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15 años de la muerte de Ernesto Sabato: su advertencia sobre la “civilización maquinista”

Hoy se cumplen 15 años de la muerte del gran escritor argentino Ernesto Sabato y 75 años de la publicación de su libro “Hombres y engranajes”, del cual compartimos el prólogo.

Ernesto Sabato / Especial para El Espectador

30 de abril de 2026 - 10:00 a. m.
Ernesto Sabato ​ fue un escritor, pintor y físico argentino. Dejó tres novelas que son clásicos de la literatura hispanoamericana: "El túnel", "Sobre héroes y tumbas" y "Abaddón el exterminador". Nació el 24 de junio de 1911, en Rojas, Argentina, y murió el 30 de abril de 2011 en Santos Lugares. En 1984 recibió el Premio Cervantes de las Letras. Presidió la Comisión Nacional que investigó la desaparición de personas durante la dictadura en Argentina. Aquí, durante una conferencia en Caracas en 2002.
Foto: AP - LESLIE MAZOCH
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A la memoria de mi padre

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JUSTIFICACIÓN

Uno se embarca hacia tierras lejanas, indaga la naturaleza, ansia el conocimiento de los hombres, inventa seres de ficción, busca a Dios. Des­pués se comprende que el fantasma que se perseguía era Uno-Mismo. (Recomendamos una crónica sobre el vecindario de Ernesto Sabato, escrita por Nelson Fredy Padilla).

Reflexioné mucho sobre el título y la calificación que deberían llevar estas páginas. No creo que sea muy desacertado tomarlas como autobiografía espiritual, como diario de una crisis, a la vez personal y universal, como un simple reflejo del derrumbe de la civilización occidental en un hombre de nuestro tiempo. Este derrumbe que los comunistas imaginan un mero derrum­be del sistema capitalista, sin advertir que es la crisis de toda la civiliza­ción basada en la razón y la máquina, civilización de la que ellos mismos y su sistema forman parte.

Estas reflexiones no forman un cuerpo sistemático ni pretenden satis­facer las exigencias de la forma literaria: no soy un filósofo y Dios me libre de ser un literato; son la expresión irregular de un hombre de nuestro tiem­po que se ha visto obligado a reflexionar sobre el caos que lo rodea. Y si las refutaciones de teorías y personas son muchas veces violentas y ásperas, tén­gase presente que esa violencia se ejerce por igual contra antiguas ilusiones mías, que sobreviven en letra muerta, en algún libro, a su muerte en mi pro­pio espíritu; en ocasiones, a su añorada muerte. Porque también podemos añorar nuestras equivocaciones.

En 1934, cuando era un estudiante, fui enviado a un congreso comu­nista en Bruselas. Iba a Europa imaginando que los males del movimiento podían ser exclusivamente argentinos; todavía conservaba muchas ingenui­dades, todavía me resistía a aceptar el movimiento stalinista como un siste­ma de vasos comunicantes.

El universo burgués me había asqueado, como a tantos adolescentes, y me sentí impulsado hacia la revolución. Pero de pronto, ese movimiento revo­lucionario se me hundía bajo los pies, repentinamente me encontré en un vasto caos de seres y cosas. La existencia, como al personaje de La náusea, se me aparecía como un insensato, gigantesco y gelatinoso laberinto; y como él, sen­tí la ansiedad de un orden puro, de una estructura de acero pulido, nítida y fuerte. Así lo había sentido ya en mi adolescencia, cuando me precipité ba­da la matemática, y ahora se volvía a repetir el fenómeno, aunque con más fuerza y desesperación. De ese modo, retorné a ese universo no carnal, a esa especie de refugio de alta montaña al que no llegan los ruidos de los hombres ni sus confusas contiendas. Durante algunos años estudié, con frenesí, casi con furor, las cosas abstractas, me di inyecciones de trasparente opio, viví en el paraíso artificial de los objetos ideales.

Pero en cuanto levantaba la cabeza de los logaritmos y sinusoides, en­contraba el rostro de los hombres. En 1938 trabajaba en el Laboratorio Cu­rie, de París. Me da risa y asco contra mí mismo cuando me recuerdo entre electrómetros, soportando todavía la estrechez espiritual y la vanidad de aquellos dentistas, vanidad tanto más despreciable porque se revestía siem­pre de frases sobre la Humanidad, el Progreso y otros fetiches abstractos por el estilo; mientras se aproximaba la guerra, en la que esa Ciencia, que se­gún esos señores había venido para liberar al hombre de todos sus males fí­sicos y metafísicas, iba a ser el instrumento de la matanza mecanizada.

