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El país cerró 2025 con 302.000 niños, niñas y adolescentes trabajando. Son 9.000 menos que un año atrás, según el más reciente informe del DANE. La tasa bajó de 2,9 % a 2,8 %.
El dato parece una mejora. Se queda corto.
En las ciudades, el movimiento fue al revés. La tasa subió de 1,7 % a 1,8 % y el número de menores ocupados creció en 9.000. En el campo cayó con fuerza: de 6 % a 5,2 %, 18.000 menos.
La reducción nacional se explica más por lo rural que por un cambio estructural en el mercado laboral infantil.
La población entre 5 y 17 años suma 10,9 millones en un país de 52,2 millones. Siete de cada diez viven en cabeceras. Tres de cada diez, en centros poblados y rural disperso.
Aun así, el trabajo infantil sigue más concentrado fuera de ellas: uno de cada veinte en zonas rurales, uno de cada cincuenta en cabeceras.
Y se concentra en una edad específica.
El 80,3 % de quienes trabajan tiene entre 15 y 17 años. En ese grupo, la tasa llegó a 9,6 %, por encima del 8,7 % del año previo.
Entre los más pequeños, de 5 a 14 años, bajó a 0,7 %. La foto cambia según dónde se mire: menos niños trabajando, más adolescentes entrando a sostener ingresos.
En Colombia, el trabajo adolescente es legal desde los 15 años, pero no libre. Para obtener la autorización de trabajo de adolescentes y excepcionalmente de niños o niñas, los padres, el representante legal o el defensor de familia, de manera conjunta con el empleador del menor, deberán solicitar el permiso ante el inspector del trabajo, de acuerdo con el Ministerio de Justicia.
Debe garantizar que no interfiera con la educación y salud y tiene límites de jornada: máximo 30 horas semanales entre los 15 y 17 años, con restricciones más fuertes en horarios nocturnos y actividades consideradas peligrosas.
Por debajo de esa edad, el trabajo está prohibido salvo excepciones muy específicas, como actividades artísticas con permiso.
Si le interesa: Edad mínima para trabajar en Colombia: requisitos y permiso para hacerlo
En el papel, el sistema está regulado. En la práctica, buena parte de esos 302.000 casos ocurre por fuera de ese marco.
La brecha por sexo no se movió. Los hombres concentran el 74,5 % de los casos. La tasa masculina fue 4 %; la femenina, 1,5 %. En el campo, la distancia se estira: 7,9 % frente a 2,3 %.
Las razones que reportan los propios menores también se movieron:
- “Le gusta trabajar para tener su propio dinero” pasó a explicar el 52,8 % de los casos, desde 40,6 % un año atrás.
- “Debe participar en la actividad económica de la familia” bajó a 20,4 %.
- “Debe ayudar con los gastos de la casa, ayudar a costearse el estudio” cayó a 15,0 %.
- “Porque el trabajo lo forma, lo hace honrado y lo aleja de los vicios” subió a 9 %.
La presión del hogar sigue ahí, pero pesa menos en la respuesta.
Por otro lado, al sumar el trabajo doméstico no remunerado por más de 15 horas semanales, la cifra salta a 1,02 millones de menores. Si se incluye además el cuidado dentro del hogar, llega a 1,18 millones. Son más que los que trabajan por ingresos.
Si se incluye además el cuidado dentro del hogar, la cifra llega a 1,18 millones, 20.000 más.
Las tasas acompañan ese salto. La Tasa de Trabajo Infantil Ampliada por trabajo doméstico (TTIAD) se ubicó en 9,4 %. La que incluye cuidado (TTIADC), en 10,8 %.
En el campo, los niveles son más altos: 14,7 % y 16,5 %, respectivamente.
Y ahí cambia quién trabaja. “Según sexo, el 58,4 % de las personas entre 5 y 17 años que trabajaron en el sentido amplio por trabajo doméstico no remunerado correspondió a mujeres y el 41,6 % a hombres”, señala el informe. Cuando se suma el cuidado, la brecha crece: 59,8 % mujeres frente a 40,2 % hombres.
La edad vuelve a empujar los extremos. En el indicador ampliado, la tasa para adolescentes de 15 a 17 años llegó a 26,4 % en trabajo doméstico y a 28,9 % cuando se incluye cuidado. Entre 5 y 14 años, bajó a 4,3 % y 5,4 %.
El resultado final queda partido. Menos niños trabajando en el sentido clásico. Más adolescentes ocupados. Entre niñas, se queda en la casa. Y en todos los casos, convive con un sistema que permite trabajar desde los 15 años bajo condiciones formales que rara vez coinciden con la realidad que muestran las cifras.
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