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2 May 2021 - 2:00 a. m.

Más allá del déficit fiscal: de la tributaria a los verdaderos problemas económicos de la pandemia

El déficit fiscal ha sido vendido como una de las principales preocupaciones económicas en tiempos de pandemia. Pero esta es una visión muy reducida y ortodoxa para un tiempo que presenta desafíos más inmediatos y reales, como los problemas de empleo o la crisis sanitaria. ¿Es hora de pasar a segundo plano las preocupaciones fiscales?

Diego Guevara *

El déficit y las calificadoras pueden esperar más si el Ministerio de Hacienda utiliza su lobby para buscar acuerdos con los acreedores. / Getty Images
El déficit y las calificadoras pueden esperar más si el Ministerio de Hacienda utiliza su lobby para buscar acuerdos con los acreedores. / Getty Images
Foto: Getty Images - Paper Boat Creative

En palabras muy sencillas, un déficit fiscal se puede definir como la diferencia entre lo que se tiene y lo que realmente se necesita. Bajo esta perspectiva, la visión convencional de las finanzas públicas asociada con un marco de finanzas sanas suele limitar el gasto público para que esta distancia no supere niveles “inconvenientes”.

Sin embargo, estos niveles “inconvenientes” no son completamente neutrales y si bien bajos índices de déficit suelen ser señales favorables para los acreedores del país, también tienden a ser negativos para los derechos sociales y otros déficits reales, como el de empleo e infraestructura.

En este sentido, Abba Lerner, quien fue profesor en la Universidad de California en Berkeley en los años 60 del siglo XX, argumentaba que la prosperidad era mucho más importante que la obsesión de balance entre ingresos y gastos para el caso de un gobierno. La historia es diferente si se mira el balance entre ingresos y gastos de una familia donde, sin duda, la existencia de un déficit crea momentos difíciles, mayores niveles de endeudamiento y al final menores índices de calidad de vida. Esta es hoy la realidad de muchos hogares colombianos en los que la palabra ahorro es un sueño lejano: un informe de junio de 2020 del Observatorio fiscal de la Universidad Javeriana muestra que menos del 55 % de las familias en el país logran algún nivel de ahorro.

Pero en el caso agregado de la economía, la lógica es diferente y es fundamental impulsar el gasto, y así recuperar la demanda efectiva, siendo el déficit fiscal un problema menor que los déficits reales. No se puede olvidar que la macroeconomía funciona diferente de las micro y las falacias de agregación, desafortunadamente, han minado la economía hasta nuestros días.

Volviendo a la perspectiva de Lerner, aparecen las llamadas finanzas funcionales, donde se rompen los prejuicios sobre el déficit fiscal y lo que se entra a evaluar son los efectos del gasto sobre las condiciones económicas reales de las personas. Estos son los indicadores que realmente deberían importar, especialmente en medio de una pandemia que ha destrozado los cimientos sobre los que operaban las sociedades, incluyendo las verdades de a puño del establecimiento económico.

En esta perspectiva, entonces, la reforma tributaria no debería estar tan preocupada por el déficit fiscal, sino más bien por otros déficits como el de las condiciones materiales de vida de los colombianos y las deficiencias de empleo entre jóvenes y mujeres, por dar algunos ejemplos.

Las estadísticas en estos escenarios no son nada alentadoras. Por un lado, las cifras de pobreza del DANE, que revelaron esta semana que la pobreza monetaria se ubicó en el 42 % en 2020, son el reflejo de la fracción inferior de la clase media que es frágil y vulnerable, a pesar de que se pensaba que se había consolidado.

Por otro lado, en materia de desempleo juvenil (entre 14 y 28 años) los datos más recientes del DANE para el trimestre móvil entre enero y marzo de 2021 muestran una cifra del 23,9 %, es decir, aproximadamente uno de cada cuatro jóvenes en el país no tiene trabajo. El caso es más dramático si se mira por género, pues el desempleo juvenil femenino se encuentra alrededor del 31,3 % en el mismo período: en otras palabras, una de cada tres mujeres jóvenes no tiene empleo.

La conclusión es evidente: existe un déficit de empleo, especialmente en los jóvenes, que está lejos de resolverse solucionando el déficit fiscal con las propuestas actuales de la reforma tributaria.

