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Como una campaña que presentamos en Inglaterra para una de las compañías más importantes del mundo en productos de consumo. Un champú anticaspa, de gran éxito internacional. Dos agencias de publicidad invitadas a participar.
Nuestra idea radicaba en poder sin temores ni prejuicios abordar de manera optimista un problema negativo. La caspa.
Sin duda queríamos también presentar la idea bajo otra perspectiva. En medio de la urbe londinense el cliente nos citó a las dos agencias en el segundo piso de una edificación victoriana.
Como petición especial y nada común nos pidió quedarnos en el salón durante todas las presentaciones. Nuestros competidores presenciarían nuestro trabajo y nosotros el de ellos.
Comenzaron primero. Presentaron siete ideas. Premisa clásica de la publicidad: Más, siempre es menos. Muchas ideas distintas siempre generan confusión y falta de impacto y claridad.
El cliente quedó un poco perdido y aturdido. Ahora era nuestro turno. De repente salimos todos como equipo de la sala y luego del edificio. Afuera en la calle nos esperaba una tractomula con una gran plataforma. Nos subimos y desde allí comenzamos a presentar con grandes letreros nuestra campaña. El cliente y la otra agencia observaban desde las ventanas del segundo piso un grupo de cabezas peludas presentar, las nuestras, y nosotros desde abajo subidos en el planchón de la mula les veíamos sus caras. Y quién mejor que nuestras cabezas con su pelo, para contar desde otra perspectiva el drama o la felicidad de tener caspa. Un diálogo muy especial entre pelos y caras.
Terminó la presentación. Nos bajamos de la tractomula y subimos a la sala. El cliente emocionado nos aplaudía y la agencia competidora ante esa reacción efusiva no le quedaba otra que también palmotear. Increíblemente ayudaron a darle confianza al cliente para asignarnos el proyecto.
Fuimos consecuentes entre la forma y el contenido. Pero sobre todo algo esencial que jamás debemos olvidar en este mundo de las ideas. Nos divertimos. Y esa energía siempre es ganadora.