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Millonarios. Producen y gastan dinero más allá de lo imaginable. Lideran —lideraron— las listas de los más ricos del planeta. Invierten en aviones y en viajes y en belleza. Todos poderosos, todos magnates con un sueño frustrado. Un sueño que no pudieron comprar con su infinita fortuna.
Roman Abramovich. Rusia. Sueño: llegar a la cima del Kilimanjaro.
De pronto el hombre de 42 años empezó a sentir que el aire le faltaba. Estaba a sólo a 1.000 metros de alcanzar la cima del Kilimanjaro, la montaña más alta de África, con 5.895 metros. Entonces el magnate Roman Abramovich dio la orden de suspender la expedición. Dos guardaespaldas, más de cien acompañantes locales y seis amigos del millonario iniciaron el descenso. Un día, sólo un día más y el magnate ruso, propietario del Chelsea de Inglaterra, uno de los hombres más ricos del planeta, hubiera pisado la cúspide de este volcán enclavado solitario en la frontera de Kenia y Tanzania.
La noticia se conoció hace unas semanas. “Abramovich fracasa en su intento de subir al Kilimanjaro”, titularon los diarios de todo el mundo. “No nos dieron explicaciones sobre su decisión, pero existen informes de su equipo sobre el hecho de que encontraba dificultades de respiración”, dijo a AFP un oficial del Parque Nacional del Kilimanjaro.
Los mismo guías del parque dijeron después que la ruta que estaba recorriendo el magnate era conocida como Shira, situada en la cara oeste de la montaña. “La más compleja técnicamente, pero que posibilita adaptarse mejor a la altura”, aseguraron.
El magnate guardó silencio en ese momento. Lo guarda ahora. Pasaron sólo unos días para que su nombre volviera a inundar la prensa. Esta vez por cuenta de un dispositivo láser ‘antipaparazzi’ que le instaló a su yate “Eclipse”, el más caro del planeta con un precio de US$1.186 millones.
Jocelyn Wildenstein. Suiza. Sueño: lucir hermosa, como una felina, para recuperar a su esposo.
Los ojos son pequeños, rasgados y verdes, muy verdes. Ojos de felina. La boca enorme, la piel del rostro estirada, las cejas dibujadas y un mentón abultado. La llaman la Reina León o Lady Cat. Tiene 61 años y unas 30 cirugías estéticas. Su historia —de bisturíes y críticas por su rostro deformado— comenzó 31 años atrás, cuando contrajo matrimonio con Alec Wildenstein, heredero de la prestigiosa galería de arte Wildenstein & Company y una fortuna de US$10.000 millones.
En ese entonces ella era simplemente Jocelyn Wildenstein. Suiza, nacida en la ciudad de Lausana en una familia de clase baja. La rubia, la hermosa rubia que era en aquellos años, aprendió a pilotar avión y a cazar. Quería salir de su país y convertirse en una mujer con poder. Y así lo hizo.
1978. En una mansión lujosa de Las Vegas celebran su unión Jocelyn y Alec. Pasan pocos años para que nazcan sus dos hijos: Diane y Alec junior. Pasan 21 años para que se firme el divorcio. En la separación de bienes, el Tribunal Supremo de Nueva York estipula que a la mujer le corresponden US$200.000 mensuales, un castillo parisino y un finca africana. Además del apellido.
Ya en ese momento Jocelyn se había sometido a varias cirugías faciales. “Pensaba que podía arreglar su cara como si se tratase de un mueble. La piel no es igual que la madera, le advertí. Pero no escuchaba”, relataba Alec durante el divorcio. Cuando la separación estuvo legalizada, el hombre, apasionado por los felinos, se fue a vivir a África.
Ella se obsesionó con el quirófano. Decían que quería lucir como un gato para recuperar a su amor. Se operó una, dos, diez, veinte, treinta veces, según los expertos. Cuando le preguntaban por el número de intervenciones a las que se había sometido, Jocelyn se limitaba a responder: “Ni más ni menos que otras mujeres”. Defendía su aspecto asegurando: “si vieran las fotos de mi abuela verían estos ojos perfilados y estos mismos pómulos salientes”.
