7 Apr 2021 - 2:00 a. m.

“No hay injusticia más grande que un niño de cinco años empiece su vida con desventaja”: Moisés Wasserman

El reconocido educador en el país, publicó recientemente un libro en el que condensa la historia, los vacíos y los avances de la educación en Colombia. Cree que, aunque ha habido grandes logros, hay desafíos urgentes por resolver. Atender a la primera infancia es uno de ellos.

@SergioSilva03

Basta con repasar brevemente el Twitter de Moisés Wasserman para saber que una de sus principales inquietudes tiene que ver con la educación colombiana. En los últimos meses, desde múltiples espacios, ha sido una de las voces que han insistido en la necesidad de regresar a las clases presenciales. “No es un asunto de gustos. Es de respeto a derechos fundamentales y prevalentes”, escribió en una de sus más recientes columnas.

Parte de sus preocupaciones las había expresado en algunos apartes del libro que publicó hace poco. En las páginas finales de La educación en Colombia, como lo tituló, explicaba brevemente cómo la pandemia había puesto en evidencia las carencias del sistema de conectividad colombiano: en las grandes ciudades, el 40 % no tenía ni computador ni red; en las zonas rurales, el 90 %. Además, señalaba, el COVID-19 amenaza con aumentar aún más la brecha entre los jóvenes con más recursos y los menos favorecidos. Aunque reconocía los esfuerzos de varios actores, también era claro: “El hecho frío es que hay un rezago educativo serio y hay una ampliación de brechas y retroceso en muchos de los indicadores logrados”. (Lea acá un fragmento del libro)

Wasserman, PhD en bioquímica, exrector de la U. Nacional y miembro de la Misión de Sabios de 2019, está convencido de que la educación es “una de las condiciones que más fuertemente determinan las características de una sociedad”. Por eso, en parte, quiso condensar en un poco más de 200 páginas cuál es el estado de la educación colombiana y reflexionar sobre lo que ha sucedido en las últimas décadas. Su recuento ayuda a entender algunas de las razones por las que hoy el sistema está en aprietos. El primer paso para resolver los problemas que tenemos, dice, es aprender a diagnosticarlos con sinceridad. El Espectador conversó con él.

Empecemos con algo que repite en su libro y que lo escuchamos con frecuencia: hay una percepción de que la educación en Colombia ha sido una preocupación menor de los gobiernos. ¿Cuáles son las razones para creer lo contrario?

Lo que digo en forma bastante brusca es que el siglo XIX fue un siglo perdido. Y en la primera mitad del siglo XX se progresó muy poco. Eso fue debido, en gran medida, a nuestras guerras y a los cambios de gobiernos. También hubo una oscilación: la educación pasó del Estado a la Iglesia y de la Iglesia al Estado varias veces. Eso hizo que a principios del siglo XX y casi hasta mediados el progreso fuera mínimo. Éramos un país muy poco educado. Sin embargo, en el último medio siglo las cosas empezaron a cambiar. Hay algunos hechos muy claros: hubo una caída en el analfabetismo. Hoy tenemos un 5,4 % de analfabetismo, cuando a principios del siglo XX éramos un país mayoritariamente analfabeto. Además, en este momento tenemos una cobertura prácticamente total y gratuita de la educación básica. Pero empezamos a ocuparnos de la primera infancia (de 0 a 5 años) muy tardíamente, apenas en 2006. En este momento tenemos una cobertura baja, del 28 %. Hasta ese momento no considerábamos que eran sujetos que estudiaban, sino que debían ser cuidados. Cuando entré a la universidad en el año 64, el 4% de los jóvenes estábamos en la universidad. En este momento, el 53 %. Esos son algunos datos que muestran que, efectivamente, ha habido un progreso, un interés consistente. A pesar de muchos cambios de ministros, se ha construido una institucionalidad y hay una persistencia en ciertos programas, que nos han llevado a mejorar la educación. Lo cual no quiere decir que estemos bien. Pero no tiene sentido no reconocer lo que debe ser reconocido.

Cuenta que cuando entró a la U. Nacional los estudiantes más destacados provenían de colegios públicos de Bogotá. Hoy sucede lo contrario: los mejores son los colegios privados. ¿A qué obedece ese cambio drástico en nuestra educación pública?

Ese es uno de los grandes problemas. Hay un capítulo dedicado a los logros que reconozco, y posteriormente hay un capítulo dedicado a las carencias. Posiblemente, el problema central está relacionado con la inequidad. Hay desigualdades muy grandes en la educación, y uno de los componentes es la calidad. Efectivamente, como lo señala, la diferencia entre lo público y lo privado se ha hecho muy grande. En la educación superior aún hay un equilibrio y hay buenas instituciones tanto públicas como privadas. Pero en educación básica y media ha habido un desplazamiento de la calidad hacia lo privado, a pesar de que es menor cuantitativamente: representa apenas el 20 % de la educación. Lo público es el 80 %. Pero si usamos como indicador las pruebas que nosotros hacemos y las pruebas internacionales a las que nos presentamos, estos indicadores señalan una ventaja de un sector de los colegios privados. Eso es muy preocupante.

