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26 Dec 2021 - 2:00 a. m.

Yo estuve en el retorno a las clases presenciales

Maestros y actores del sector educativo lucharon para regresar a las aulas. No fue un camino fácil, pero poco a poco los menores han retornado. Aún queda un complejo tramo por recorrer.

Mélida Adriana Ahumada *

Regreso a clases de colegios públicos en Bogotá
Regreso a clases de colegios públicos en Bogotá
Foto: El Espectador - Óscar Pérez

Incertidumbre, ansiedad, temor, desgaste, desorden y oportunismo. Esas son algunas de las palabras que pueden definir el retorno a la presencialidad escolar durante este 2021. Ha sido un reto no solo profesional, sino, en gran medida, emocional. (Le sugerimos: Año escolar 2022 debe lograr el 100% de presencialidad, según Mineducación)

Muchos factores rodearon el retorno de los niños, niñas, jóvenes y adolescentes (NNJA) a las aulas. Este regreso básicamente dependía de situaciones externas a los estudiantes y a la comunidad educativa. Aspectos como la salud mental, la pérdida y el atraso en el aprendizaje, la falta de conectividad, la deserción escolar, la violencia intrafamiliar, la violencia de género y la vulneración al derecho a la educación pasaron a un segundo plano, pues el centro de atención fue la pandemia, la ocupación de UCI y demás cifras diarias.

Ya desde junio de 2020 algunos estudios mostraban la importancia de que los estudiantes volvieran a las aulas, y ya se hablaba de las consecuencias en el aprendizaje. En Europa, Francia, Inglaterra e Italia dieron ejemplo: las escuelas fueron las últimas en cerrar y las primeras en abrir.

La evidencia científica denotaba el bajo nivel de contagio en los menores de edad y la repercusión en sus familias, sin embargo, en Latinoamérica la discusión estaba centrada en mantener el cierre a pesar de que ya se conocían cifras sobre la baja y, en algunos casos, nula conectividad de los estudiantes, sobre todo aquellos de escasos recursos. En Colombia, para final de 2020, se mantuvieron los cierres solo con algunas excepciones de algunas secretarías de Educación, como las de Palmira y Antioquia, ejemplo de gestión y compromiso con el retorno. En 2021 iniciamos con clases virtuales, pero más del 50 % de los estudiantes no tenían acceso a internet. Iban a cumplir un año sin su derecho constitucional a la educación. (Le puede interesar: Irene Vasco, una vida llevando libros a todos los rincones de Colombia)

Los ministerios de Salud y de Educación, por su parte, emitían resoluciones, decretos y circulares como guía para el proceso de retorno incluyendo protocolos relacionados con la bioseguridad, muchos de estos alejados de la realidad de muchos colegios y escuelas, sobre todo en los municipios más alejados. Parecía que cada departamento, ciudad y municipio podía iniciar el retorno, voluntariamente y a su propio ritmo, como una decisión individual. Las secretarías de Educación, mientras tanto, generaban circulares de acuerdo con sus propias políticas. Cada colegio fue implementándolas si le era posible.

A la par de esto, el sindicato de maestros radicalizó su posición y su oposición al retorno, siempre aduciendo que los colegios serían foco de contagio, dejando a un lado la evidencia científica que ya para abril de este año manifestaba que la brecha educativa se ampliaba aún más entre la educación de los diferentes estratos, causando pérdida de aprendizaje y efectos en la salud mental y nutricional de los estudiantes.

Así se cumplieron más de 15 meses con los colegios cerrados, y los docentes aún seguíamos haciendo maromas, tratando de mantener a flote una educación virtual sin conectividad, con familias que solicitaban a gritos la apertura de los colegios. (Vea también el documental:Invisibles: la infancia en Colombia durante la pandemia)

A diario se veían notas, crónicas e informes en diferentes medios de comunicación, donde familias, acudientes y estudiantes tuvieron que abandonar sus estudios. Otros trataban de tomar clases para más de tres estudiantes con un solo celular o recibían guías que no comprendían y no podían desarrollar. Las mujeres, además, fueron afectadas laboral y profesionalmente: debieron dedicarse al hogar y a las tareas asignadas en los colegios.

En mayo y junio el grupo priorizado de docentes inició con su inmunización, como parte del plan de retorno a los colegios y la atención presencial. Podría decirse, entonces, que en julio empezó el retorno de una manera más visible. Entre la campaña “La educación presencial es vital”, en redes sociales y mediante un trabajo voluntario, algunos lograron recoger algunas cifras que mostraron que para esta fecha solo un porcentaje de los siete millones de estudiantes había regresado a la presencialidad y que los esfuerzos realizados por las diferentes entidades no eran suficientes. A la par de esto, los protocolos impuestos a los colegios rayaban en lo absurdo y afectaban aún más la salud física y mental de estudiantes y docentes.

En Bogotá, hasta mitad de este año, se dio a conocer una circular donde se solicitaba, por tercera vez, que el retorno fuera una realidad a partir de julio de 2021, 16 meses después del cierre de los colegios. El año escolar finalizó con más de dos millones de estudiantes que no volvieron en forma presencial y sin la claridad de cómo funcionaba la alternancia y la atención para los niños y jóvenes en alternancia.

Yo estuve en el retorno a la presencialidad en los colegios, y solo puedo decir que ha sido una carrera agotadora donde se vulneró sistemáticamente el derecho a la educación, donde los esfuerzos han sido pocos y los obstáculos demasiados, y donde el discurso en que se priorizan la niñez, la juventud y la educación sigue siendo una utopía.

* Profesora, magíster en educación.

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