La semana pasada iba en un carro por la calle 80 en Bogotá, esperando que el semáforo cambiara, cuando presencié cómo un señor de un vehículo particular se bajó y golpeó por la espalda, con puños y patadas, a un joven que al parecer se gana la vida limpiando vidrios. Lo dejó en el piso, casi inconsciente. Desconozco el motivo, pero en cualquier caso, un hecho de violencia totalmente inaceptable.
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Colombia es uno de los países más violentos de América Latina, ocupa los últimos lugares en el Índice Global de Paz (posición 140 entre 163 países analizados). Este resultado no se debe solamente al conflicto interno causado por grupos terroristas o bandas criminales, sino también a las acciones de violencia generadas por la sociedad civil. Es común presenciar en las calles o lugares públicos peleas, insultos, y agresiones, entre otros hechos de odio y confrontación. En nuestra cultura, al parecer, el significado de respetar está bastante desdibujado y en general, las personas prefieren tomarse la justicia por sus propias manos, pues no confían y no ven resultados contundentes por parte de las autoridades.
La violencia también se vive en los colegios. Según los resultados de las pruebas PISA del año 2022, el 22.38% de los estudiantes colombianos manifiesta haber presenciado en la escuela, en el último mes, una pelea en la que alguien resultó herido. El 17.63% haber escuchado a un estudiante amenazar con lastimar a otro y el 11.46% afirma haber visto a un estudiante llevando un arma de fuego o un cuchillo al colegio. Otros hechos de acoso escolar también son frecuentes. El 7.61% de los estudiantes afirma que otros estudiantes los excluyeron a propósito de actividades; el 3.6% que fueron golpeados o empujados por otros; el 11.76% asegura que otros estudiantes se burlaron de ellos; y el 5.08% que les quitaron o destruyeron sus pertenencias.
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Se necesita una aldea para criar a un niño, reza el proverbio africano, para resaltar que la responsabilidad de criar y educar a un niño/a no recae solamente en los padres o cuidadores, sino en toda la comunidad. El ejemplo juega un papel fundamental en el aprendizaje y desarrollo de los menores, pues ellos aprenden principalmente de la observación y la imitación. Si los niños/as crecen en ambientes donde los adultos muestran comportamientos negativos, como la agresión, la deshonestidad o la falta de respeto, es probable que los niños/as también adopten esos comportamientos. Para los menores es clave tener modelos de roles a seguir que les ayude a desarrollar habilidades sociales, emocionales y morales importantes para su crecimiento y desarrollo integral.
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La clave para romper este círculo vicioso de violencia en Colombia está en garantizar una educación de alta calidad. Una educación donde el desarrollo de habilidades socioemocionales tenga la misma o más importancia que las habilidades cognitivas. Se requiere que en los colegios se promueva el entendimiento intercultural, la empatía y la tolerancia hacia los demás; así como fomentar habilidades para la mediación y la resolución de conflictos de manera pacífica; y el desarrollo del pensamiento crítico, para que los estudiantes tengan la capacidad de cuestionar creencias y suposiciones y sean menos propensos a aceptar la violencia como la solución a los problemas. Además, la educación de calidad es aquella que brinda empoderamiento económico y social, lo cual es clave para reducir la desigualdad y la exclusión, factores que contribuyen a la generación de violencia. Por último, para ayudar a la población en Colombia a desaprender conductas violentas y rescatar el civismo, acciones de política como las que nos enseñó Antanas Mockus ayudarían bastante.
*Decana, Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas - Universidad Javeriana
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