En Redmond, estado de Washington

Un viaje al corazón de Microsoft

En un complejo de 125 edificios, mentes procedentes de muchas partes del mundo desarrollan todos los días la inteligencia artificial, replantean dispositivos tradicionalmente excluyentes y estudian la siguiente era de la computación, cuyo reto es descifrar el universo mismo.

El campus cuenta con casas en árboles para llevar a cabo reuniones. / Fotos: Cortesía Filmateria Digital para Microsoft

Se estima que más de 1.000 millones de equipos en el mundo funcionan con Windows. Si usted está leyendo la versión digital de este artículo desde su computador, es probable que lo esté haciendo desde un sistema operativo Windows (se dice también que su última versión es cuatro veces más usada que Mac). Si lo está viendo en el impreso, no quita que el artículo haya sido escrito desde un Windows, en un documento Microsoft Word. La compañía detrás de ese software no necesita más introducción.

Pero su tamaño y poder difícilmente podrían dimensionarse por completo sin visitar la sede central. Está en Redmond, estado de Washington, en la costa oeste de Estados Unidos, lejos, a casi 2.300 kilómetros de donde Microsoft fue fundada en 1975. Hace 40 años, la compañía dejó su natal Albuquerque, Nuevo México, y se movió cerca del área que empezó a ocupar definitivamente en 1986. Hoy son casi 4,2 kilómetros cuadrados de espacios de trabajo, incluyendo los de Redmond y el área metropolitana de Seattle conocida como Puget Sound o estrecho de Puget. Para hacerse una idea, toda la ciudad de Redmond, al este de Seattle, tiene 42 kilómetros cuadrados.

No en vano lo llamaron el Microsoft Redmond Campus. El epicentro de una de las compañías más grandes del mundo y del mayor empleador del estado de Washington es coherente con el sueño que tenía uno de sus fundadores, Bill Gates, al levantar las primeras obras: que el área pareciera una ciudad universitaria, con construcciones no tan altas escondidas entre los árboles. Pero más que un centro de estudio parece una pequeña urbe: 125 edificios (incluyendo los de Puget Sound), vías señalizadas y sistema de transporte: una flota de 161 shuttles para moverse dentro del campus y los connectors, buses que cubren 23 rutas desde y hacia las ciudades aledañas y transportan 3.500 pasajeros diarios.

Vea el campus y diferentes desarrollos en imágenes: ¿Cómo se vive a diario en el corazón de Microsoft?

Entre los muros trabajan cerca de 40.000 personas —de 130.000 que emplea Microsoft a nivel global—, se desarrolla lo último en el software que conocemos, como Office (Word, Excel, Power Point, Outlook), pero también tecnologías como la inteligencia artificial, se monitorean y contienen ataques cibernéticos en todo el mundo y se discute sobre los nuevos paradigmas de la computación. Es normal que se haga en jeans y camiseta, con canchas deportivas alrededor y casas en los árboles —literalmente— para las reuniones.

Una de las zonas más afamadas es la de commons, en el oeste del campus, una especie de centro comercial para los empleados, con restaurantes, óptica, oficina postal —muy concurrida en Navidad—, peluquería, entre otros servicios. Los edificios están numerados en orden de construcción, aunque el 7 nunca se erigió, y el octavo no pudo llevar ese nombre porque no estaba ubicado en el lugar exacto que la ciudad de Redmond aprobó para el edificio “Siete”. El 92 se caracteriza por estar abierto al público, a los que no tienen nada que ver —al menos laboralmente— con Microsoft, para que tomen un tour, prueben juegos de Xbox y compren productos de la marca y souvenirs.

Tierra de gigantes

El campus tiene casi todo para vivir en él, pero se supone que nadie lo hace. Sin embargo, está rodeado de “condos” o zonas residenciales a las que es fácil llegar viajando en bicicleta. Hay quienes incluso lo hacen en época de invierno. Otros viven cruzando el lago Washington, en Seattle, ciudad reconocida por su torre en forma de aguja, las constantes lluvias y su monorriel. También, por ser la cuna de Starbucks, el fabricante de aviones Boeing y la música grunge. Como si fuera poco, es sede de otro gigante de la tecnología: Amazon. Este pedazo de tierra en la costa oeste alberga los headquarters de las empresas fundadas por los dos hombres más ricos del mundo en el listado de la revista Forbes: Jeff Bezos y Bill Gates.

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No es lo único que tienen en común. Este año ambas se han encargado de jalonar gran parte del índice de Standard & Poor’s sobre las 500 grandes compañías que cotizan en Nueva York, aunque con un retroceso en los últimos días por unos dividendos trimestrales menores a los esperados, en el caso de Microsoft, y por las investigaciones de la Unión Europea sobre Amazon por el uso de datos de otros minoristas. Desde hace tiempo, ambas tienen los ojos puestos en los servicios en la nube. También han desarrollado sus asistentes virtuales: Cortana y Alexa, que ahora son compatibles entre sí.

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Lo intangible

En Redmond es posible ver cómo Microsoft está llevando la inteligencia a varios niveles, por ejemplo, con chatbots “sociales”, que buscan generar y sostener conversaciones como las humanas. Está la china Xiaoice o su versión de habla inglesa, Zo. Xiaoice ha sido famosa por ser presentadora del canal chino Dragon TV y hasta escribir un libro de poesía, cuyo contenido, por cierto, es posible traducir tomándoles fotos a las páginas con la aplicación Translator de Microsoft.

