En el furor de la criptomoneda

Una revolución efectiva

A propósito de la apertura de la sala “Más que metal y papel. Otras formas de pago”, de Casa de Moneda, reflexionamos sobre lo que está detrás de la moneda del siglo XXI: bitcoin y blockchain.

La nueva sala de Casa de Moneda, en Bogotá, expone el documento original del primer empréstito que hizo el Estado. / Óscar Pérez-El Espectador

La curiosidad y la intriga por los bitcoins parecen haber nublado lo que está detrás de ello. Las cadenas de bloques o blockchain, la tecnología que Satoshi Nakamoto desarrolló tras este activo, es lo verdaderamente revolucionario del asunto. El bitcoin, que no es más que un medio de cambio que corresponde al progreso de la historia, responde a las posibilidades de su tiempo. Paul Vigna, periodista de Wall Street Journal y autor del libro La era de la criptomoneda, dijo a este diario que “es bastante obvio para mí que eventualmente tendremos monedas digitales convencionales, ya sean independientes como bitcoin o emitidas por un banco central o alguna otra parte. No se puede hacer que la economía global se mueva en línea sin que las monedas del mundo también lo hagan”.

Cuando hablamos de dinero suele aparecer la imagen mental de un billete o una moneda. Y aunque las formas de pago han cambiado de acuerdo con el momento histórico, lo que sí ha permanecido, en cualquier contexto, es la relación implícita de su uso: el intercambio. “Los distintos elementos de cambio lo que develan es un trasfondo cultural distinto. Nosotros en nuestra mentalidad de 2017 no entendemos por qué un indígena cambiaba oro por un espejo. Pero si entendiéramos el valor que el indígena le daba a ese objeto, sabríamos que su valor intrínseco tiene un trasfondo cultural. Los objetos que utilizamos para intercambiar nos dicen qué tipo de sociedad somos”, dice Sigrid Castañeda, curadora de la colección numismática de Casa de Moneda.

La forma en que compramos parece tan simple, y está tan arraigada a nuestra cotidianidad, que solemos pasar por alto el hecho de que, en medio de esa acción, hay reglas de dos partes. Estas reglas corresponden al paradigma de la modernidad que, irremediablemente, hemos insistido en continuar. Cualquier norma que pase por alguna relación social presupone un elemento de desconfianza. La manera de resolver esa incertidumbre ha pasado por todo tipo de maniobras y ha respondido a todo tipo de intereses: la violencia como garantía de un intercambio es la expresión absoluta de esa desconfianza.

Para librar la independencia de la Nueva Granada, los líderes criollos, entre muchos instrumentos ideológicos, acudieron al discurso patrio. Lo lograron. Nos hicieron independientes de los borbones y se embarcaron en la titánica tarea de formar un Estado nación. Entregar todo, incluso la confianza de nuestras finanzas era y es, sin duda, parte de ese proyecto. Ese voto que con el tiempo les dimos a bancos, a corporaciones y a los gobiernos es resultado de un proceso en el que como ciudadanos hemos sido enseñados a creer que las instituciones son, entre otras cosas, una herramienta económica que respalda la incertidumbre de los negocios. Como dice Castañeda, “la moneda es un elemento de conformación nacional. No es gratuito que el rey decida poner su cara o que tras la independencia se cambie la moneda. Porque la moneda determina un territorio y una nacionalidad. Y eso es clarísimo desde el imperio romano”.

El paradigma liberal que filósofos como Rosseau o Montesquie idearon mientras entre guerras y pactos se libraron Estados y naciones, explica que el progreso es una constante búsqueda de garantes de confianza. La cantidad de instituciones que engordan a un Estado son expresión de ello. En últimas, la estatización, la nacionalización y la patria son resultado de esas estrategias.

Cuando en 1902 terminó la Guerra de los Mil Días, la inflación fue altísima. Entonces se empezó a restringir la emisión de papel moneda por parte de privados. Pero es sólo con la Ley 25 de 1923 (Ley Kemmerer) que se creó el Banco de la República, como banco central colombiano y único emisor. Así que la creación de repúblicas y economías nacionales ha sido el proyecto más grande para centralizar la confianza económica de los ciudadanos.

Ana Fernanda Maiguascha, codirectora del Banco de la República, dice que “los bancos centrales y los Estados tenemos la obligación de hacer nuestra tarea bien para preservar el bienestar y la sostenibilidad macroeconómica por la cual velamos. Esa tarea ha tenido amenazas en el pasado y seguirá teniéndolas. Cuando la gente deja de tener fe en el peso colombiano puede terminar comprando activos externos, lo que genera un problema de inestabilidad”.

