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Ensayo: La UNAL, en la pugna entre dos modelos de universidad pública


A partir de su experiencia como directiva, una escritora y profesora de la Universidad Nacional de Colombia plantea su visión de la crisis que enfrenta la institución por dos visiones opuestas. Invita a un debate urgente de cara al futuro de la educación pública.

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Alejandra Jaramillo Morales / Especial para El Espectador
01 de marzo de 2026 - 04:00 p. m.
Una parte de las instalaciones de la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá. La profesora Alejandra Jaramillo advierte: "Hay un modelo que cree que la universidad debe ser una especie de holding empresarial que además, y esto es lo más grave, cada vez favorezca más a terceros".
Una parte de las instalaciones de la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá. La profesora Alejandra Jaramillo advierte: "Hay un modelo que cree que la universidad debe ser una especie de holding empresarial que además, y esto es lo más grave, cada vez favorezca más a terceros".
Foto: Mauricio Alvarado Lozada
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Después de tres años en la administración de la Universidad Nacional de Colombia, primero como vicedecana de Investigación y Extensión en la facultad de Ciencias Humanas de la sede Bogotá y luego como directora nacional de Extensión, Innovación y Propiedad Intelectual, creo que argumentar sobre la pugna entre dos modelos de universidad que vive la UNAL es fundamental para que la sociedad se entere de lo que está en juego. Adicionalmente pienso que, como profesora de una universidad pública, mi tarea fundamental hacia la sociedad es lograr que cada día más personas reflexionen sobre la necesidad imperiosa de alcanzar el apoyo social para promover en Colombia la educación pública y gratuita.


En este texto voy a evitar los nombres propios para que se lean las ideas y no se exacerben los ánimos, y así no dejemos de lado estas discusiones tan apremiantes.


A muchas personas en Colombia les fascinan los países europeos porque los encuentran más desarrollados, con una mejor infraestructura, por la facilidad con que uno se mueve en las ciudades europeas en sus sistemas de movilidad, por las innumerables actividades culturales; museos, bibliotecas, teatros. A la gente le fascina estudiar en esos países, formarse en las aulas de esas maravillosas universidades. Pero lo que no se preguntan, o lo que en muchos casos no quieren ver de esas maravillas, es que el pilar fundamental de esas sociedades es la educación pública y gratuita en todos los años de vida de su ciudadanía. Porque las clases altas colombianas, y también esa incipiente clase media que tiene nuestro país, quiere vivir como en Europa, consumir como en Europa, vivir en barrios de infraestructuras como las de Europa sin ponerle atención a que si su pretensión fuera de verdad, si quisieran ser como Europa, el primer paso, la más importante de todas las decisiones sería apostar a un cambio en el presupuesto nacional para construir un sistema fuerte, universal, de educación pública.


Más aún, desde que me casé con un ciudadano alemán me encuentro, en los espacios sociales que visito, cada vez con más gente en Colombia que alaba ese país. Claro, Alemania, un país de alto desarrollo industrial, de liderazgo en el comercio internacional, un país que generó un desarrollo industrializado de su agro, que ha creado miles de empresas medianas que generan una alta proporción del empleo en el país y, sobre todo, un país que le apostó a la educación pública y gratuita. Hoy en día muchos colombianos y colombianas gozan de la gratuidad de la educación alemana y de las oportunidades laborales que ofrece ese país para realizar sus estudios en una situación más cómoda que la colombiana. Pero la pregunta que me retumba es por qué dejamos que nuestro país siga por el camino de la mercantilización de la educación y no hacemos más bien ese cambio. ¿Por qué no hacer lo mismo en Colombia? Debo dejar claro que la comparación que hago con las universidades alemanas no significa que yo crea que el propósito de mejorar las condiciones de vida en Colombia o mejorar el sistema universitario sea para copiar el alemán. No es una comparación que avale la idea de que debemos o podemos ser medidos en función del capitalismo cognitivo global. No, creo que las universidades colombianas deben mirarse y medirse desde sus propias particularidades. Sin embargo, uso la comparación porque creo que con un análisis juicioso veríamos por qué el “milagro” de esas sociedades radica en la educación pública y así se podría comprender lo urgente que es el apoyo a la educación pública en Colombia para disminuir las brechas sociales. Porque en el negocio de la privatización de la educación siempre una parte muy amplia de la población seguirá sin oportunidades de estudiar. Lamentablemente, el congreso de la República de Colombia todavía no cuenta con los congresistas suficientes que puedan defender estas ideas, al punto que en el año 2023 no permitieron que pasara la Ley Estatutaria de Educación que le otorgaba a la educación su estatus de derecho fundamental. ¿No quieren que la gente se forme? ¿No se puede acabar con el negocio de la educación, que por cierto va de capa caída? ¿No les interesa generar oportunidades que democraticen el conocimiento?