En el amplísimo espectro de aplicaciones que puede tener la inteligencia artificial (IA), la compañía ha experimentado hasta llegar a soluciones como chatbots para la atención en salud: por ejemplo, una especie de profesional con el que es posible consultar a través de un chat y que responde de inmediato. No es como cuando alguien busca en internet la posible causa de sus síntomas. Es desarrollado —y se ha aplicado— junto a los prestadores del servicio de salud, con protocolos y “aprendizaje” a partir de las interacciones con los usuarios. Que el doctor mire al paciente durante toda la consulta, en vez de estar tecleando en un computador, puede ser una realidad en un futuro no tan lejano con el uso y masificación de las tecnologías de procesamiento del lenguaje natural —humano—. El sistema podría ir registrando la conversación y armando la historia clínica.

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El desarrollo de aplicaciones de IA que pueden adecuarse más a la cotidianidad también ha estado enfocado en la población con discapacidad. Es el caso de Seeing AI, una plataforma desarrollada para iOS y que se ha ido ampliando hasta estar disponible en 70 países (no en Colombia), dirigida a la población con discapacidad visual. Un ejemplo sencillo: una persona ciega o que por alguna razón (como una cirugía) tiene la visión impedida difícilmente podría diferenciar una lata de gaseosa normal de otra que sea baja en azúcar si no están diseñadas para ser identificadas a través del tacto. La aplicación, usando la cámara del celular, puede leer el código de barras, decir el resultado en "voz alta" y resolver el problema. Lo mismo con textos o imágenes que el sistema “aprende”: éste podría "saber" que un sobrecito dice "azúcar" y que otro dice "Splenda", que una manzana es verde o roja o que un documento es un contrato de arrendamiento o el recibo del agua.

Las soluciones son muchas: desde mapas sonoros (tecnología Soundscape) en una aplicación que pueden guiar el camino de una persona ciega o con baja visión a través de un auricular con audio 3D —es decir, el sonido se percibe como procedente del lugar que nos interesa—, hasta software que permite manejar el sistema de un computador con el movimiento de los ojos (tecnología de eye tracking), para quien un teclado o mouse tradicionales son una barrera. 

Lo tangible

Desde Xbox, también de Microsoft, han trabajado pensando en gamers con discapacidad o alguna limitación en su movilidad (nos ponen a reflexionar sobre algo tan cotidiano como una fractura). “Reconocimos que el diseño del control de la consola es la primera barrera”, dice Bryce Johnson, diseñador sénior para la inclusión. En Redmond han instalado todo un laboratorio para sacar adelante hardware, controles de videojuegos adaptables, que funcionan soplando a través de una boquilla, moviendo solo la cabeza o las piernas o jugando con un “copiloto” —que puede ser útil para una persona ciega—, entre otros.

Se trata de dispositivos que están en constante desarrollo y mejoramiento, de la mano de organizaciones que trabajan por el bienestar y los derechos de poblaciones con discapacidad. “Nada sobre nosotros sin nosotros”, es el mensaje que le ha quedado claro a Johnson. Su tarea, cuenta, es más difícil cuando los desarrolladores se inventan acciones en el juego que se activan oprimiendo varios botones a la vez. Por ahora estos controles están disponibles para mercados como el estadounidense, el australiano, el neozelandés y gran parte del europeo.

En Redmond la gente habla de inclusión y diversidad, y con acciones como esas es posible ver que trasciende el discurso. También, en el momento de hablar con líderes y desarrolladores, hombres y mujeres, de diferentes orígenes, que han llegado al campus desde una etapa tan temprana como la universidad, a través de los programas de “reclutamiento” que tiene la compañía.

Lo inimaginable

Sin duda, no todo en la historia de Microsoft ha sido color de rosa. No podría serlo en una compañía de esta magnitud. Litigios, efectos por las crisis mundiales, pérdida de mercado por el ascenso de los competidores, en fin. Pero la expectativa que se siente en Redmond es de grandes resultados a partir de una mentalidad de aprenderlo todo —más que de saberlo todo—, impulsada, dicen, por su CEO, Satya Nadella.

Es un futuro, no obstante, difícil de imaginar cuando se habla de cambios en el paradigma de la computación: del digital (binario) al cuántico. Tan disruptivo es que ni siquiera está claro el tipo de hardware y condiciones físicas (como la temperatura) que necesitaría, y tan grande es el reto que se ha tratado de consolidar una comunidad de desarrolladores que tengan acceso a documentos y puedan hacer contribuciones open source.

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La doctora Krysta Svore lo explica en pocas palabras: sería posible computar como lo hace la naturaleza y así poder combatir efectivamente, y en tiempos muy cortos, problemas como el calentamiento global, enfermedades y los que se le ocurra que quepan en el universo. Si a eso se suma el factor de la seguridad —que no sea una tecnología que caiga en manos criminales—, parece que estuviéramos hablando de ciencia ficción. Pero, para ser francos, hace unos años ideas como la de interactuar con hologramas —posible con dispositivos como el Holo Lens de Microsoft— sonaba como un disparate. Hoy es una realidad.

* Artículo posible por invitación de Microsoft.

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2018-09-22T21:00:09-05:00

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2018-09-23T11:41:45-05:00

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María Alejandra Medina C. / @alejandra_mdn

Economía

Un viaje al corazón de Microsoft

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