La tecnología blockchain, en cabeza de bitcoin, es el proyecto que hoy intenta descentralizar la confianza económica que los Estados llevan construyendo por años. Las cadenas de bloques o blockchain funcionan como una base de datos diseminados que almacena un registro de activos y transacciones. Estas transacciones están protegidas por bloques, que no son más que mensajes cifrados en un libro abierto al que todos tienen acceso.

Bettina Warburg, politóloga e investigadora del blockchain, en una charla de TED, lo compara con Wikipedia. “Se puede considerar una estructura abierta que almacena una variedad de activos: de propiedad de ubicación, activos digitales como bitcoin, títulos de propiedad de una Ip, objetos físicos e incluso información personal identificable”.

Básicamente es un registro inmutable e infalsificable de transacciones que se replica en quienes forman parte de la red. Dice Vigna que “la mayor ventaja de esta tecnología es la capacidad de tomar lo que anteriormente era una potencia controlada por sólo unos pocos -el poder de una moneda- y difundirlo entre una comunidad de usuarios. La historia del dinero fiduciario es un registro de abuso y degradación que ha respondido a intereses propios. Con bitcoin eso no es posible. Usted no tiene terceros sentados en el medio, quedándose con pedazos para ellos a expensas del público”, comenta Vigna.

Maiguascha afirma que “las criptomonedas como tal son un nuevo activo que estará compitiendo por la confianza de los consumidores, y pues la competencia es sana porque hace que nos mantengamos juiciosos cumpliendo con nuestra tarea.

En esa medida sabemos que tenemos que cumplir nuestra tarea, porque hay unas alternativas que allá afuera podrían ser oportunidades a las que nuestro público migrara si es que pierde confianza en nosotros”.

¿Pero será que el fenómeno que iniciaron las criptomonedas en cabeza de bitcoins es sólo un fenómeno de desconfianza? Juan Pablo Gómez, gerente de Dataifx, asegura que “no me encasillo en el tema de desconfianza, porque es que no conocen ni siquiera los sistemas monetarios para poder desconfiar de ellos. Entonces creo que es más el tema de novedad, de rebeldía y de innovación”.

No es coincidencia que bitcoin inicie en 2009, justo después del quiebre de Leman Brother’s en 2008. En ese sentido, podría pensarse que en el comienzo y el uso del bitcoin hay un componente de incredulidad y desconfianza hacia los sistemas centralizados. Pero si nos quedáramos en la premisa de que es sólo una alternativa, no veríamos el lado más valioso de la moneda. Lo que aduce este modelo es un nuevo paradigma de relaciones en el que, por supuesto, la desconfianza persiste: existen crisis económicas, hay fraudes, hay corrupción, hay un mundo de problemas en el que los ciudadanos son espectadores y padecedores.

La tecnología blockchain lo que propone es una nueva forma de surtir confianza a las relaciones económicas del mundo. Incluso, es una nueva posibilidad de que las relaciones entre instituciones y ciudadanos cambien de paradigma para que sea cada vez más simétrica. “Nosotros hoy hemos buscado una tercera persona de confianza para que valide las operaciones entre desconocidos. La tecnología blockchain lo que hace es cambiar de puntos centralizados de generadores de confianza, a nodos descentralizados de generadores de confianza omnipresentes. Eso sí va a cambiar la forma en cómo se hacen los negocios, porque el acceso a ese generador de confianza será para todo el mundo”.

Lo que sugiere el devenir histórico es que la desconfianza siempre va a existir. Asevera Walburg que “la misma cosa que hace que funcione la seguridad y la verificación de la cadena de bloques es nuestra desconfianza mutua”. Significa que como seres humanos tratamos de que la incertidumbre frente a las relaciones con los otros sea la menor posible. Ceder casi completamente la confianza al Estado ha sido sólo una parte de esa búsqueda. Hoy, a medida que las interacciones económicas se ensanchan, es obvio que crezcan el riesgo y la incertidumbre. Ni bitcoins y mucho menos la tecnología blockchain van a acabar con la presencia de las instituciones financieras que hoy conocemos. Sin embargo, lo que sí se pone sobre la mesa es un nuevo modo de relacionamiento bastante conveniente para los ciudadanos del mundo.

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