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Por una nueva política industrial

Esta no debe considerar aspectos de carácter sectorial, sino medidas de tipo monetario, fiscal y regulatorio que estén a favor de manufacturas y agro competitivos internacionalmente.

César Ferrari*
17 de mayo de 2014 - 09:00 p. m.
 Una nueva política para la industria debe estar alejada del proteccionismo, para así hacer más competitivos a sectores como el automotriz. / Óscar Pérez
Una nueva política para la industria debe estar alejada del proteccionismo, para así hacer más competitivos a sectores como el automotriz. / Óscar Pérez
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Voces diversas vienen reclamando una política industrial. La crisis agropecuaria manifestada, a partir de dos paros agrarios y los pobres resultados de las manufacturas en 2012 (-1,1% de crecimiento anual) y 2013 (-1,2%), por debajo del crecimiento del total de la economía (4,0 y 4,3%, respectivamente), parecen justificarlo.

Para algunos adoptar una nueva política industrial sería volver a la sustitución de importaciones, a la protección de la producción nacional y al cierre de los mercados domésticos. Resultaría desacertado, pues induciría ineficiencia y atraso tecnológico.

En ese contexto varios sectores (como confecciones, calzado, arroz) han logrado bloquear ciertas importaciones competitivas o elevar los aranceles. Otros han conseguido que el Gobierno les otorgue subsidios. No es claro si dichas medidas, aparentemente inconexas y no necesariamente sustentables a largo plazo, son un atisbo de política industrial.

Sí es claro que resulta inconsecuente imponer restricciones a la competencia internacional y firmar tratados de libre comercio, o basar el apoyo estatal en subsidios. Tampoco resulta sensato reducir a una mínima expresión manufacturas y agricultura, las grandes generadoras de empleo.

De tal manera, se requiere una nueva política industrial no proteccionista que tenga como objetivo volver a las manufacturas y a la agricultura competitivas internacionalmente, para que puedan vender más allá de mercados domésticos reducidos y extender dicha competencia internacional a sectores como los que operan en los mercados de crédito y de comunicaciones.

Es decir, se requiere una nueva política que eleve los precios domésticos de los bienes y servicios que producen y venden dichos sectores y que reduzca el costo de producirlos.

La mayor parte de los aspectos que debe considerar esa política no son de carácter sectorial. Las medidas deben ser monetarias, fiscales y regulatorias. Ellas son las que pueden resolver las trabas fundamentales que reducen la competitividad sectorial: tasa de interés crediticia elevada, tasa de cambio revaluada e infraestructura inadecuada.

Según el Banco Mundial, en 2012 la tasa de interés preferencial real en Colombia fue de 9,8%, mientras que en China de 4,1%. Las tasas elevadas no sólo reducen la competitividad de las empresas, pues aumentan sus costos. Reducen también las oportunidades de inversión: cuanto más alta, más elevada debe ser la rentabilidad de las inversiones para poder pagar la primera.

Las tasas de interés elevadas tienen un efecto perverso adicional: inducen a las empresas con acceso a los mercados externos a financiarse internacionalmente a tasas más baratas. Ello genera un flujo de divisas que contribuye a revaluar la tasa de cambio. Según el Banco de la República, en 2013 el endeudamiento privado en Colombia fue de US$19.816,5 millones y las exportaciones petroleras de US$22.568,6 millones.

Tal vez la razón más importante que explica por qué las tasas de interés en Colombia son tan elevadas es que los mercados de crédito funcionan con un grado elevado de concentración y en competencia monopolística. Asimismo, dice que el mercado que más se acerca a una “estructura monopolística o colusiva tipo cartel” es la de consumo. La solución requiere, entonces, medidas regulatorias que incentiven la competencia.

Las tasas elevadas tienen que ver también con una masa monetaria reducida: con menores recursos los agentes depositan menos en los bancos y, así, éstos tienen menos recursos para prestar, lo que eleva la tasa de interés. En 2012, según el Banco Mundial, la masa monetaria (M2) en Colombia representaba 42,9% del PIB; en Chile, 77,3%, y en China, 187,6%. Ello sugiere la necesidad de una política monetaria más expansiva.

Por su parte, de acuerdo con el Índice Big Mac publicado por The Economist, en enero de 2014 la ventaja cambiaria de la moneda china respecto a la colombiana era de 34,5 puntos porcentuales. Algunos argumentan que esa revaluación debe aceptarse, pues refleja buenos precios internacionales y la fortaleza de la economía.

No obstante, dichos precios son inestables generando trastornos en los flujos de inversión y de crecimiento. Es dudosa la fortaleza de una economía que es incapaz de proveer ocupación adecuada a casi 40% de la población (aproximadamente 9-10% en desempleo abierto y 30% subempleada). Además, esa revaluación refleja, en gran medida, la ineficiencia que existe en los mercados de crédito.

Los países más exitosos, como China y Noruega, manejan sus excesos de divisas para evitar la revaluación de sus monedas. Los chinos acumulan reservas internacionales en su banco central (US$3,3 millones de millones a finales de 2013); los noruegos dejan en el exterior, en un fondo estatal “de pensiones” (US$813,2 mil millones al 30 septiembre 2013), gran parte de lo que reciben de la explotación petrolera.

Por su parte, la mayor productividad o eficiencia está asociada con una tecnología más moderna para producir más con menos factores e insumos. Ello implica mayor capitalización y mayor conocimiento para utilizar las nuevas máquinas. Algunas veces las mejoras en productividad se logran mediante mejoras administrativas. Pero, tarde o temprano, cualquier mejora adicional requiere inversión.

La productividad refleja también la situación de la infraestructura.

Según el Foro Económico Mundial, sobre 148 países, Colombia ocupa el puesto 117 en infraestructura (transporte, energía y comunicaciones); China el puesto 74. Un productor agrícola que para sacar su producción al mercado emplea carretas y circula por trochas no sólo acaba produciendo menos, sino que sus productos acaban costando más. Si se invierte para resolver ambos problemas, aumentará su productividad y se reducirán sus costos. Esto reclama más inversiones públicas.

* Ph.D. Profesor de la Pontificia Universidad Javeriana.

Por César Ferrari*

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