DESTRUIR A NIETZSCHE, DICE...
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En su voluntad furiosa de quererse sin dioses ni maestros, Freud hace de Nietzsche el hombre a quien es preciso abatir. Veamos justamente en este blanco privilegiado una invitación a llevar a cabo una pesquisa sobre esa alergia particular y constante. ¿Por qué Nietzsche? ¿En nombre de qué extrañas razones? ¿Para proteger qué o a quién? ¿Con el fin de sofocar qué secretos? ¿Qué significa, en él, esa ardiente pasión por negar la filosofía y a los filósofos, entre quienes se cuenta? ¿Por qué ha de ser él lo que no querría que se supiera: un filósofo, precisamente un filósofo, sólo un filósofo, nada más que un filósofo? De hecho, para un hombre sediento de fama, la filosofía conduce con menos facilidad que un descubrimiento científico al reconocimiento planetario...
La inscripción del psicoanálisis en un linaje legendario, fabuloso y mitológico se acompaña de la mayor de las violencias contra la influencia más manifiesta del filósofo mismo que afirma esta idea fuerte y cierta, justa y poderosa, pero efectivamente incompatible con la leyenda: toda filosofía es la confesión autobiográfica de su autor, la producción de un cuerpo y no la epifanía de una idea venida de un mundo inteligible. Freud se pretende sin influencias, sin biografía, sin raíces históricas: la leyenda lo exige.
Freud libró sin interrupción el combate contra los filósofos y la filosofía, a la manera de aquellos que, de Luciano de Samosata a Nietzsche, pasando por Pascal o Montaigne, ilustran la famosa tradición de que burlarse de la filosofía es propiamente filosofar. Si un día recibió el premio Goethe en vez del Nobel de medicina que daba por descontado, fue sin duda porque, ya durante su vida, un areópago consideró que su obra pertenecía más a la literatura que a la ciencia.
En la mitología freudiana escrita por su propia iniciativa, Goethe tiene un papel importante, porque sería el desencadenante de todo un destino. En efecto, cuando Freud duda y busca su camino, en el momento mismo en que la filosofía lo tienta más que cualquier otra cosa, antes de abrazar la carrera médica que, según su confesión, fue un malentendido, una vía tomada por defecto, Goethe le señala hacia dónde ir. En la Presentación autobiográfica, aquél afirma que la lectura pública de “Die Natur”, el ensayo del poeta alemán, lo convenció de iniciar los estudios de medicina. ¡Podría encontrarse un disparador menos literario para un destino científico!
En 1914, en la Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico, Freud pretende que ha leído a Schopenhauer, por cierto, pero que su propia teoría de la represión no tiene nada que ver con El mundo como voluntad y representación, aunque la de este libro sea exactamente igual y la preceda por más de medio siglo. El lector de las mil páginas de la Philosophie des Unbewussten [Filosofía de lo inconsciente] de Eduard von Hartmann puede indicar asimismo otras proximidades entre Freud y este otro filósofo alemán, también schopenhaueriano, sobre todo en lo relacionado con la cuestión central de los determinismos del inconsciente. Freud lo asegura: ha pensado por sí solo y descubierto sin ayuda su teoría de la represión; a continuación, se sintió muy dichoso al comprobar que el pensamiento de Schopenhauer confirmaba el suyo.
Su relación con Nietzsche se muestra bajo una luz más problemática y, para decirlo todo, bastante neurótica. En esa misma confesión, Freud escribe: “Me rehusé el elevado goce de las obras de Nietzsche con esta motivación consciente: no quise que representación-expectativa de ninguna clase viniese a estorbarme en la elaboración de las impresiones psicoanalíticas” [XIV, p. 15]. ¡Curiosa revelación! ¿Por qué razones rehusarse un placer que, sin embargo, se estima tan elevado? ¿Por qué remitir a motivaciones conscientes, cuando uno ha basado su fondo de comercio en la idea de que la raíz de todas las cosas es inconsciente? ¿Qué justifica que no aplique su método y que evite cuestionar su propio inconsciente acerca de esa negativa particularmente significativa? ¿Qué hay que englobar bajo la vaga expresión de “representación-expectativa”?