Allí, en 1938, supe que mi fugaz paso por la ciencia había conclui­do. ¡Cómo comprendí entonces el valor moral del surrealismo, su fuerza des­tructiva contra los mitos de una civilización terminada, su fuego purificador, aun a pesar de todos los farsantes que aprovechaban de su nombre!

De Francia pasé a los Estados Unidos, donde pude ver el Capitalis­mo Maquinista en su más vasta perfección. Volví a mi patria y empecé a es­cribir un primer balance, que publiqué en 1945 bajo el titulo de Uno y el Universo. En el prólogo, escribí: “La ciencia ha sido un compañero de via­je, durante un trecho, pero ya ha quedado atrás. Todavía cuando nostálgi­camente vuelvo la cabeza, puedo ver algunas de las altas torres que divisé en mi adolescencia y me atrajeron con su belleza desposeída de los vicios carna­les. Pronto desaparecerán de mi horizonte y sólo quedará el recuerdo. Mu­chos pensarán que ésta es una traición a la amistad, cuando es fidelidad a mi condición humana. De todos modos, reivindico el mérito de abandonar esa clara dudad de las torres donde reinan la seguridad y el ordenen bus­ca de un continente lleno de peligros, donde domina la conjetura".

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Durante cinco años me he movido en este continente conjetural. Sé mu­cho menos que antes, pero al menos ahora sé que no sé y sonrío melancólica­mente al releer algunos capítulos de aquel primer balance, todavía habita­do de tantos fantasmas, todavía candoroso creyente en ciertos cadáveres del mundo que fue. No incurrir en la nueva ingenuidad de imaginar que ahora me he desembarazado de cadáveres y fantasmas. Pero sí tengo la convic­ción de entrever ya con mayor crueldad los contornos de Uno-Mismo en me­dio de la confusión del Universo.

E.S. Santos Lugares, 1951.

Uno de los libros de ensayo de Ernesto Sabato sobre los peligros que enfrenta la humanidad y la cultura. "La resistencia" es del año 2000.

Introducción

Dice Martin Buber que la problemática del hombre se replan­tea cada vez que parece rescindirse el pacto primero entre el mundo y el ser humano en tiempos en que el ser humano parece encontrar­se en el mundo como un extranjero solitario y desamparado. Son tiempos en que se ha borrado una imagen del Universo, desapare­ciendo con ella la sensación de seguridad que se tiene ante lo fami­liar: el hombre se siente a la intemperie, sin hogar. Entonces, se pre­gunta nuevamente sobre sí mismo.

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Así es nuestro tiempo. El mundo cruje y amenaza derrumbar­se, ese mundo que, para mayor ironía, es el producto de nuestra vo­luntad, de nuestro prometeico intento de dominación. Es una quie­bra total. Dos guerras mundiales, las dictaduras totalitarias y los campos de concentración nos han abierto por fin los ojos, para reve­larnos con crudeza la clase de monstruo que habíamos engendrado y criado orgullosamente.

Ha llegado el momento de decir adiós al siglo XIX, a ese ma­ravilloso siglo XIX, con Stephenson y su máquina de vapor, su elec­tricidad, su pujante economía capitalista, su optimismo cósmico. Ese siglo en que todos los males de la humanidad iban ser resueltos mediante la Ciencia y el Progreso de las Ideas; en que se ponía a los hijos nombres como Luz y Libertad, y en que se constituían biblio­tecas de barrio llamadas Músculo y Cerebro.

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No me río de algo tan entrañablemente unido a mi infancia y adolescencia: más bien me sonrío con esa irónica ternura con que miramos las viejas fotografías de nuestros abuelos. Todavía recuerdo los días de mi niñez en un pueblo pampeano, con sus socialistas de corbata voladora y grandes sombreros negros.

Y aquellas bibliotecas en que se acumulaban libros de tapas blancas, con el retrato del au­tor en un óvalo: Reclus, Spencer, Zola o Darwin, ya que hasta la teo­ría de la evolución parecía subversiva y un extraño vínculo unía la historia de los peces y marsupiales con el Triunfo de los Nuevos Ideales.

