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Ella, Soraya Montoya, acababa de graduarse como médica de la Universidad Bolivariana de Medellín. Su primer trabajo en la capital, que en realidad era una responsabilidad académica, fue en el hospital del barrio Egipto, donde hizo su año rural. Esa sería la última vez que vestiría una bata. Nunca volvió a ejercer la medicina.
“La vida”, dice ella, la llevó a otros caminos y hoy la tiene como directora de la Fundación Saldarriaga Concha, aquella que trabaja por la inclusión de personas en condiciones de discapacidad y de los adultos mayores.
Dice que el dejar la medicina no es una frustración, aunque en los años de estudio soñara con ser oftalmóloga. “La formación como médica me ha servido mucho, a pensar sistemáticamente y a tomar decisiones”, asegura con su acento paisa que no le han quitado los años en Bogotá.
“Por cosas de la vida”, insiste, llegó a la Secretaría de Salud distrital a coordinar la creación de una oficina de cooperación internacional. Para ese momento ya había pasado unos años en EE.UU. estudiando literatura e historia latinoamericana. En ese país nació su único hijo: Andrés, hoy de 19 años y estudiante de economía, como su padre.
En la hoja de vida de Soraya Montoya están sus tres años como secretaria de Gobierno en la administración de Antanas Mockus, un trabajo de asesora en la Fundación Cardioinfantil, y desde 2006 la dirección en Saldarriaga Concha. “Mi filosofía es enamorarme de lo que hago y buscar trabajar con los mejores”, dice, siempre sonriente.
El impacto de la gestión social
Esta semana la Fundación Saldarriaga Concha lideró el foro “Gestión social de alto impacto: estrategias que transforman”. Una de las preguntas que se respondió en el encuentro fue ¿cómo las fundaciones y organizaciones no gubernamentales dedicadas a la gestión social pueden medir el impacto a largo plazo que generan en una sociedad, y no correr el riesgo de cubrir sólo situaciones de emergencia? Soraya Montoya, directora ejecutiva de la Fundación, tomó la vocería para asegurar que el papel de estas organizaciones no es suplir las necesidades que deja de cubrir el Estado, sino llegar a las comunidades, identificar las problemáticas y dejar allí “la capacidad instalada para que sea la comunidad la gestora de su propio desarrollo y no estén quietos, esperando nuestra ayuda”.