Es ahí, en esa diferencia entre la idea de comercialización de la educación y la lucha por la educación pública y gratuita, que se centra la pugna que se manifiesta en la UNAL desde hace varias décadas. El debate es álgido, y debe verse paso por paso, porque lo más importante, insisto, es que la conversación nos acerque a un acuerdo social por la educación pública y la defensa del conocimiento público. En este texto intento dar unas puntadas a estas discusiones.


El 24 de enero se publicó en el periódico El Tiempo un artículo sobre un estudio de la Contraloría General que concluía que, de las 34 universidades públicas, solo una es autosostenible. En esta aseveración, que para quienes defendemos la educación pública es absurda, se esconde el largo proceso de “privatización” del sistema de universidades públicas, que conlleva una gran pérdida para el país y genera la pugna actual.


De un lado tenemos a aquellas personas que ven como algo normal que las universidades públicas produzcan sus recursos, y eso ha sucedido gracias a que desde hace más de cuatro décadas las políticas estatales en Colombia han disminuido el apoyo a la educación pública y han avanzado en generar leyes que terminaron por desfinanciarlas, buscando que se convirtieran en empresas de educación, lo que pone en riesgo a una gran parte de la población por no tener los recursos para pagarse los estudios. Adicionalmente, se ha querido imitar modelos extranjeros, como el alemán, que lleva a la empresa privada y a las instituciones públicas a apoyar la investigación y la innovación en las universidades, así como la participación en proyectos, y aunque en el caso alemán eso no ha significado que las universidades dejen de tener financiación estatal, en Colombia esas actividades se pensaron como la manera de que se autofinancien. Porque eso sí, a la hora de imitar a esos países, en Colombia se hace con esa práctica enraizada en las élites de este país, de mucho negocio y poca solidaridad.


El otro modelo defiende la financiación pública y considera que las universidades públicas, y la UNAL como asesora del Estado colombiano, deben interrelacionarse con la sociedad a través de proyectos con las comunidades, las instituciones, las organizaciones o las empresas, pero que aunque estos procesos significan apoyo de todos los sectores de la sociedad a la universidad, no pueden ser la manera de financiar la universidad pública, como las administraciones de las últimas décadas han impulsado.


Hay un modelo que cree que la universidad debe ser una especie de holding empresarial que además, y esto es lo más grave, cada vez favorezca más a terceros que aprovechen el conocimiento producido por la Universidad, mientras que el otro modelo piensa en una forma de entregar el conocimiento de manera comprometida con el país, reconociendo que es un conocimiento construido a través del apoyo de los recursos públicos, y por tanto su función no es la comercialización sino el crecimiento de toda la sociedad en colaboración con la Universidad, en el hallazgo de soluciones a retos y problemas coyunturales o estructurales.


Hay un modelo de universidad pensada como productora de servicios que ha colaborado por décadas con los gobiernos nacionales que favorecían la educación como negocio al fortalecer a las universidades privadas mientras debilitaban las públicas, y del otro lado hay un modelo que comprende que su tarea principal es negociar con los gobiernos nacionales el aumento del presupuesto y de la cobertura, la llegada de estudiantes de todas las regiones, el fortalecimiento de las sedes en todo el país, para que la universidad de la nación pueda llegar más allá de los nueve territorios en los que hoy en día se encuentra. En estos años recientes, por ejemplo, un cambio importante que se vivió en la Universidad fue que, gracias a las negociaciones con el Gobierno Nacional, por fin se descongeló la planta docente, lo que no sucedía desde el siglo pasado. Ahora todas las nueve sedes de la universidad, especialmente las que están en las zonas fronterizas, tendrán más profesores y profesoras, y así proyectos académicos propios que aumentarán la cobertura y ayudarán a cerrar brechas educativas.