En algún momento se habló de una reconciliación de semanas, quizá de meses, pero finalmente el hombre no volvió. “Jamás seré feliz sin mi esposo”, sentenciaba ella. Alec murió en febrero del año pasado.
Howard Hughes. Estados Unidos. Sueño: pilotar el avión más grande de la historia.
1942. Segunda Guerra Mundial en plenitud. El gobierno de Estados Unidos le da la misión a Howard Hughes —aviador, ingeniero aeronáutico, productor de cine, empresario y millonario— de construir un avión enorme que pudiera transportar soldados y municiones para la guerra. Lo bautizan el H-4 Hércules. El magnate se empecina con la misión. Le dedica casi la vida completa a la construcción de aquel gigante que con el paso del tiempo parecía ser imposible.
Pasaron los años, pasó también la Segunda Guerra Mundial y el avión todavía seguía siendo un proyecto de 193 toneladas y 97,5 metros. La historia dice que cuando terminó la guerra sólo el 60% del H-4 estaba terminado. Surgió entonces un debate público porque Hughes estaba “despilfarrando el dinero del gobierno”. Ante la lluvia de críticas, que terminaron en una investigación judicial, el magnate aseguraba que si no lograba hacerlo volar, abandonaría el país para no volver nunca jamas. En 1947 el Comité de Investigación de la Guerra del Congreso lo absolvió. El sueño no murió en ese tribunal. Hughes invirtió más de US$7 millones en la culminación del Hércules.
2 de noviembre de 1947. Long Beach, California. Ante una gran multitud, con un copiloto, dos operadores de vuelo, 16 mecánicos, algunos periodistas en industriales a bordo, el H-4 Hércules despegó. Se elevó tan sólo 30 metros sobre el agua, durante una milla (1,6 kilómetros), alcanzando unos 130 km/h. Hughes estaba al mando. El “Ganso”, como llamaban al gigante, voló por primera y última vez aquel noviembre.
El aviador —como titularon una película inspirada en Hughes— conservó el aparato hasta su muerte en 1976. Le cambió los motores, le hizo todas las reparaciones posibles con la esperanza de poderlo volar otra vez, más alto.
Sir Richard Branson. Inglaterra. Sueño: dar la vuelta al mundo el globo.
27 de diciembre de 1998. En primera plana de la prensa europea está el millonario británico Sir Richard Branson junto un titular que reza “El fin de una aventura”. El hombre, fundador de la empresa Virgin Records y una de las 250 personas más ricas del mundo según la revista Forbes, está en un hospital de Miami. Su intento de darle la vuelta al mundo a bordo de un globo y sin escalas, terminó en un accidente contra las aguas del océano Pacífico, en una zona plagada de tiburones. “Los minutos más terroríficos de mi vida”, dijo Branson a El Mundo de España.
Branson, 59 años. Nunca asistió a la universidad. Desde niño lo aquejó la dislexia. Su marca Virgin —con más de 360 empresas que— fue fundada en un húmedo sótano del barrio londinense de Bayswater, en los 70. Su padre, Red, fue oficial de caballería y su madre, Eva, piloto y azafata. Por ella, Branson aprendió a volar.
En el hospital de Miami, Branson sólo hablaba de desilusiones. “Estábamos convencidos de que lo íbamos a conseguir, nos quedaban tan sólo unos pocos días para llegar”. Y decía también que se habían encontrado con “un muro de mal tiempo y nos fue imposible atravesarlo. Intentamos superarlo por arriba, tratamos de dejarnos llevar. Finalmente, decidimos que lo mejor era agujerearlo”.
Perdieron el control y el viento los llevó a unos 15 kilómetros al norte de Kahuku, en la isla hawaiana de Oahu. En la caída el globo rebotó más de 50 veces contra el mar. Un viernes, a las 7:30 p.m., 18.750 kilómetros después de haber despegado de Marraquech (Marruecos), el sueño acabó en las aguas del Pacífico, faltando sólo unos cinco días de viaje.