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En su intervención en la Convención Bancaria de Asobancaria, el gerente general del Banco de la República, Leonardo Villar, puso sobre la mesa diversas cifras que muestran la cautela con la que se debe actuar ante las presiones que está generando sobre la economía colombiana aspectos como el fortalecimiento del peso colombano, el control de la inflación, el déficit fiscal y los aumentos del salario mínimo.
Villar inició hablando de la lucha contra la carestía. Reconoció que en los más de cinco años que lleva al frente del Banco de la República no se ha logrado llevar la inflación a niveles cercanos a la meta, que es el 3 %. Esto, añade, se debe a diversas circunstancias.
Según su interpretación del fenómeno (que no refleja necesariamente la del Banco de la República), los últimos años han sido desafiantes, con elementos coyunturales que estuvieron acompañados de sus propias dinámicas inflacionarias, como lo fue la pandemia.
“En ese período, la estrategia monetaria restrictiva adoptada en Colombia fue fundamental para ayudar a reducir la inflación desde niveles que llegaron al 13,4% en el primer trimestre de 2023 hasta un mínimo del 4,8% en junio de 2025. Esto es, una reducción de la inflación de más del 85 puntos porcentuales en poco más de dos años”; detalla.
Desde entonces y hasta finales de 2024, el comportamiento de la inflación no difirió mucho del que se observó en otros países de la región, con la diferencia de que en los otros países la carestía continuó reduciéndose en 2025, hasta ubicarse en niveles cercanos a las metas establecidas.
Para el caso colombiano, la inflación no solo frenó su caída en 2025, sino que tuvo un fuerte impulso alcista en 2026, lo que la llevó a estar cercana al 6 % en junio y julio de este año (el doble de la meta trazada para la nación). Los más recientes análisis apuntan a que ese 3 % no se alcanzaría sino hasta 2028.
“¿Por qué somos tan diferentes a otros países y en particular a nuestros pares?”, se pregunta Villar, a lo que responde que es por las políticas adoptadas por el gobierno nacional durante el último año y medio, las cuales actuaron en contravía del proceso de ajuste que traíamos en el período previo.
“Me refiero en primer lugar al fuerte incremento en el salario mínimo que se adoptó tanto para 2025 (cuando éste se incrementó en cerca de seis puntos porcentuales por encima de la inflación observada) como, en grado mucho más radical, para 2026 (cuando lo hizo en cerca de 17 puntos porcentuales). No menos importante fue la agresiva política de expansión fiscal, que incrementó el déficit primario a máximos históricos y abiertamente insostenibles”, detalla Villar.
Si bien reconoce que estas acciones apoyan una mayor capacidad de gasto que, en el corto plazo, se ha visto reflejada en resultados favorables para la actividad económica y la disminución del desempleo, también cree que esto ha generado un exceso de demanda interna que es, a todas luces, insostenible.
La regla dice que la inflación se causa principalmente por un desequilibrio en la relación entre oferta y demanda que, grosso modo, es lo que describe Villar.
“En el segundo trimestre de este año, por ejemplo, la demanda interna creció a un 4,8% en términos reales y el crecimiento de la misma estuvo en alto grado impulsado por un aumento del consumo público del 11,5% en términos reales, de acuerdo con las cifras del DANE”, precisa.
A este panorama se añade otro elemento, la apreciación del peso colombiano. En los últimos meses se ha visto cómo el billete verde ha venido perdiendo fuerza, acercándose a la barrera de los COP 3.000 (un nivel tan bajo no se registra desde hace seis años).
Villar explica que, a diferencia de lo que sucedía en 2025, en 2026 no puede decirse que este fenómeno se explique por la depreciación del dólar frente a las demás monedas del mundo. A lo largo del presente año, el peso también se ha apreciado en más de 18 % si se compara con el euro y en porcentajes similares si se compara con las monedas de países más cercanos al nuestro como Chile o Perú.
Aunque un dólar barato puede resultar positivo en algunos frentes, especialmente para las importaciones, también plantea importantes desafíos para la economía colombiana, particularmente en materia de competitividad. Un peso más fuerte encarece los productos colombianos para los compradores internacionales, lo que puede llevarlos a buscar alternativas en otros mercados y reducir la demanda por bienes que actualmente son producidos por la industria nacional.
“Para ilustrar la magnitud de los daños que la revaluación del peso genera a los sectores transables que deben competir en los mercados internacionales basta decir que esos sectores deben competir en condiciones tremendamente desventajosas cuando se tiene en cuenta que los salarios por hora que pagan a trabajadores de baja calificación aumentaron en cerca de 28% en pesos (teniendo en cuenta el aumento del salario mínimo y la reducción de la jornada laboral), y lo hicieron en más de 50% cuando se miden en dólares”, explica, al detallar que gran parte de esto se debe al aumento de la deuda pública y lo atractivo que se ha vuelto Colombia para los inversionistas.
Para Villar, este problema no se arreglaría mediante políticas de expansión monetaria (que se estimule la economía haciendo que el dinero y el crédito sean más baratos y abundantes), pues eso agravaría el panorama al impulsar la inflación. En su análisis resalta que la mejor estrategia que podría adoptarse es la que han venido implementando que, básicamente, es mantener las tasas altas en la medida en que se va corrigiendo la inflación, lo que define como una política monetaria cautelosa y moderada.
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