En este sentido, desde las finanzas funcionales de Lerner, ¿no sería mejor solucionar primero estos déficits reales pasando a un segundo plano los déficits presupuestales? ¿Por ejemplo, si hay un programa de empleo garantizado para jóvenes no será mejor cobrar impuestos en un segundo momento?

En marzo de este año salió la versión en castellano del libro El mito del déficit”, de la profesora Stephanie Kelton, en el que en una perspectiva alternativa de la macroeconomía se plantea que los impuestos aparecen en un segundo momento, pues en un principio un Estado con moneda soberana tuvo que hacer un gasto “originario” de la nada para dar un impulso a la economía. Parece descabellado, pero tiene sentido, y una lectura detallada del primer capítulo de este texto puede cambiar su forma de ver las finanzas públicas, así no sea economista.

Para resumir la nuez del asunto que plantea la profesora Kelton, los impuestos aparecen es para regular la actividad económica, controlar la inflación, pero no para financiar el gasto que se haga en moneda propia. En esta perspectiva surgen preguntas incómodas: ¿qué fue primero, el gasto o los impuestos? ¿Cómo puedo pagar impuestos en un momento “cero” si no hay una emisión previa? Estas consideraciones reconocen implícitamente la naturaleza endógena del dinero (cada vez más aceptada) y la idea de que el dinero en principio es deuda.

Bajo esta perspectiva, el déficit termina siendo un mito para Kelton y la obsesión por el mismo tiene profundas consecuencias para los ciudadanos y sus condiciones de vida y derechos sociales.

Las ideas de Lerner y Kelton llevan a invertir la intuición económica, pero son sólidas y consistentes teóricamente, a pesar de que pueden enfrentar restricciones en economías periféricas abiertas cuando gran parte del gasto y la deuda son en moneda extranjera y existe una dimensión asociada a las jerarquías monetarias y financieras que condiciona las decisiones de gasto de los gobiernos, sobre todo en países emergentes.

Muchas de estas ideas que se enmarcan en lo que se conoce como la Teoría de la Moneda Moderna (MMT, por su sigla en inglés) son provocativas y discutibles, pero sin duda hacen un llamado a bajar del trono a la supremacía de la disciplina fiscal y mucho más en medio de la peor crisis en casi un siglo. Hoy los déficits que más importan son otros, y eso que no hablamos siquiera de los déficits en términos climáticos y de protección social, que cada vez son un mayor reto para el planeta.

La macroeconomía ortodoxa moderna dista de ser una ciencia pura y, más bien, se deben revalorar los preceptos de disciplina fiscal y austeridad, más aún cuando hay una obsesión por tapar un hueco fiscal sin que las condiciones reales de la economía den para ello. Hacer una reforma tributaria en la que más de la mitad del recaudo esperado va a ir hacia el pago del servicio de la deuda, cuando los faltantes básicos no han sido solucionados, está lejos de ser una ley solidaria y sostenible. Gran parte de las masivas movilizaciones del pasado 28 de abril hacen un llamado a ponerles atención a los otros déficits, a los que afectan la cotidianidad y la vida real.

Hay un top 0,01 % de los colombianos que quieren insistir en un modelo de crecimiento beneficioso para unos pocos y, en el fondo, defender su statu quo. Algo no está bien cuando en medio de una de las peores crisis de la historia un sector como el financiero tiene datos positivos de crecimiento de forma continua, mientras que el resto de renglones se desmoronan. Así, lo que se tiene es una economía trabajando para la banca y las finanzas, actores que con urgencia presionan la aprobación de la reforma y ponen a sonar los fantasmas de la pérdida del grado de inversión y las calificadoras en dimensiones apocalípticas.

Sin embargo, siempre hay alternativas, y más cuando el proyecto de ley tambalea hoy en el Legislativo.

En medio de la crisis del COVID-19 se logró suspender la regla fiscal por dos años para gastar cuando se necesita. Y tal vez el déficit y las calificadoras pueden esperar un poco más si el Ministerio de Hacienda, en vez de enfocar todas las energías para persuadir al país sobre la importancia de la reforma para los programas sociales, utiliza su lobby para buscar acuerdos con los acreedores que den tiempo y flexibilicen las lógicas que siguen poniendo a la disciplina fiscal en el Olimpo de la macroeconomía criolla, cuando en otras latitudes ya se discute si el equilibrio fiscal debe realmente ser la prioridad.

* Profesor de la Escuela de Economía de la Universidad Nacional de Colombia.

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