Hay un punto en el que insiste. La Misión de Sabios recomendó enérgicamente tratar de lograr cobertura total con calidad en el grupo a los de 0 a 5 años, en la mayor brevedad posible. Hoy es del 28 %. ¿Cree que se quedó en el papel o hay indicios de cambio?

Hay una consistencia en abordar el problema desde que lo descubrimos tardíamente. Apenas en 2006 adoptamos la Declaración de los Derechos del Niño. Es sumamente problemático. Es algo que tiene una logística muy compleja, por supuesto, pero debe ser una tarea absolutamente esencial para cualquier gobierno. Es una fuente de inequidad muy dolorosa. Decir que hay una cobertura del 28 % significa que siete de cada 10 niños no están recibiendo atención integral entre los 0 y los 5 años. Eso significa que hay niños que a los 5 años ya tienen desventaja con respecto a sus coetáneos. Es difícil imaginar una injusticia más grande que un niño de 5 años empiece su vida con desventaja. Hoy son muy claros los estudios en psicología y neurología: señalan que es absolutamente esencial en la formación en la personalidad del niño y en la formación neurofisiológica. En la Misión de Sabios consideramos que esta debe ser una de las grandes prioridades del Estado colombiano. (Le sugerimos: El renacer de la Misión de Sabios, 25 años después)

Muy poco hablamos sobre educación media, grados 10 y 11. Su balance no es satisfactorio. ¿Por qué? ¿Cuál es el principal inconveniente en ese eslabón?

En educación básica tenemos una cobertura bastante aceptable, muy cerquita a cobertura total. En la educación media, sin embargo, hay una caída fuerte. Es una caída supremamente dispar y disímil en regiones y muy disímil entre lo urbano y lo rural. Esta es una edad muy crítica, porque es cuando un joven empieza a construir su proyecto de vida adulta. Pero en ese sector hay un gran abandono. Es de suponer que los jóvenes que abandonan en esa franja van a hacer trabajos de inferior calidad y van a reclutarse en una fuerza de trabajo mucho menos satisfactoria, que generan menos desarrollo individual y menos ingresos. Por otro lado, en esa etapa es muy importante una educación diversificada. Hay muchas posibilidades de diferenciarse y enrumbarse en cierto desarrollo personal según sus gustos y necesidades, y eso está poco desarrollado.

En las pruebas saber 11, en el componente matemáticas, el 58% de las mujeres están en las categorías más bajas. Ese porcentaje es menor en los hombres, 48%. ¿Cuál es su explicación a esta diferencia?

Uno de los grandes problemas es que hay diferencias que generan inequidad. Hay diferencias de género, pero también de grupos étnicos, por ejemplo. En este caso, las diferencia de género es una carga histórica que tenemos. De cierta forma es explicable por una historia muy larga de desigualdad. Debemos tender a lo contrario: a una igualdad y una equidad perfecta entre géneros. Pero todavía tenemos muchos problemas. Hoy el porcentaje de mujeres en educación superior es mayor que el de hombres, lo cual es un buen paso y está indicando que vamos hacia una situación mejor, pero aún arrastramos rezagos de una historia de desigualdad que debemos superar. Hay que tomar medidas muy proactivas para disminuir y anular lo más pronto posible esas desigualdades. (Le podría interesar: “En Colombia todavía no se sabe cómo aprovechar a los matemáticos”)

Hablemos de la manera como evaluamos a nuestros profesores. La evaluación de competencias de docentes antes mostraba resultados muy malos, pero la modificaron en 2015, gracias a un logro sindical, y los resultados cambiaron drásticamente. ¿Cree que estamos evaluando a nuestros docentes de la manera equivocada?

Sí. No fue un error cambiar porque es un problema que había que abordarse. Pero este es uno de esos problemas en los que hay que sincerarse. Esa evaluación depende de un 80 % de una filmación de una clase, que se prepara. Evidentemente su estructura es la de una formalidad y no de una auténtica intención de evaluar. Está completamente divorciada la evaluación del maestro del resultado final, que es el aprendizaje de los estudiantes. Eso se ve en los resultados: mientras que a los maestros les va muy bien en la evaluación anual, a los estudiantes les va bastante mal. Eso lo que está indicando es que hay un divorcio entre las dos evaluaciones y eso implica que estamos haciendo una formalidad. No estamos haciendo una evaluación de impacto y de resultados. (Le sugerimos: Evaluación docente, a revisión)

Pasemos a la educación superior. ¿Debería ser considerada un derecho como la educación básica?

