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Como en la infancia, cuando empezábamos a diferenciar la denominación de las monedas por los colores, tamaños y grabados, entre ellos rostros, árboles, escudos y figuras precolombinas, el miércoles iniciamos otra vez este reconocimiento. En esta ocasión un oso de anteojos, un frailejón, una guacamaya, una rana y una tortuga distinguirán a las nuevas monedas puestas en circulación por el Banco de la República.
Las denominaciones de $50 y $500 ya se distribuyeron en las entidades bancarias del país. En julio llegarán las de $100 y $200, y las últimas en salir para el intercambio serán las de $1.000, que aunque se habían dejado de fabricar hace unos años, vuelven para reemplazar gradualmente el billete de la misma denominación, el cual resulta más costoso de producir y saldrá de circulación el próximo año.
Las nuevas monedas se lanzaron con el objetivo de reducir los valores de producción en un 33% anual, además para evitar la falsificación y darle protagonismo a la biodiversidad nacional. “Quisimos reducir costos, aprovechar para pulir elementos de seguridad y recalcar la importancia del manejo racional y sostenible de nuestros recursos naturales”, dijo José Darío Uribe, gerente general del Banco de la República.
El proceso de fabricación
Para su fabricación se hicieron pruebas con diferentes tipos de metales. Imágenes multinivel, textos circunscritos, ondas internas, altos relieves e imágenes latentes conforman los diseños de estas propuestas, los cuales contaron con la participación de los artistas Johana Calle y José Antonio Suárez, elegidos por concurso.
La “nueva familia” de monedas del Banco de la República fue concebida en Ibagué. Allí se hizo la experimentación que, según Bernardo Duarte, director de la Fábrica de Moneda, “es un proceso complejo, porque requiere de la deformación de los metales, que se someten a altas temperaturas, y de la definición de los detalles de cada valor”.
El proceso empieza con la fundición de los metales, hasta que se obtienen cintas o porciones del material que pueden medir 20 milímetros de espesor. Estos son enrollados en una bobina (de casi una tonelada) que se conduce a la fase de laminación, en la que se adelgaza la cinta hasta obtener un espesor de 4 milímetros y con un último procedimiento se logra el grosor final.
El siguiente paso es el troquelado. En él se obtienen los discos con el diámetro preciso de cada moneda, y el material que sobra vuelve a los hornos de fundición. Luego se pasa al rebordeo, donde se define el borde característico del disco metálico, llamado caspel. En el caso de algunas monedas, como la de $1.000, hay un nivel adicional de producción: recortar los anillos que se ensamblan alrededor.
Todo el proceso de fabricación en serie está antecedido por la mezcla de los metales, la definición de las figuras, los moldes que surgieron a partir de la manipulación de los materiales a diferentes temperaturas y la experimentación con las texturas, en una fase especial de preparación de las nuevas representaciones de intercambio.
El precio de producción individual por cada denominación es imposible de determinar, porque depende de la variación del costo de los metales a nivel internacional; es decir, el valor nominal o facial es distinto al costo total de su producción, aclara Duarte.
Actualmente, las monedas que saldrán en los próximos meses se encuentran en la etapa de producción industrial.