De esta manera, la comunidad universitaria, que por décadas vivió el primer modelo, ha visto en los últimos dos años que el otro modelo es posible, que la universidad puede pensarse para el bien de todas las personas y que esa es su razón de ser. Ahora le queda a la sociedad colombiana seguir en el debate, oír las argumentaciones para aclarar que esta situación va mucho más allá que una guerra de egos o de derechas e izquierdas, y que más bien el proyecto aun no alcanzado de la educación pública para todos los colombianos y colombianas, nos compete por ser una de las apuestas que más oportunidades de mejora generaría para el país. No podemos hacer crecer la pequeña y mediana empresa, las economías populares, mejorar las condiciones de vida de todas las personas, si no hay investigación de punta, si no se industrializa el agro colombiano, si no pensamos el país de forma diferencial e incluyente, y eso solo se logra si nuestros ciudadanos y ciudadanas se forman en universidades públicas y gratuitas para cerrar las brechas de nuestra sociedad. No podemos seguir endeudando a las familias para formar a la juventud o a los adultos. Debemos trabajar por la educación pública, y en el caso de la UNAL, por una universidad de la nación que piense en sus retos y necesidades, por una universidad que pueda ofrecer una educación a la altura de las necesidades de Colombia.

Yo invito a todas las personas a que conversemos sobre la educación pública, que en las mesas de todas las casas se pregunten cómo sería nuestra vida si nuestros hijos e hijas tuvieran acceso a educación gratuita. Invito a que estudiemos las cifras, cuánto le costaría a Colombia hacer ese cambio, y a que miremos con lupa cuáles han sido los intereses que han impedido que se disponga del porcentaje del PIB que requeriría esta apuesta, por qué la oposición a este cambio.

Destapemos las cartas y construyamos conjuntamente salidas. Sin educación pública este país no podrá salir de la violencia. Sin una verdadera apuesta por la formación de nuestra juventud y nuestros adultos que nunca pudieron estudiar por falta de oportunidades, no podemos mejorar las condiciones de trabajo del agro ni aumentar la industria, así como tampoco podremos girar hacia una cultura del cuidado, ni construir liderazgos colectivos e incluyentes.

Conversemos, el futuro de este país está ahí, hablemos del tema, estudiemos en nuestras casas los casos del mundo que pueden mostrarnos que definitivamente la educación pública cohesiona a las naciones y genera dinamismo a la economía, la cultura, la vida en general.

* Alejandra Jaramillo Morales es una escritora bogotana, autora de las novelas La ciudad sitiada (2006), Acaso la muerte (2010), Magnolias para una infiel (2017), Mandala (2017), un proyecto de escritura digital, y Las lectoras del quijote (2022), su primera incursión en la novela histórica. Publicó los libros de cuentos Variaciones sobre un tema inasible (2009), Sin remitente (2012) y Las grietas (2017), ganador del Concurso Nacional de la Cámara de Comercio de Medellín y nominado al Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez 2018. Escribe novelas para adolescentes (sello Loqueleo): Martina y la carta del monje Yukio (2015), El canto del manatí (2019) y Los mundos distópicos de Camilo Chang (2022). Entre sus libros de crítica están Nación y melancolía: narrativas de la violencia en Colombia (2006) y Disidencias, ensayos para una arqueología del conocimiento en la literatura latinoamericana del siglo XX (2013).

Por Alejandra Jaramillo Morales / Especial para El Espectador

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Guillermo(n5sqs)Hace 42 minutos
Excelente artículo Profesora Jaramillo. La pugna por el modelo de universidad es más de naturaleza económica (para los docentes beneficiados) que ideológica (para los alumnos interesados). Los 18 años del eje Wasserman-Mantilla-Montoya dejaron su impronta: https://revistaraya.com/rotorr-el-contratadero-creado-por-exrectora-dolly-montoya-oculta-informacion-a-la-universidad-nacional.html ; https://revistaraya.com/universidad-nacional-entre-la-rosca-y-salarios-de-68-millones.html
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