Para este punto es fácil sentirse perdido con los movimientos arancelarios de Donald Trump. Las últimas semanas han producido titulares sobre esta materia como para llenar meses de cobertura noticiosa en tiempos normales. Pero no son tiempos normales.
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Luis de Guindos, vicepresidente del Banco Central Europeo (BCE), lo puso de esta forma en una entrevista reciente con un diario británico: “Parece que todos los días se impone un nuevo impuesto, o se retira un impuesto anunciado”. Y añadió: “una guerra comercial sería una situación de ‘perder-perder’ para todos”.
Desde prácticamente todas las esquinas que no sean la administración Trump se ha dicho que imponer aranceles a diestra y siniestra es una mala idea en términos de inflación y, de fondo, es una mala jugada para el crecimiento económico (de Estados Unidos y del mundo).
Entonces, ¿por qué la obsesión de Trump con este tema?
¿Para qué sirvieron los aranceles en el pasado?
Primero lo básico, ¿qué está en vigor en materia arancelaria? Lo principal, o al menos lo de mayor alcance, pues cobija a todo tipo de países, son los cargos extra para las exportaciones de acero y aluminio que entran a EE.UU. (un 25 % más sobre lo que ya existía).
Además de esto, hay una serie de categorías, tan amplia como variada, de productos chinos que también están gravados con mayores aranceles.
Y también medidas contra Canadá y México en mercancías que están por fuera del T-MEC (el tratado de libre comercio entre los tres países). En abril, de paso, Trump dijo que podría volver a incluir los productos del tratado en la lista de aranceles.
Con esto en mente, también vale la pena decir que lo que Trump está haciendo y quiere hacer de cierta forma ya lo ha hecho: en su primer mandato empezó una guerra comercial con China, así como también impuso aranceles al acero y aluminio bajo pretextos de seguridad nacional.
Su predecesor, Joe Biden, intensificó las restricciones comerciales en categorías como los microprocesadores y otros componentes de alta tecnología, pero concentrando el espectro de esto a China, especialmente.
De fondo, la promesa de Trump del eslogan MAGA es devolverle a Estados Unidos un lugar más preponderante en temas como industria pesada y, en general, manufactura. Esto en contravía de las décadas de liderazgo que tiene China en esta materia, así como otros jugadores importantes en diversos terrenos, como Taiwán, que lidera la fabricación de procesadores y alta tecnología.
La doctrina Trump busca reclamar a EE.UU. como la base de fabricación de cientos de productos, así como revitalizar los sectores de aluminio y acero, críticos para industrias pesadas como vehículos y construcción, entre varias otras.
Pero la cosa es que, tomando la propia historia “trumpiana”, esto es más fácil decirlo que terminar por hacerlo en la escala de la ambición de la Casa Blanca actual.
En 2018 se experimentó una subida en los precios globales del acero y aluminio para cuando Trump impuso los aranceles (25 % para el primer metal y 10 % para el segundo). Si bien este movimiento al alza ya venía unos meses atrás, se intensificó con la entrada en efecto de las nuevas tarifas.
El alza para el precio del acero estadounidense fue de 5 % en el primer mes de los aranceles y de 10 % para el aluminio fabricado en ese país.
Para 2019, según datos oficiales de EE.UU. los precios de ambos metales comenzaron a bajar, aunque los locales se mantuvieron por encima del promedio global. Vale aclarar acá que, para mediados de ese año, los aranceles que aplicaban para México y Canadá en estos productos fueron levantados. La razón, ya la veremos.
Entonces, en el primer punto hay un argumento a favor de la lógica Trump, si se quiere: la producción local subió de precio y mantuvo un margen competitivo frente a la global, aunque sea por un tiempo, pues la pandemia estaba a la vuelta de la esquina y ese fenómeno trastocó todo, como bien sabemos.
