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¿Cuánto cree que valen esas flores de cinco pétalos que crecen solitarias en los tallos de la Catharanthus roseus, vinca rosea o viudita colombiana, como también se la conoce? ¿Y los enjambres de abejas y demás bichos que atormentan a quienes, armados de repelentes, se internan en el campo? ¿Cuánto podrían costar los frailejones y el manto vegetal que cubre una reserva natural como la del páramo de Chingaza?
En el primer caso, no se debe olvidar que entre la década de los cincuenta y los sesenta, la compañía Eli Lilly encontró que los alcaloides de esa planta que adorna los jardines más humildes bloqueaba la proliferación de células tumorales. Millones de dólares entraron a las arcas de la industria farmacéutica por cuenta de la vincristina y la vinblastina, dos medicamentos que ayudaron a que los promedios de remisión de leucemias en niños se elevaran por encima del 90%.
En cuanto a las abejas y demás insectos polinizadores, se calcula que le ahorran a la industria agrícola mundial unos 190 mil millones de dólares anuales por hacer de manera gratuita una tarea que exigiría contratar millares de personas. Y en el caso del páramo de Chingaza, de él depende el 80% del agua que consumen siete millones de bogotanos. ¿Cuánto valen, entonces, la viudita colombiana, las abejas y Chingaza? ¿Cómo poner un precio al capital natural, si es que necesitan un precio, para evitar su degradación?
Hacia una economía verde
“A lo largo de los dos últimos años, la idea de una economía verde ha abandonado el reducto especializado de la economía ambiental para penetrar en el discurso político dominante. Cada vez con mayor frecuencia, este concepto forma parte del vocabulario de jefes de Estado y ministros, aparece en los comunicados del G20 y se debate en el contexto del desarrollo sostenible”, apunta el informe que este año presentó el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma), titulado Hacia una economía verde.
El Pnuma considera que una economía verde debe mejorar el bienestar humano y la equidad social, a la vez que reducir significativamente los riesgos ambientales y las escaseces ecológicas.
Para Alberto Galán, director de Patrimonio Natural, el punto de partida es sencillo: “la economía tradicional no ha sido acertada. Ha fracasado a la hora de valorar los recursos naturales”. Y precisa que “los mercados, sus analistas y los gobiernos no han sabido integrar a los precios y a los impuestos los costos de la degradación de la naturaleza, ni la variedad de beneficios que ella aporta”. Un ejemplo de ello es el cambio climático. Durante un siglo se olvidó el valor de la biosfera, del aire que respiramos y la importancia del equilibrio en los gases atmosféricos. Construimos una economía basada en combustibles fósiles y el resultado de ese error de cálculo lo llamamos cambio climático, hoy por hoy la mayor amenaza sobre la especie humana y la biodiversidad.
¿Cuánto vale?
“La relación entre economía y medio ambiente está mediada por el desafío de asignar un valor a los recursos naturales que, como cualquier otro activo, generan beneficios para la sociedad”, apunta el economista Guillermo Rudas. Un primer obstáculo para lograr una mayor armonía en este sentido es que existe un gran vacío de información.
Pese a esto, según Rudas, han ido tomando cuerpo algunos enfoques interesantes sobre la valoración de la naturaleza. Uno de ellos es contrastar el valor de proteger un ecosistema con el costo del daño que genera su pérdida. Los ejemplos los tenemos a la vista los colombianos. Con unas inversiones razonables para proteger las cuencas hidrográficas del país, hoy no estaríamos pensando en invertir más de 10 billones de pesos para reconstruir los daños provocados por la ola invernal.
“Ahí tenemos una perfecta relación: costo de conservar versus costo de no conservar”, explica Rudas. Otro enfoque es asignar un valor por encima de cualquier beneficio monetario. Los parques naturales como Chingaza, el Tayrona o el de la Serranía del Chiribiquete son ejemplos de ello. “No es necesaria una valoración de costos comparada con oleoductos, el oro que se pueda encontrar en ellos o la posible construcción de hidroeléctricas. Sencillamente, cualquier cosa que implique destruir el parque vale menos que el parque”, explica Rudas.
Mercados de carbono, sistemas de compensación por explotación de recursos naturales, impuestos verdes, la lista de esquemas económicos que nacen para corregir los errores del pasado es diversa.
Pero ¿qué cambios se deben dar para favorecer estas economías en armonía con la naturaleza? Juan Carlos Ramírez, director de la oficina de la Cepal en Colombia, cree que el primer paso es que existan instituciones especializadas. “Es importante que alguien esté a cargo de estos temas. Antes no lo había. Ahora sí. Sin embargo, se necesitan algunos ajustes de tipo político”, dice.
Además de lograr una mayor cooperación entre distintos sectores políticos y económicos, para Ramírez la clave es que, si se quiere lograr un desarrollo sostenible, los colombianos logren mayores conciencia y convencimiento de la importancia de seguir por este camino.