Hay $21.601 millones para filmes nacionales

No hay industria, pero se hace cine

A pesar de que el Fondo para el Desarrollo Cinematográfico mejoró las posibilidades de este sector en el país, aún hay varios problemas que impiden el crecimiento de la producción audiovisual.

La semana pasada se realizó el Bogotá Audiovisual Market (BAM), el mercado audiovisual más importante de Colombia. Istock

Entre querer hacer cine y hacer cine hay un camino largo y escabroso. Lo que divide ese trecho es simple: algunos de quienes quieren hacer cine poco saben o quieren saber de negocios y quienes saben de negocios poco saben o quieren saber sobre la industria audiovisual. Pero ese desencuentro es más complicado en el contexto colombiano, porque, por un lado, los proyectos audiovisuales se construyen a base de fondos, y, por otro, se juega con las reglas y exigencias de la industria audiovisual mundial. Eso para decir que en Colombia se hace cine, pero no hay industria.

Una industria implica una maquinaria que funciona. Como señala Magdalena La Rotta, vicepresidenta de Producto de Fox TV, una industria de cine es “Hollywood, Bollywood, o lo que hay en Brasil, pero aquí sería a una escala proporcional al país”. Y esto aún falta en Colombia. Lo que existen son esfuerzos individuales empujados por fondos, becas y estímulos público-privados que desde hace 14 años alivian un poco la asfixia económica del sector audiovisual. “Vos conseguiste $1.000 millones y te faltan otros $2.000 millones para hacer la película. Entonces te toca ir a buscar por todas partes, y vos no sabes quién es director, quién es ejecutivo. De esto, lo jodido es que no hay un camino de apoyo. Aquí como que vos vas descubriendo cómo te funciona”, dice Camilo Morales, de la productora Bourbon Mindshare Studios.

“Si hoy es difícil hacer cine, antes lo era mucho más”, cuenta Claudia Triana, directora de Proimágenes Colombia, que “fue en el 97 que se creó Proimágenes por una ley de cultura, que era divina, pero no tenía recursos: en un momento dado para el cine, en el Ministerio de Cultura sólo había $56 millones para invertir”. El Fondo para el Desarrollo Cinematográfico (FDC), que se creó gracias a la Ley 814 de 2003, más conocida como la Ley de Cine, fue el respiro que todos los cinematógrafos colombianos necesitaban. La iniciativa dispuso la creación de un banco a donde llega dinero de una cuota parafiscal -cuota para el desarrollo cinematográfico- que pagan exhibidores, distribuidores y productores por proyectar obras cinematográficas colombianas y extranjeras. El 70 % de los recaudos va para la producción y el resto para programas de formación, investigación, divulgación y gastos administrativos.

El problema acá es que sólo un pequeño porcentaje de quienes trabajan para el sector audiovisual logran -y tras años de lucha- sacar sus proyectos adelante. “Todavía a veces uno tiene un proyecto y dice: ¿dónde lo mando? Hay que tener en cuenta que los fondos sólo premian a uno, dos o tres, son limitados, y hay que buscar otras estrategias para la financiación, que son de los temas más duros”, coementa Ana Katalina Carmona, de la productora Tauma.

El FDC y los estímulos nacionales (como la convocatoria de estímulos 2016, el Programa Distrital de Estímulos para la Cultura de Bogotá o incentivos tributarios para que privados inviertan) e internacionales (Ibermedia o el Fondo Hubert Bals del Festival de Rotterdam) resuelven por momentos el estancamiento de muchos cineastas colombianos. El problema es que son alivios que no necesariamente se traducen en un negocio sostenible. Porque si financian una película y no le va bien en las salas, seguramente no tendrán dinero para futuras producciones. Cuando eso pasa, el ciclo de vida de las productoras y de muchos proyectos se atrofia. Y de nuevo toca recurrir a los fondos.

De fondo en fondo no se hace una empresa. Para el productor independiente Emilio Barriga, “el Fondo (FDC) es maravilloso, porque si eres seleccionado te dan absolutamente todo. Pero digamos que el cine a nivel mundial no es autosostenible cuando se hace a partir de fondos, porque no se convierte en una industria. Es muy difícil que la gente aquí haga películas y empiece a darles lo suficiente para pensar en hacer otras y en contratar gente. No digo que no pasa. Pasa, pero no es la norma. No es una industria todavía, y nos vamos a demorar un rato para eso”.

Este panorama genera un círculo vicioso: como no hay industria todo se hace a punta de fondos y estímulos. Quienes acceden a ellos se empapan del negocio audiovisual. A los demás les toca dar tumbos entre estrategias que pueden ser ineficaces. Como cuenta Barriga, “es una tocada de puertas. Hay gente que te dice: a mí me gusta un montón tu película, no te puedo dar dinero, pero te puedo editar o puedo ayudar a moverla. Pero esas buenas intenciones no siempre terminan en acciones”.