Freud leyó pues a Schopenhauer, pero sus teorías jamás influyeron en él, ni siquiera donde son semejantes, ¡y por otro lado, no leyó a Nietzsche para evitar caer bajo su influencia! ¿Cómo saber empero que existe el riesgo de ser influenciado si no se tiene ya la certeza de que las tesis coinciden? Por más que el doctor vienés practique la renegación, no deja de ser cierto que el freudismo parece un retoño singular del nietzscheanismo para cualquier lector que esté aunque sea un poco informado en materia de filosofía.
Sigmund Freud conoce a Nietzsche y, aun cuando no lo haya leído, ha hablado mucho de él con interlocutores que lo conocían por haberse codeado con él en el camino de Eze, cerca de Niza. Durante sus años de universidad —esto es, entre 1873 y 1881—, Freud escuchó hablar de él en las clases de filosofía de Brentano. En una carta a Fliess, escribe que ha comprado las obras de Nietzsche. ¡Qué extraño gesto: adquirir los libros de un filósofo a quien no se leerá a fin de evitar su influencia! Dice a su amigo: “Espero encontrar en él las palabras para muchas cosas que permanecen mudas en mí, pero todavía no lo he abierto. Demasiado perezoso por el momento” (1 de enero de 1900). Ahora bien, Freud era todo menos perezoso...
El 28 de junio de 1931, cuando ya tiene a sus espaldas lo esencial de su obra, escribe a Lothar Bickel: “Me he negado a estudiar a Nietzsche a pesar de que —no, porque— corría el notorio riesgo de encontrar en él intuiciones cercanas a las probadas por el psicoanálisis”. Retengamos la lección, entonces: el filósofo tiene intuiciones; el psicoanalista, pruebas. Tal es la línea de defensa adoptada por Freud en su crítica de toda la filosofía: ese mundillo que no le incumbe —a él, el médico—, se mueve en el cielo de las ideas, postula, habla sin pruebas, afirma, produce conceptos sin preocupación por su verosimilitud; en cambio, el psicoanálisis procede de otra manera: después de observación, examen, comprobación de los casos, deducción científica, entrega verdades indubitables.
En la historia de la humanidad, por tanto, y según la opinión del hombre del diván, Nietzsche no tiene más que intuiciones, mientras que Freud se desenvuelve en el mundo científico donde las cosas se prueban... Ya veremos que no hay peor filósofo que el que se niega a serlo y se supone un científico que, para creer en su propia mentira, debe falsificar resultados, inventar conclusiones, mentir acerca del número de presuntos casos que le permiten llegar a verdades hipotéticas desautorizadas por la realidad. Pero nuestra pesquisa no hace sino empezar...
La puesta en paralelo de sus biografías nos informa sobre estos dos contemporáneos. Nietzsche es doce años mayor, una nadería cuando los individuos ya están incorporados a la escena filosófica. Su primer texto, El nacimiento de la tragedia, aparece en 1871, cuando Freud estudia en la escuela secundaria. El mayor publica la Primera consideración intempestiva; el menor ingresa en medicina. Nietzsche firma su texto sobre Wagner; Freud estudia la sexualidad de las anguilas en Trieste. Breuer comenta el caso de Anna O. a Freud; Nietzsche publica La gaya ciencia y aparece Así habló Zaratustra; Freud asiste a los cursos de Charcot. En 1886, Freud abre su consultorio en Viena el domingo de Pascua (!); Más allá del bien y del mal llega a las librerías. El 3 de enero de 1889, Nietzsche se derrumba al pie de un caballo en Turín e inicia un periodo de diez años de locura; durante ese mismo año, Freud perfecciona su técnica hipnótica, bastante pobre, en Nancy, con Bernheim. Nietzsche va a vivir sus últimos diez años en la postración y el silencio, acompañado por su madre y luego por su hermana, que se apoderan de él para disfrazar su obra y su pensamiento, y llevar al filósofo en dirección al nacionalsocialismo. Durante ese decenio de muerte en vida, Freud dedica escritos a las parálisis histéricas, las afasias, la etiología sexual de las histerias, otros tantos temas útiles para examinar el caso Nietzsche.
Y luego, símbolo fuerte de las fechas, Nietzsche muere con el inicio del siglo, el 25 de agosto de 1900, año bisagra en el cual aparece La interpretación de los sueños, una obra posdatada, dado que ya se encuentra en las librerías un tiempo antes, desde octubre de 1899; Freud, empero, desea esa fecha redonda e inaugural para dar un sentido a la salida oficial de su libro: cree que con ese texto, su fortuna, en todos los sentidos de la palabra, está asegurada. Se tiran seiscientos ejemplares, de los cuales se venden ciento veintitrés los seis primeros años; la edición tarda ocho años en agotarse. Muerte de Nietzsche, nacimiento del nietzscheanismo, advenimiento del freudismo...
