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El primer exguerrillero graduado en historia tras el Acuerdo de Paz

Juan Rubiano recobró su libertad por la Ley de Amnistía pactada por el Gobierno Santos y la antigua guerrilla de las Farc. Uno de sus sueños era concluir su carrera como historiador de la U. Nacional. Ya lo logró.

Camila Taborda

17 de diciembre de 2019 - 09:33 a. m.
Antes de confirmar su gusto por las ciencias sociales, Juan Rubiano estudió ingeniería química. / Óscar Pérez - El Espectador
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Pronto se cumplirá un mes de aquel día en que Juan Rubiano se graduó como historiador de la Universidad Nacional. Mientras, un helicóptero de la Policía sobrevolaba por encima del auditorio, a lo lejos tronaban las aturdidoras del Esmad y una estela de humo y gases lacrimógenos flotaba fuera del recinto. En honor a la fecha, 25 de noviembre, hizo un cartel con el que desfiló durante la ceremonia que decía: “Por el cumplimiento del Acuerdo de Paz, viva el paro nacional. No más asesinatos de excombatientes”. Su diploma es el primero que otorga esta alma mater a un reincorporado de las Farc en el posconflicto.

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Ese era un sueño custodiado por su memoria. Rubiano nació a mediados de la década de los 80 en el barrio Quiroga, en el sur de Bogotá. Es el menor de tres hermanos que estudiaron siempre en escuelas y colegios del Estado, “por cuestiones económicas y por la defensa de lo público”. No era consciente de que la química le gustaba tanto como la geografía, sociales o historia, y siguiendo el ejemplo de la familia se presentó a los 16 años a Ingeniería química en la Universidad Nacional. No pasó y arrancó sus primeros semestres en la Distrital.

Tras un par de intentos ingresó a la Nacho, al campus que de pequeño le habían presentado sus hermanos y primos. Allí encontró su vocación influenciada por las historias sobre sindicalismo que le contaba su padre. Tuvo que volver a presentarse porque “las ingenierías no son compatibles con las ciencias humanas” y en 2003 inició la carrera de historia. Para entonces vivía solo en búsqueda de autonomía, sorteaba gastos vendiendo en la universidad minutos a celular o comida y despachaba buses y busetas en una estación de barrio los domingos y festivos.

Fueron días agridulces por la informalidad de sus trabajos. “Porque lo económico marca la formación académica de las personas”, ese fue su mantra durante el activismo estudiantil. Reivindicar en consejos estudiantiles, movilizaciones, trabajo comunitario y sindicatos el acceso a la educación pública y, más allá, una “política de Estado para la manutención, el transporte, las fotocopias y otras condiciones para el bienestar universitario”. Ese es uno de los motivos, de hecho, por los que actualmente deserta alrededor del 42 % de los universitarios en Colombia, según un informe del año pasado del Banco Mundial.

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Esa realidad, vivida por Rubiano hace más de una década, marcó una parte de su rumbo. Un sinfín de trágicos hechos, como la muerte de Jaime Garzón, el auge del paramilitarismo, el exterminio de la Unión Patriótica, la Operación Orión y la Operación Mariscal, el asesinato de estudiantes como Gustavo Marulanda en la Universidad de Antioquia, en Medellín, y Carlos Giovanni Blanco en la sede de la U. Nacional en Bogotá terminaron de convencerlo del proyecto político de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc). “Una resistencia desde lo clandestino”, dice él.

En esa clandestinidad leyó los libros fundacionales de la guerrilla. Desde Jacobo Arenas hasta textos firmados por Manuel Marulanda, documentos internos de la Plataforma Bolivariana por la Nueva Colombia, estatutos del movimiento, proclamas y demás escritos de propaganda. Empezó a asumir el alias de Diego y se mudó al Meta, a un lugar con diferentes tonalidades de verde donde contrastaba el sol y junto a él vivían animales de la selva.

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De aquellos años recuerda los libros que cargaba su célula: infaltable Cien años de soledad. Recuerda al secretario de Educación, las asambleas, los espacios de discusión y las obras de teatro. A sus compañeros analfabetos, que aprendieron a leer y escribir bajo la sombra de los árboles en los días de menor agitación y descanso. En 2011, entre vagos rumores de un posible acuerdo de paz, viajó a la capital. Fue capturado, condenado por rebelión y terminó en La Modelo.

Gracias a lo pactado en La Habana, pudo acogerse a la Ley de Amnistía y recobrar su libertad hace dos años. Tocó las puertas de la Nacional para pedir su reintegro y se encontró una academia que exige una segunda lengua y funciona con base en las nuevas tecnologías. Volvió a la historia que, pese a no ser enseñada en las escuelas por más de veinte años en el país, “ilumina los antecedentes de la situación actual, las muchas continuidades, pero también los cambios”. Así explica su profesión Rubiano, confiado en que el proceso de paz visibilizó problemas que van mucho más allá de la guerra.

“Es innegable la desigualdad del país y el Gobierno tiene la misión de que esta sociedad sea más equitativa. Eso es algo que puede hacerse a través de la educación pública, libertad de cátedra y una amplia cobertura. No tiene sentido invertir en una economía naranja sin invertir en ciencia y tecnología, en oportunidades para el campo, entradas al mercado, carreteras y una apuesta por el cooperativismo y la educación para entender hacia dónde vamos”.

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Por Camila Taborda

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