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¿Se acabó la era de explotación de los trabajadores asiáticos?

La Organización Internacional del Trabajo reveló que más de 6 millones de empleados de esta zona están amenazados por la automatización.

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05 de septiembre de 2016 - 04:02 p. m.
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Durante 30 años, el término “sweatshop” evocó una imagen muy específica: trabajadores asiáticos con salarios bajos que confeccionaban ropa de marca para consumidores extranjeros en fábricas abarrotadas e inseguras. La fuerza de esa imagen lanzó campañas de derechos humanos, modificó la forma en la que las empresas obtienen sus productos e influyó (muchas veces equivocadamente) en la manera en la que los políticos de los países ricos modelan sus políticas comerciales.

Ahora esa imagen está convirtiéndose en historia. En Asia, por lo menos, los factores que transformaron a los talleres donde se explotaba a los trabajadores, en parte indelebles, de la industrialización están empezando a dar paso a la tecnología.

Un informe reciente de la Organización Internacional del Trabajo reveló que más de dos tercios, de los 9,2 millones puestos de trabajo de la industria textil y del calzado del sudeste asiático, están amenazados por la automatización.  Entre ellos el 88% de los de Camboya, el 86% de los de Vietnam y el 64% de los de Indonesia. Se puede discutir si será bueno para los trabajadores en general. Pero algo es seguro: el apogeo de los talleres que operaban en condiciones de explotación en Asia está llegando a su fin.

En ningún sitio ese cambio se ve con más claridad que en Camboya. Desde mediados de los noventa, los fabricantes globales trasladaron su producción al país para aprovechar sus salarios bajos, sus normas laxas y su gran población rural ávida de empleos asalariados en la ciudad. El resultado fue un boom: para 2015, las exportaciones textiles y de calzado se habían transformado en una industria de US$6.300 millones. Ahora representan cerca del 80% de los ingresos de Camboya por exportaciones.

En las mejores condiciones, los empleos de la industria textil y del calzado son monótonos e incómodos (como sucede desde la era victoriana). En las peores, pueden ser degradantes y mortales. De todas formas, los 630.000 trabajadores textiles y del calzado han prosperado. De 2014 a 2015, su salario promedio subió de US$145 a US$175 por mes, en un país donde el ingreso per cápita es de unos US$1.000 al año. Esa tendencia se repitió en toda Asia, especialmente en los grandes centros de fabricación de prendas de China y Vietnam.

Es en este punto donde la cosa se pone peliaguda. La mayor competencia de economías con salarios bajos disminuyó los precios de las prendas en todo el mundo. El costo promedio de la indumentaria exportada desde Camboya a Estados Unidos cayó 24% entre 2006 y 2015. Para un fabricante, eso sería difícil de digerir si los salarios se mantuvieran estáticos; si suben, la situación amenaza con transformarse en una crisis.

Como resultado, algunas fábricas simplemente bajaron la persiana. Algunos productores chinos se mudaron al sudeste asiático, donde esperaban que persistiesen los buenos tiempos de salarios bajos. Pero no fue así. Eso les deja dos opciones: negociar mejores precios con Nike, H&M y otras compañías que tercerizan su producción en Asia (improbable) o elevar la productividad.

Con poco poder frente a las marcas, los fabricantes asiáticos de prendas buscaron la segunda opción, sobre todo invirtiendo en la automatización, el principal motor de la productividad.

De las nuevas tecnologías que están aplicando, quizás la más común sean las máquinas que automatizan el proceso tedioso de cortar tejidos, una tarea fundamental en toda fábrica de prendas. El tiempo estimado para recuperar los gastos de esa tecnología —18 meses— garantiza que los trabajadores de salarios bajos que cortan tejidos a mano tengan los días contados. Adidas Indonesia quiere reducir la proporción de trabajo manual en su proceso de corte a 30%. En Camboya, Hung Wah Garment Manufacturing directamente eliminó el corte manual.

Y este es tan sólo el comienzo. La impresión 3D y otras nuevas tecnologías deberían permitir a los fabricantes cumplir las especificaciones de los clientes con una calidad sin parangón, a velocidades antes inimaginables en los talleres precarios y muchos menos costos de mano de obra humana. Lo que es todavía peor, por lo menos para los trabajadores asiáticos, es que las empresas occidentales pueden repatriar esas mismas tecnologías adaptadas al gusto del cliente y cerrar todas sus fábricas en el exterior.

La buena noticia es que los trabajadores fabriles asiáticos, que están ascendiendo socialmente, se están transformando en consumidores, especialmente en China, y deberían disponer de más dinero para gastar en zapatos y ropa en los años venideros. La mala noticia es que no hay una forma obvia de absorber a los trabajadores menos afortunados que perderán sus empleos por la automatización. No hay motivos para lamentar la muerte de los talleres que operan en condiciones de explotación. Pero es preocupante que Asia todavía no les haya encontrado un buen sustituto.

Por Bloomberg

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