Para bien o para mal, el FDC es la puerta de salida principal para hacer cine en Colombia. “Creo que si usted quita todos los instrumentos del sistema de apoyo que hay para el cine, pues creo que jamás se harían películas. En Francia vienen haciendo cine desde hace un siglo y nosotros llevamos sólo 14 años de manera sistemática”, asegura Triana, de Proimágenes. La existencia de ese dinero hace que los cinematógrafos colombianos se lancen al agua con un poco más de fe en las posibilidades. Eso implica, por ejemplo, más seriedad, disciplina y profesionalización en los proyectos: lo que en negocios se llama competencia. No es raro, entonces, que en Bogotá y su región circundante el número de empresas de la industria cultural y creativa haya crecido en 2016 un 5,3 % con respecto al año anterior: se pasó de 7.796 a 8.206 empresas, según el registro mercantil de la Cámara de Comercio de Bogotá.

Pero como cualquier empresa, si no hay ventas, hay quiebra. Según Proimágenes, en 2016 el número de asistentes a películas colombianas creció un 39 % con respecto a 2015. Del total de los es trenos en ese año sólo el 13 % correspondió a producciones colombianas. Eso explica, por ejemplo, por qué del total de espectadores en 2016, el 7,7 % asistió a producciones nacionales mientras que el 92 % lo hizo a películas extranjeras. Este es un mal ya conocido entre los productores. “Estoy haciendo una película y tengo la sensación de que muchas personas se pueden conectar con esa historia. Sin embargo, estoy casi convencida de que va a ser difícil llevar gente a verla, porque es una película colombiana. Sólo por ser una película colombiana”, dice Catalina Arroyave, guionista y realizadora del Colectivo Audiovisual Rara.

La otra cara de la moneda que no muestran los números es el vacío al final de la cadena: distribución y difusión. “Lo que pasa es que todos los mecanismos no son perfectos”, asevera Claudia Triana sobre la distribución de los recursos para cine. Y en parte no lo es porque la mayor parte del dinero del FDC se dirige a la producción de obras. “El campo de acción en términos de recursos no es amplio para la promoción. Ahí hay un gran cuello de botella. Porque otro profesional tiene que coger, como en las carreras, y seguir el camino. Para eso son los distribuidores y los agentes de ventas. Pero en Colombia no hay muchos agentes de ventas y no hay distribuidores que estén tan interesados en las películas que estamos haciendo, que son de autor”.

En palabras de Magdalena La Rotta, de Fox, “una cosa es el cine minoritario de autor que va a muchos festivales de cine y otro el masivo. El único que ha sabido hablarles a las masas es Dago García, pero ha sido muy criticado”. Con críticas y todo, El paseo 4 es la película colombiana más vista en toda la historia, con 1’652.722 espectadores. “¿Qué es lo que no tiene audiencia masiva? El drama. Tome un drama francés, brasileño, argentino o norteamericano y verá que tiene el mismo desempeño en la taquilla nacional que uno colombiano. El tema es cuáles son las películas que tienen mayor audiencia en las taquillas del mundo: las películas familiares. ¿Cuántas películas colombianas se hacen para una audiencia familiar?: pocas”, agrega.

Las empresas que exhiben cine no lo hacen sólo para promover la cultura y el arte, sino también para ganar dinero, como cualquier otra empresa. Por eso, si La Mujer Maravilla mueve más público que La Mujer del Animal, por supuesto que la primera se queda en cartelera un rato más que la segunda. Esta no es una dinámica exclusivamente colombiana, sino mundial. El cine de autor no le llega a todo el mundo.

Sin embargo, en esa línea cinematográfica hay muchas aristas por explorar. Para Charles Tesson, director artístico de la Semana de la Crítica del Festival de Cannes, “en el cine colombiano sólo hay un tipo de cine que es muy artístico y contemplativo, como el de La tierra y la sombra o La Sirga. Ahí hay una diferencia con Alias María o las películas de guerra. Pero en el cine arte o cine de autor colombiano no hay mucha variedad. Hay algo allí que falta en Colombia, porque en el cine mexicano o argentino sí hay diferentes tipos dentro de las películas de autor o independientes. Quizá porque cintas como La Sirga fueron exitosas, entonces quieren hacer algo similar, para que funcione en los festivales. Entonces, el segundo paso para el cine colombiano sería hacer buenas comedias independientes, por ejemplo”.

“Definitivamente en Colombia hay una carencia de público ilustrado, pero creo que hay que darle tiempo a ese público para que se forme. Hay ejercicios muy interesantes: como que en ciertos días las películas son más baratas. O en los que obligan a poner un cortometraje desde antes. Hubo un incentivo con un festival en donde en las estaciones del metro de Medellín se proyectaban cosas y la gente se quedaba ahí”, cuenta Carmona, de la productora Tauma.

Los cineastas colombianos tienen las mismas salidas que sus homólogos del resto del mundo. Aunque el cine de autor no vende en la misma proporción que las películas de acción o comedia, estas son obras que no deben perderse. Primero, porque en los países en donde hay una industria de cine consolidada se encuentran espacios y audiencias para este tipo de producciones. Hay un ecosistema para que todos los relatos coexistan. “Hay que encontrar esos circuitos que están dispuestos a tener esas películas, rodearlas de contexto para que la gente quiera ir allí, como sucede en otros países”, concluye Triana. Y segundo, porque es necesario seguirnos contando, como sociedad, a través del arte.

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2017-07-22T21:00:12-05:00

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Sara Padilla

Economía

No hay industria, pero se hace cine

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