Sí. Incluso, cuando estaba en la rectoría de la. U. Nacional, trabajamos en un proyecto de ley reglamentaria para tratar de llevar la educación superior a calidad de derecho. En la Constitución está como un servicio público. Hay muchos casos en los cuales se ha equiparado el servicio público a un derecho. Y tratamos de hacerlo, pero no tuvimos éxito, infortunadamente. Nos apoyaron senadores de muy distintos grupos políticos, pero el proyecto no pasó. Con esto quiero decirle que sí, estoy de acuerdo y debemos tender hacia la educación como un derecho. Cada derecho lleva adjuntos responsabilidades y límites, pero creo que seríamos una sociedad mejor si entendemos la educación superior como un derecho en Colombia.

Es paradójico, como usted lo plantea, que solo el 2% de los jóvenes de educación superior estudien ciencias agrarias en un país con vocación agraria y, y solo otro 2% estudie ciencias naturales y matemáticas. ¿Cómo entender ese fenómeno?

Es un hecho sorprendente porque es absurdamente paradójico. Es indudable que el mundo está yendo hacia un rumbo mucho más basado en el conocimiento tanto en el desarrollo económico y tecnológico de las naciones como en el desarrollo social. La ciencia básica es absolutamente central en los desarrollos más importantes. Estamos hablando en un mundo global, de un cambio radical en la forma de producción y en el tipo de trabajo y nosotros tenemos un grupo muy pequeño de personas estudiando en esos campos. Eso incluye también lo agrario. Y uno de los problemas más importantes de la humanidad es la seguridad alimentaria. Ese es otro hecho en el cual tenemos que reflexionar. Es muy posible que sea el resultado de un cierto temor a las matemáticas y a las ciencias derivado de que se entienden mal y posiblemente se enseñan mal. Es un problema que debe ser abordado a todos los niveles empezando por los más tempranos de la educación.

En educación superior ha incrementado la cobertura. Pero en 2019 hubo un ligero descenso. De hecho, recuerdo que había rectores muy preocupados por lo que estaba sucediendo. ¿Cómo explicarlo y qué cree que va a pasar tras esta pandemia?

En realidad empezó en 2018. Fue un descenso leve. Lo que vaya a suceder tras la pandemia no lo sabemos. Pronto tendremos datos sobre cuánta deserción y cuántas inscripciones hubo. Eso es muy preocupante, porque el país se propuso alcanzar en un tiempo relativamente corto los indicadores promedios de la OCDE, a la cual pertenecemos, y que muestran una cobertura del 80 %. Nosotros estamos en un 53 %, aproximadamente. Queríamos llegar al 80 % y parece que nos estancamos. Hay muchas teorías para explicar eso. Algunos dicen que los estudios no son tan atractivos para los jóvenes, pero sinceramente lo dudo porque si vemos las solicitudes de admisión de las grandes universidades públicas es evidente que están recibiendo solo el 10 % de ellas. Entonces, a pesar de que hay otras posibles explicaciones, a mi parecer es falta de oportunidad. Y también tenemos que sincerarnos para buscar la forma de crecer y aprovechar todas las oportunidades que hay tanto del sector público como del sector privado para apoyar a los estudiantes y que puedan estudiar.

Uno de sus capítulos busca ver “el vaso medio lleno”; otro quiere ver el “vaso medio vacío”. Hay muy buenos argumentos en ambos lados. ¿Cuál de los dos vasos explica mejor la realidad de la educación en Colombia?

Yo creo que los dos la explican. Me parece que es absurdo negar el progreso. Hacerlo es algo pesimista porque los esfuerzos dan frutos. Por otro lado, es importante, repito, sincerarse. Si no se hace un análisis sincero, se diagnostican mal los problemas. Quien diagnostica mal pues cura mal. Si nosotros queremos mejorar, tenemos que diagnosticarnos con sinceridad. No se trata de descalificar personas ni instituciones. Se trata de identificar los problemas, entender las causas y abordar soluciones que ataquen esas causas.

Al final hace un listado de tareas pendientes por resolver. Son muchas. ¿Cuál es la más urgente?

Planteo dos tipos de tareas: las tareas pendientes, que las hemos identificado y diagnosticado. Tenemos una gran cantidad de documentos muy cuidadosamente construidos, con una amplia participación de personas que han dicho qué es lo que hay que hacer. Ahí tenemos una gran cantidad de tareas por hacer. Pero hay otra dimensión relacionada con el futuro, pues el mundo está cambiando, la educación está cambiando, las necesidades de los estudiantes egresados son diferentes y eso también tenemos que reconocerlo y abordarlo. Hay que abordar una pedagogía diferente, un acercamiento distinto. Muchos documentos insisten en que debe haber un cambio pedagógico en el sentido de poner más acento en el aprendizaje que en la enseñanza, que es la forma tradicional como hemos educado. Hay que poner más acento en la autonomía y la capacidad propia del estudiante para seguir formándose a lo largo del tiempo, porque la educación cada vez menos termina en el momento en que la persona recibe un diploma.

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