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Y tampoco faltaba la Energética, de Ostwald, esa especie de biblia termodinámica, en que Dios aparecía sustituido por un ente laico pero también enigmático, llamado Energía, que, como su pre­decesor, lo explicaba y lo podía todo, con la ventaja de estar relacio­nado con la Locomotora.

El siglo XX esperaba agazapado como un asaltante nocturno a una pareja de enamorados un poco cursis. Esperaba con sus carnice­rías mecanizadas, el asesinato en masa de los judíos, la quiebra del sistema parlamentario, el fin del liberalismo económico, la desespe­ranza y el miedo.

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En cuanto a la Ciencia, que iba a dar solución a to­dos los problemas del cielo y de la tierra, había servido para facilitar la concentración estatal y mientras por un lado la crisis epistemoló­gica atenuaba su arrogancia, por el otro se mostraba al servicio de la destrucción y de la muerte. Y así aprendimos brutalmente una ver­dad que debíamos haber previsto, dada la esencia amoral del conoci­miento científico: que la ciencia no es por sí misma garantía de na­da, porque a sus realizaciones les son ajenas las preocupaciones éticas.

Frente al caos capitalista, surgió el movimiento socialista, pe­ro pronto adquirió los atributos del siglo que quería combatir: la Ciencia y la Máquina se convirtieron en sus dioses tutelares, y al so­cialismo “utópico” de Owen, Fourier y Saint-Simon sucedió el socia­lismo “científico” de Marx. Y de este modo, la concentración del po­der estatal mediante la ciencia y la economía condujo a los superestados basados en la máquina y en la totalización.

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Esta crisis no es sólo la crisis del sistema capitalista: es el fin de toda esa concepción de la vida y del hombre, que surgió en Oc­cidente con el Renacimiento. De tal modo que es imposible enten­der este derrumbe si no se examina la esencia de esa civilización re­nacentista.

Tal como Berdiaeff advirtió, el Renacimiento se produjo me­diante tres paradojas:

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1a Fue un movimiento individualista que terminó en la ma-sificación.

2a Fue un movimiento naturalista que terminó en la máqui­na.

3a Fue un movimiento humanista que terminó en la deshu­manización.

Que no son sino aspectos de una sola y gigantesca paradoja: la deshumanización de la humanidad.

Esta paradoja, cuyas últimas y más trágicas consecuencias pa­decemos en la actualidad, fue el resultado de dos fuerzas dinámicas y amorales: el dinero y la razón. Con ellas, el hombre conquista el po­der secular. Pero —y ahí está la raíz de la paradoja— esa conquista se hace mediante la abstracción: desde el lingote de oro hasta el clearing, desde la palanca hasta el logaritmo, la historia del creciente do­minio del hombre sobre el universo ha sido también la historia de las sucesivas abstracciones.

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El capitalismo moderno y la ciencia po­sitiva son las dos caras de una misma realidad desposeída de atribu­tos concretos, de una abstracta fantasmagoría de la que también for­ma parte el hombre, pero no ya el hombre concreto e individual si­no el hombre-masa, ese extraño ser todavía con aspecto humano, con ojos y llanto, voz y emociones, pero en verdad engranaje de una gi­gantesca maquinaria anónima. Este es el destino contradictorio de aquel semidiós renacentista que reivindicó su individualidad, pro­clamando su voluntad de dominio y transformación de las cosas. Ig­noraba que también él llegaría a transformarse en cosa.

Hombres como Pascal, William Blake, Dostoievsky, Baudelaire, Lautréamont, Kierkegaard y Nietzsche intuyeron que algo trá­gico se estaba gestando en medio del optimismo. Pero la Gran Ma­quinaria siguió adelante. Desolado, el hombre se sintió por fin en un universo incomprensible, cuyos objetivos desconocía y cuyos Amos, invisibles y crueles, lo llenaban de pavor.

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Mejor que nadie, Franz Kafka expresó la sensación de desamparo del hombre de nuestro tiempo. Y aunque la soledad del hombre es perenne, no sociológica sino metafísica, únicamente una sociedad como ésta podía revelarla en toda su magnitud. Así como ciertos monstruos sólo pueden ser entrevistos en las tinieblas nocturnas, la soledad de la criatura hu­mana se tenía que revelar en toda su aterradora figura en este cre­púsculo de la civilización maquinista.

Por Ernesto Sabato / Especial para El Espectador

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