Pero como nada es blanco o negro, sino que suele ser gris, el alza en estos metales tuvo efectos negativos en una multitud de industrias, tanto locales, como extranjeras. Y, combinado con la crisis por el covid-19, llevaría a precios insostenibles en los próximos años, algo que terminaría por golpear aún más industrias y, al final de la cadena, a los consumidores.
Los aranceles, como otras cosas en la economía, no suceden en un vacío, en una burbuja aislada de otros factores. La cosa es más como una mesa de billar: son una bola que pega a muchas otras.
Y lo que pasó con el acero y el aluminio fue un poco eso: una dura escalada de precios que no pudo ser contenida por aumentos en la producción local para, así, ajustar el sistema y poder ofrecer materias primas a costos razonables. Vale aclarar que la producción de estos metales sí se incrementó durante el periodo de aplicación de los aranceles, pero nunca llegó a los niveles esperados o prometidos por la sencilla razón de que eso no es como soplar botellas, como reza un dicho popular.
Instalar nuevas fábricas, o ampliar capacidad, es un proyecto de mediano y largo aliento, que requiere enormes cantidades de capital. Y las inversiones no son las mejores amigas de la turbulencia diplomática, y económica, que introducen los cambios unilaterales en aranceles hechos a la Trump.
De hecho, los datos permiten ver que los costos de producción en sectores como transporte, construcción y manufactura tocaron su pico incluso cuando las medidas contra el acero y el aluminio mexicano y canadiense ya habían sido levantadas (claro, esto estuvo ayudado por la entrada de la pandemia también, para ser justos).
El peso de los aranceles sobre el mercado laboral
Para 2019, un informe de la Reserva Federal estimó que los costos sobre las industrias que se alimentan del acero y aluminio, como las que ya hemos mencionado, implicaron una baja en contrataciones que no se habría dado si no se hubiera impuesto aranceles.
Así mismo, el documento del banco central de EE.UU. estimó que los costos de los productos de estas industrias también sufrieron un incremento, vinculado a los aranceles, de cara al consumidor final.
Estos precios seguirían subiendo en la medida en la que el mundo entró en la crisis de la pandemia, que vino seguida de una explosión en consumo que trajo problemas en las cadenas logísticas y una ola inflacionaria, cuyos efectos se siguen combatiendo hasta hoy, incluyendo países como Estados Unidos.
Por otra parte, los datos oficiales muestran que sí hubo un repunte en las contrataciones vinculadas a la producción de acero y aluminio en ese país, pero los incrementos (de 6 % y 5 % entre 2017 y 2019, respectivamente, según información de Reuters) no se pudieron sostener en el tiempo.
En otras palabras: pañitos de agua tibia frente a daños colaterales que sí se mantuvieron en el tiempo y que ayudaron a empeorar un panorama de por sí complejo.
¿Quiénes pierden más con los aranceles actuales?
Estados Unidos importa aproximadamente la mitad del acero y el aluminio que utiliza en industrias tan diversas como la automotriz, la aeronáutica, la petroquímica y productos básicos de consumo como las de conservas.
Más allá de los daños locales, con sus consecuentes impactos potenciales en inflación, el principal perdedor en el caso del aluminio es Canadá, que provee la mitad del que demanda en compras internacionales el mercado de Estados Unidos.
Los otros perdedores en este metal son Emiratos Árabes Unidos, Corea del Sur, Baréin y China, que representan cada uno entre 3 % y 6 % de las importaciones, según datos compilados por la agencia AFP.
En el caso del acero, el nombre de Canadá vuelve a saltar al ruedo, al proveer 20 % del acero en Estados Unidos. Brasil (17 % de las importaciones), India, Argentina y México (10 %) también son proveedores importantes de este mercado, aunque en menor medida, pero “aún así podrían sufrir interrupciones en la cadena de suministro a medida que los compradores ajusten sus estrategias de abastecimiento”, advierte la consultora EY-Parthenon.
En el sector del acero, Brasil (17% de las importaciones) y México (10%) serán los más afectados, después de Canadá. Le siguen Corea del Sur, Alemania y Japón.
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