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El japonés Kazutsugi Nami, de 75 años, vestía un traje negro impecable y estaba bebiendo una cerveza cuando fue arrestado por la Policía de Tokio, en un restaurante cerca de su trabajo, la compañía L&G. El hombre, acusado de haber captado más de US$2.500 millones a través de una pirámide —una de las mayores estafas en la historia del país, según los medios—, sólo rompió el silencio para defenderse: “Esto no fue un fraude”. Minutos después, cuando los medios de comunicación se le abalanzaron, el señor habló nuevamente para denunciar que, “la Policía ha destrozado mi negocio, yo soy una víctima de las investigaciones policiales”.
La prensa nipona calcula que los estafados, entre 2001 y 2007, fueron unos 50 mil japoneses. Muchos de ellos eran viejas amas de casa que habían invertido todos sus ahorros y el dinero de su jubilación en un negocio que prometía una rentabilidad trimestral del 9 o del 36% anual. Los inversionistas de la pirámide de Nami debían depositar, mínimo, US$1.107 (cerca de $2 millones 700 mil), y recibían a cambio una suma equivalente en una moneda virtual denominada Enten —el término, creado por Nami, era la combinación de dos ideogramas que significan “yen” y “paraíso”—. Con esa moneda virtual se podían hacer compras a través de internet y en empresas asociadas con L&G, la compañía que fundó el mismo Nami en 1987 y que originalmente estaba dedicada a la comercialización de sábanas y productos de la salud.
El negocio se empezó a desplomar a principios de 2007. Los inversionistas no volvieron a recibir sus intereses y comenzó a circular el rumor de que la empresa estaba en quiebra. Luego todos sus empleados fueron despedidos y el señor Nami desapareció. El día del arresto, en el que también fueron capturados 21 colaboradores suyos, el hombre fue interrogado por un periodista. “¿No se siente mal por sus inversionistas?”, y él, sin un dejo de remordimiento, respondió: “No, yo he puesto mi vida en juego”.