Indígenas aprendieron sobre crianza y manejo de siete especies

La ruta de la miel de abejas sin aguijón

Una comunidad indígena de Guainía les apuesta a estos insectos como proyecto productivo y una alternativa de cuidado con el medioambiente.

La marca de miel que produce la comunidad se llama Ámpok y durante 2018 lograron vender 22 frascos. Flickr - Marco Gaoa

Es de tarde, los rayos del Sol ya se desvanecieron y el cielo está nublado, pero la humedad castiga fuerte y la temperatura supera los 30 grados en el resguardo Almidón, La Ceiba, en el departamento de Guainía. Para llegar hasta este asentamiento hay que navegar por el río Inírida durante más de dos horas desde Puerto Inírida. Las casas son sencillas, coloridas y los techos son de paja. La ropa está colgada en cuerdas y los niños juegan fútbol en una cancha improvisada. No hay señal de internet. La electricidad llega a las 6:00 p.m. y se va a las 10:00 p.m.

En la parte trasera de las casas, en una especie de patio lleno de árboles y hojas que adornan el pasto, hay unos palos que sostienen unas cajas de madera. Están pintadas de verde menta y con separadores parecidos a los cajones de las mesas de noche. Encima tienen un plástico, tejas de cinc y en la parte de adelante un hueco pequeño.

“Buenas tardes, me presento. Soy Abel Durante y les voy a hablar del proyecto de miel de abejas sin aguijón”, dice un joven indígena del pueblo curripaco que viste botas pantaneras, pantalón negro y camiseta de algún equipo de fútbol.

Durante, de 31 años, empieza a explicar el origen del proyecto. Dice que esas estructuras son las imitaciones de las colmenas que hoy saben identificar y que 10 de las 80 familias que viven en el resguardo se encargan de criar siete especies de abejas sin aguijón: angelita, crinita, compressipes, eburnea, walleriana, plebeya y scaptotrigona.

Durante es hijo de Pablo y Berta. Su familia migró del río Guainía hacia el río Inírida, en una travesía larga y tediosa. Al final lograron ubicarse en La Ceiba, que les da abrigo a cuatro grupos indígenas: curripacos, tucanos, puinaves y cubeos.

Al igual que otros jóvenes en la región, Durante sólo estudió la primaria, no pudo continuar sus estudios porque tocaba ir hasta Puerto Inírida y el dinero no alcanzaba para eso. Así que decidió empezar a trabajar en lo que saliera y pudiera. Cuenta que tuvo que trabajar en minería ilegal y que no le gustaba. Después estuvo en pesca y comercio de yuca. Luego de esto se empleó como apoyo de las visitas de universitarios a la zona con el biólogo Fernando Carrillo, que tienen como fin dar a conocer el territorio, las especies y la biodiversidad del lugar.

Y por ahí llegó hasta la miel, que acogió con su cuñado, Fabio Pérez. Durante también se encuentra terminando el bachillerato. “Hágale, hágale, Abelito. O si no nunca va a ser profesional”, le dijo un profesor de la Universidad de Pamplona para motivarlo a seguir en el proyecto de miel de abejas sin aguijón.

“Empecé a meter en el cuento a mis compañeros. En el emprendimiento participamos 10 familias de la comunidad. Estamos contentos con este proyecto porque hemos visto resultados. No sólo en dinero, sino en los frutales, porque son una parte importante de la polinización. Es importante para nosotros porque nos da el alimento. Estoy contento y pensando en cómo agrandarlo para involucrar a más familias de la comunidad”, dice Durante, quien es el líder de la Asociación de Meliponicultores de Guainía (Asomegua).

El proyecto de la miel comenzó hace cuatro años con cinco colmenas que, con el tiempo, crecieron a 185. Su desarrollo ha sido lento. Primero debió pedir autorización al jefe de la comunidad para que expertos pudieran ingresar a la zona. En el proceso, los habitantes de la comunidad aprendieron que no deben tumbar las colmenas para extraer la miel. “No sabíamos la importancia de estos animales. Solo retirábamos la miel y dejábamos el propóleo. Incluso no utilizábamos la miel para el consumo, era para la venta: conseguíamos unos frascos de aguardiente, los lavábamos y depositábamos la miel”. Luego la transportaban hasta Puerto Inírida para la comercialización.

El emprendimiento de esta comunidad trabaja en dos temas: crianza y manejo de las abejas sin aguijón y generación de ingresos para las familias involucradas. La iniciativa es financiada por la Fundación Ricola, de Suiza. “El proyecto productivo no pegó en el país. En cambio, los suizos vieron la oportunidad de apoyar no sólo desde las bases científicas un proceso, sino la mejora de la comunidad. Así que apoyaron con su dinero”, cuenta Alexandra Torres, docente investigadora de la Universidad de Pamplona, que da el soporte técnico y científico a la comunidad.

