían a ser 45 las empresas del Grupo Chaid Neme Hermanos S.A. —algunas de ellas con presencia en Estados Unidos, Ecuador y Venezuela—. Se entregó a su negocio y no a una esposa, pero sí a muchos amores pasajeros. “Yo, incluso, fui chaperón en muchos de sus andares.

Siendo niño lo acompañé a sus citas románticas en viejos restaurantes. Incluso hasta me quedaba dormido. Procuraba que fuera siempre en las piernas de ellas”, cuenta el señor Nayib y se ríe un largo rato.

Los fracasos

Antes de que los hermanos Neme llegaran a ser calificados como los industriales más importante del mercado de las autopartes, Chaid Neme vivió el infortunio en sus negocios en repetidas ocasiones. La que más recuerda Germán Villalobos, quien trabajó con Chaid Neme casi 40 años, y pasó a llamarse su amigo con el tiempo, fue el negocio de exportación de quina —una planta medicinal— a Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. Chaid perdió. Los empresarios estadounidenses le quedaron debiendo tanta plata que él prefirió dejar el lío en manos de un abogado. Así llegó a la oficina de Alfonso López Michelsen, su amigo de muchos años.

Tampoco tuvo suerte en la fabricación de almidón industrial, ni en una empresa de carga por el río Magdalena. Sin embargo, la tragedia mayor, que él convirtió en una razón para fortalecer su negocio, la vivió el 8 de abril de 1948; 24 horas antes de que  parte de la capital quedara reducida a llamas, a ruinas, a heridos y muertos, por el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, Chaid Neme estaba inaugurando dos almacenes en Bogotá. A esas dos edificaciones, también las incineró el Bogotazo, y Neme tuvo que empezar otra vez, de cero.

La empresa

“Es muy difícil hablar de sí mismo, de sus propios padres”, dice el señor Nayib al preguntarle por el negocio de los hermanos Neme, por el aporte que hicieron a la economía del país. “Si tengo que decir algo del negocio de nuestra familia, diría que nació de la necesidad de que Colombia fuera autosuficiente, que viviera su propia historia industrial, que dejara la dependencia de terceros y creara divisas para el país”.

Y al frente de la organización siempre estuvieron los hermanos Chaid y Hares. “Eran compañeros en todo, la empresa, el amor por la industria, la familia —dice el señor Nayib—. Eran como una sola persona. Nunca hubo una dispuesta por el sentido de qué es tuyo y qué es mío”. En 1991 se separaron. Hares murió y Chaid tuvo que pronunciar un discurso que decía, de forma contundente, “fue como haber perdido la mitad de mi vida”.

Siguió al frente de la compañía hasta unos meses atrás, cuando los dolores de los años lo llevaron a quedarse en su casa, donde vivía solo. Leía, caminaba hacia la biblioteca o hacia la sala, recibía la visita de sus sobrinos y sus amigos y sus trabajadores que le rendían cuentas de todos los negocios. El martes, “la expresión completa de la orfandad” cubrió la familia Neme.

Por Carolina Gutiérrez Torres

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