En 1999 se registró el peor descalabro del PIB

¿Qué historias cuentan los fantasmas de las crisis pasadas?

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La economía colombiana ha sobrevivido a por lo menos dos grandes descalabros: la Gran Depresión de 1929 y la recesión de 1999. Aunque ambos momentos muestran diferencias frente al escenario del COVID-19, vale la pena mirar hacia el pasado para intentar entender el camino futuro.

La incertidumbre sigue carcomiendo los cimientos de la economía mundial por cuenta del COVID-19, al punto que no se sabe si hay que apagar y prender o resetear.

En 2019, la economía colombiana registró un saludable 3,3 % de expansión en su PIB. Para el primer trimestre de este año, se mantuvo débilmente en terreno positivo, con un 1,1 %, que ya muestra efectos serios de la pandemia.

Históricamente, dos momentos han dejado hondas heridas en el aparato productivo nacional: la Depresión de 1929, que no es de nuestra cosecha, y la recesión de 1999, que sí es de cultivo propio. Los posibles resultados de la crisis económica que vienen con el COVID-19 no se pueden entrever del todo aún. Una mirada hacia el pasado puede aclarar en algo el panorama futuro.

Por efecto de la Gran Depresión, Colombia experimentó una fuerte contracción monetaria y deflación, aunque los efectos reales no fueron tan duros como en otros países de América Latina, sostiene Fabio Sánchez, del Departamento de Economía de Rutgers University-New Brunswick. El PIB real de Colombia solo cayó 2,4 % entre 1929-1931, mientras que el de Argentina experimentó un descenso del 14 %; el de Chile, 27 %, y el de México, 16 %, anota Sánchez.

Alejandro Useche, profesor asociado de la Universidad del Rosario y presidente del Comité Académico del Autorregulador del Mercado de Valores (AMV), recuerda que en 1929 “la economía de Colombia tuvo un impacto fuerte en su demanda, en su producción y en su actividad internacional”. Pero como la nuestra era más bien una economía aislada, “el impacto de esta gran depresión mundial fue relativamente menor en el caso colombiano”, dice.

Useche recuerda que tras la Gran Depresión, “se imponen las políticas de intervención principalmente a raíz de las ideas keynesianas en Europa, que implicaron un fuerte aumento del gasto público para fomentar la demanda efectiva de los mercados”.

José Antonio Ocampo, excodirector del Banco de la República y exministro de Hacienda, menciona que, además de la Gran Depresión y la recesión de 1999, otro gran golpe en la economía colombiana incluye la caída de los precios del café a mediados de 1950.

En tiempos modernos, la gran crisis que muchos recuerdan es la de 1999. En ese año la economía nacional se contrajo 4,2 %, con grandes males en el sistema financiero colombiano, que terminaron por causar uno de los peores desequilibrios en el sector hipotecario, lo que a su vez llevó a la quiebra a miles de deudores. Cálculos de ANIF dan cuenta de que la crisis de las hipotecas se tradujo en pérdidas de casi dos puntos en el PIB.

“Aquella fue primordialmente una crisis del sistema financiero y de la confianza pública en el sistema de pagos”, sostiene Juan Camilo Restrepo, quien estuvo al frente del Ministerio de Hacienda entre 1998 y 2000, en plena recesión. “Esta de ahora es más bien una crisis de la salud y de la economía real, principalmente en el empleo”, señala.

Según Useche, la de 1999 se considera “la peor crisis económica de nuestra historia”. Recuerda que “a mitad del año 1999 el PIB llegó a reducirse en 6,5 %”. Además, señala que “fue la primera vez en la historia económica de Colombia que se registra una reducción del PIB en un año completo”.

Entonces, “la principal preocupación de entonces fue proteger a los ahorradores y usuarios del sistema financiero, pues hay que recordar que cuando una entidad hay que intervenirla para liquidación por insolvencia o por cesación de pagos nueve de cada 10 pesos que se van a una liquidación los pierde el ahorrador o cuentacorrentista. Ese objetivo se logró”, sostiene Juan Camilo Restrepo. “La crisis bancaria generalizada se evitó y así se logró que la estantería no cayera sobre los hombros de los 15 millones de usuarios, perdiendo sus ahorros”, argumenta.

Para Juan Carlos Echeverry, exministro de Hacienda, “las medidas que funcionaron en 1999 fueron las obvias: gastar menos, cobrar más impuestos, conseguir deuda internacional con el apoyo del FMI, reformar el crédito hipotecario, transferir a los deudores de vivienda un 1 % del PIB ordenado por la Corte Constitucional, reformar las transferencias de educación y salud, creando el Sistema General de Participaciones. Crear Familias, Jóvenes y Empleo en Acción para ayudar a los grupos más vulnerables, corregir las crisis en el Upac y el sector solidario, reformar pensiones y condiciones laborales, entre otras”.

Ocampo argumenta que la de 1999 fue una dificultad macroeconómica propia, pero agudizaba por la crisis asiática que fue una mezcla de dos cosas: un cierre del financiamiento externo y la forma como se manejó internamente. “Yo creo que fue un error no haber soltado la tasa de cambio antes y haber tratado de frenar los problemas de la tasa de cambio subiendo la tasa de interés”.

Costos por la pandemia

Diversos centros de pensamiento económico, entre ellos Fedesarrollo, han empezado a calcular los costos de las medidas para mitigar el avance del COVID-19.

El estudio “Impacto económico regional del COVID-19 en Colombia”, reseñado en la página web del Banco de la República, muestra que el impacto económico regional y sectorial de las medidas de aislamiento tomadas por el Gobierno podrían dejar pérdidas económicas, “que varían entre $4,6 billones y $59 billones por mes (…) que representan entre 0,5 y 6,1 % del PIB nacional”.

Según el documento, la rama económica de servicios aparece como la más afectada, destacándose alojamiento y servicios de comida, actividad inmobiliaria, actividades administrativas, profesionales y técnicas, lo mismo que la construcción y comercio. Considera que Antioquia, Boyacá, San Andrés, Santander y Valle del Cauca “aparecen como los más vulnerables a estas medidas”.

La crisis actual es tan rara, que requiere gastar más y no menos, señala Echeverry. “Pero se incurrirá en costos fiscales que se deberán pagar en el futuro. La profundidad y la duración de la actual depende de asuntos epidemiológicos y médicos; las medidas económicas son de mitigación. Pero si no lo hacemos bien podemos perder masivamente tejid

o empresarial, empleos y calidad de vida”.

Concluye Juan Camilo Restrepo que “ahora la gran prioridad es, de una parte, el tema de la salud pública: cómo controlar de la mejor manera posible el coronavirus y cómo evitar que un confinamiento generalizado acabe destruyendo el empleo y la producción”. Y destaca que “la crisis actual afortunadamente no ha afectado hasta el momento la confianza pública en el sector financiero ni en el sistema de pagos; no ha habido corridas de depósitos ni pánicos de ahorradores, ni corralitos a lo Argentina. Ojalá no caigamos allá”.

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