En 1947, un joven estudiante llamado Martin Luther King Jr. escribió un breve texto titulado “El propósito de la educación”. Han pasado casi ocho décadas, y sus palabras siguen resonando con una fuerza inquietante, especialmente en sociedades como la colombiana, atravesadas por la polarización, la desinformación y el ruido constante de las redes sociales.
King advertía que la educación no podía limitarse a formar personas eficientes, hábiles para competir y sobresalir individualmente. Ese tipo de formación, desprovista de sentido ético, podía convertirse en un riesgo social. Su preocupación no era menor: intuía que una inteligencia sin carácter podía terminar al servicio de la manipulación, la exclusión o la violencia.
Pero en Colombia el panorama es aún más complejo y preocupante. Millones de niños y jóvenes ni siquiera acceden a una educación de calidad. Muchos no logran desarrollar plenamente habilidades básicas de lectura crítica, razonamiento o argumentación. Es decir, ni siquiera alcanzan a formarse como personas “eficientes” en términos académicos o laborales. Esta brecha no solo reproduce desigualdades económicas, sino que deja a amplios sectores de la población en mayor vulnerabilidad frente a la manipulación.
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En contextos de baja formación crítica, es más fácil que las personas tomen partido hacia una orilla sin reflexionar, que sigan ciegamente a líderes que explotan miedos y frustraciones para alcanzar objetivos personales, o que asuman como verdad aquello que simplemente se vuelve viral en redes sociales. La desinformación encuentra terreno fértil donde la educación no ha logrado sembrar pensamiento crítico.
Hoy, cuando millones de personas se informan o se desinforman a través de algoritmos que refuerzan prejuicios y emociones antes que hechos, la reflexión de King cobra nueva vida. Nunca habíamos tenido tanto acceso a información, y sin embargo, nunca había sido tan difícil distinguir entre evidencia y opinión, entre periodismo y propaganda, entre datos y ficciones virales.
King lo expresó con una claridad que parece escrita para nuestro tiempo:
“Salvar al hombre del lodazal de la propaganda, en mi opinión, es uno de los principales objetivos de la educación. La educación debe permitir que uno tamice y pese la evidencia, discerniendo lo verdadero de lo falso, lo real de lo irreal, y los hechos de la ficción.”
Esa frase debería estar en el centro del proceso formativo de los colegios y universidades del país. Porque el problema de fondo no es solo tecnológico, es formativo. No se trata únicamente de regular plataformas o combatir noticias falsas, aunque eso también importa, sino de preguntarnos qué tipo de ciudadanos estamos formando y a cuántos estamos dejando por fuera.
Una educación que ignore la formación ética y ciudadana puede producir personas muy competentes en lo técnico, pero frágiles frente a la manipulación y poco dispuestas a reconocer la legitimidad del otro. Pero más grave aún es cuando ni siquiera logramos garantizar una educación de calidad para todos: la exclusión educativa termina convirtiéndose también en exclusión política y democrática.
Por eso King insistía en una idea que hoy resulta urgente recuperar:
“La función de la educación, por lo tanto, es enseñar a uno a pensar intensamente y a pensar críticamente. Pero la educación que se detiene en la eficiencia puede resultar la mayor amenaza para la sociedad. El criminal más peligroso puede ser el hombre dotado de razón, pero sin moral.”
A esta preocupación se suma un desafío nuevo: la inteligencia artificial. En lugar de aprovecharla para fortalecer procesos de análisis, creatividad y razonamiento, corremos el riesgo de usarla solo para automatizar tareas y reproducir aprendizajes superficiales. Sería profundamente paradójico que, en la era de las herramientas más sofisticadas de la historia, nuestros sistemas educativos no evolucionen para cumplir precisamente el propósito que King señalaba: enseñar a pensar y a razonar.
En Colombia, donde el debate público suele convertirse en trincheras digitales, estas advertencias son especialmente pertinentes. La polarización no solo divide opiniones; erosiona la posibilidad misma de deliberar con base en hechos compartidos. Y cuando la verdad se vuelve relativa y todo se reduce a lealtades emocionales, la democracia se debilita.
Frente a este panorama, el papel de la educación es profundamente político en el mejor sentido de la palabra: formar personas capaces de pensar por sí mismas, de reconocer la complejidad de los problemas y de actuar con responsabilidad ética frente a los demás.
Eso implica fortalecer la lectura crítica, la argumentación, la comprensión de datos, la toma de decisiones basada en evidencia, la educación en medios y, sobre todo, la formación en valores: empatía, respeto, sentido de justicia. No como asignaturas marginales, sino como ejes transversales del proyecto educativo.
Porque al final, como intuía Martin Luther King Jr., el verdadero propósito de la educación no es solo producir profesionales exitosos, sino ciudadanos con criterio y carácter. Personas que no se dejen arrastrar por el lodazal de la propaganda, sino que puedan, con mente clara y conciencia firme, contribuir a una sociedad más justa y más humana.
Hoy, más que nunca, esa tarea es inaplazable.
*Decana de la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas de la Universidad Javeriana
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