Nido de una colmena. Fotos: cortesía

La marca de miel que produce la comunidad se llama Ámpok y durante 2018 lograron vender 22 frascos. Como es un emprendimiento en crecimiento y sostenible, saben que no se pueden comprometer con una gran producción. Según sus estudios, una colmena puede producir entre uno y tres litros de miel en cinco meses. Es decir, hay dos cosechas al año, así que cada mes dividen las colmenas que ya tienen para ir aumentando paulatinamente la producción.

Las abejas transportan en la boca la miel hacia las colmenas y la van depositando en los potes que están en el último nivel de la caja de madera que los indígenas hacen. Después de unos 10 días, el pote queda cerrado con la teja de cinc y se deja una semana más para que la miel quede bien.

Cabe aclarar que existen diferencias entre la miel de abejas africanas (Apis), las más conocidas, y las abejas sin aguijón (meliponini). “En Colombia tenemos alrededor de 120 especies de tribus meliponinis registradas. Las angelitas son las más conocidas. El olor, color y sabor dependen de la flor que visitan y la especie de abeja”, señala Andrés Sánchez, experto en el trabajo con las abejas y miembro de la empresa Campo Colombia.

Angelita es la especie de abeja sin aguijón más conocida en el país.

El contenido de humedad en el caso de las Apis no puede ser mayor a 20 % por ley. En cambio, en el caso de las abejas sin aguijón esta cifra puede ser de 30 a 35 %, dependiendo de la región y la especie. Sin embargo, en Colombia la norma nacional no incluye a las abejas sin aguijón. “Esperamos que se establezca una normativa con respecto a los parámetros de calidad. Analizamos la miel que se produce en La Ceiba en nuestros laboratorios y encontramos los valores de humedad, el contenido de azúcares, los diferentes colores y las propiedades fisicoquímicas de cada especie”, explica Torres.

La miel de abejas africanas sirve para el consumo alimenticio y, de hecho, es la más comercializada. Por su parte, los indígenas creen que la miel de las abejas sin aguijón tiene propiedades curativas, pero Torres asegura que, aunque sí posee características antimicrobianas, hacen falta estudios que comprueben que sirve para otros usos potenciales.

Las colmenas están compuestas por miel, cera y propóleo.

“Muchos de los integrantes sólo tienen la primaria, así que fue un proceso enseñarles y que entendieran la parte científica. Fueron paso a paso y saben lo que están hablando porque vivieron el día a día”, agrega Torres.

La comunidad también aprendió sobre meliponicultura que, según explica Sánchez, “es el trabajo productivo que se realiza con las abejas de la tribu meliponini, un grupo que se caracteriza principalmente porque son sociales y carecen de un aguijón funcional, es decir, que no pueden picar. Son abejas nativas del país”.

Durante cuenta que el equipo de investigadores iba cada uno o dos meses a la comunidad. En este proceso aprendió a reconocer a la abeja más importante de una colmena: la reina, las partes del cuerpo y lo importante que son para el medioambiente. También le mostraron videos para identificar a las especies. Luego, les hacían una evaluación para saber qué habían aprendido y cómo se habían sentido con la experiencia.

“Soy de las personas que dice: No, trabajemos con las colmenas que ya tenemos porque son muy importantes para nosotros y el medio ambiente”, asegura Durante.

En estos momentos el proyecto está en marcha, pero para que eso sucediera tuvieron que pasar cuatro años. En ese período, la iniciativa fue financiada por la Fundación Ricola; La Universidad de Pamplona, de Bucaramanga, realizó la ejecución financiera y la dirección, de la mano de Alexandra Torres y la coinvestigación con el zootecnista Wolfgang Hoffmann y los magíster en química Yaneth Cardona y Fernando Pinzón. La Universidad Central, de Bogotá, participó con la bióloga Patricia Torres como coinvestigadora y la Fundación Aroma Verde, de Guainía y Vaupés, con Fernando Carrillo como coinvestigador y enlace para el trabajo con la comunidad y los canales de comercialización.

“La comunidad quedó con un paquete tecnológico y con un proyecto sostenible en el tiempo. Estoy segura de que todo lo que se transfirió fue bueno. Nos sentimos orgullosos con nuestra labor cumplida no sólo como científicos sino como ciudadanos”, asegura Torres.

El sabor y el color de la miel dependen de la especie y de la flor que consume la abeja.

“Queremos apoyo del Estado para seguir con el emprendimiento y poder comercializarlo en todo el país. Hace poco me di cuenta de que, por la contaminación y por la fumigación, se están disminuyendo las abejas. En Caquetá y la Amazonia hay una deforestación grandísima desencadenada por la gente que trabaja la coca. Ellos están tumbando sin piedad. No estoy de acuerdo con esas prácticas porque apoyo mucho a mis abejas”, dice con seguridad Durante mientras camina por la selva en busca de una colmena original.

* Artículo posible por invitación del Mincomercio.

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Lucety Carreño Rojas - @LucetyC - [email protected] - Guainía*

Economía

La ruta de la miel de abejas sin aguijón

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