Los diez años de locura de Nietzsche corresponden a una increíble moda que no puede no haber arrastrado a Freud: construcción de la Villa Silberblick, creación de los Archivos Nietzsche, edición de una biografía escrita por su hermana, reedición de sus obras en colecciones más accesibles, aparición del libro de Lou Andreas-Salomé que pone en perspectiva la vida y la obra; vigencia europea del filósofo: Mahler el vienés y Richard Strauss componen piezas musicales basadas en el Zaratustra, de todas partes llegan personas para visitarlo, la hermana escenifica el ritual de las visitas. Así como hubo una manía schopenhaueriana, hay ahora una manía nietzscheana, una manía fin de siglo. ¿Cómo habría escapado Freud a esta histeria de pretexto filosófico?
El filósofo descansa desde hace apenas ocho años en el cementerio de Röcken y la Sociedad Psicoanalítica de Viena consagra su sesión del 1 de abril de 1908 a este tema: “Nietzsche: ‘¿Qué significan los ideales ascéticos?’, tercer tratado de La genealogía de la moral”. Si Freud no lo ha leído, de ahora en adelante ya no puede decir que ignora sus tesis, en especial las que tienen un papel tan grande en su teoría de la génesis de la civilización a través de la inhibición de los instintos... Así es como se puede conocer sin conocer, saber e ignorar al mismo tiempo, disponer de los conceptos nietzscheanos sin haber leído una sola línea del pensador, al menos si damos crédito a la hipótesis antojadiza de la compra de libros que se ha previsto no leer...
Tras la lectura de un extracto de la Genealogía, el orador expone directamente su tesis: “Un sistema filosófico es el producto de un impulso interior y no difiere en demasía de una obra artística”. Esta opinión sobre Nietzsche es... ¡nietzscheana! En efecto, el filósofo no dijo otra cosa en su prefacio a La gaya ciencia o en las páginas dedicadas a las mentiras de los filósofos en Más allá del bien y del mal, páginas donde acomete a martillazos contra el cristal de la tesis de una génesis celestial de las ideas, para afirmar que todo pensamiento procede de un cuerpo.
El expositor de esta lectura es Hitschmann, quien señala que conoce poca cosa de la biografía del filósofo. De todos modos, hace notar: una infancia sin padre; una educación en un medio de mujeres; muy pronto, una inquietud por las cuestiones morales; la afición a la Antigüedad en general y a la filología en particular, y una fuerte tendencia a la amistad viril a la manera romana, lo cual, en un medio de psicoanalistas siempre dispuestos a sexualizar las cosas, se convierte de modo perentorio en una tendencia a la “inversión”.
El orador señala asimismo el contraste entre su vida triste, trágica, y la reivindicación de la alegría de su obra; la contradicción que habría en propiciar la crueldad en sus libros y la práctica de la simpatía o la empatía mencionadas por todos los observadores que tomaron contacto con Nietzsche, y su relación patológica con la escritura, como lo ejemplifica la redacción de la Genealogía en apenas veinte días. Siguen consideraciones sucintas sobre la culpa, el bien, el mal, la mala conciencia y el ideal ascético, otros tantos conceptos reactivados más adelante en el análisis freudiano.
El conferenciante agrega igualmente lo siguiente: Nietzsche no habría advertido que su obra provenía de deseos incumplidos. Para decirlo de forma más concreta, si hubiera tenido una vida sexual normal, probablemente no habría frecuentado los burdeles y, con ello, no se hubiera afanado en denostar en el papel las lógicas del ideal ascético... Si bien el filósofo no dijo nada acerca de ese tema que lo incumbía en concreto, no dejó de hacer saber teóricamente que componía su partitura conceptual con sus fuerzas y sus debilidades, sus deseos y sus instintos, sus carencias y sus desbordes. El conferenciante termina con la “parálisis” del filósofo que impide llevar a buen puerto un análisis digno de ese nombre.
La ponencia es seguida por una discusión. Contrariamente a lo que hace suponer una idea difundida, los psicoanalistas no son liberadores del sexo ni revolucionarios en el terreno de las costumbres. Freud no lo desmiente. La homosexualidad, la inversión, la libido libertaria y hasta la masturbación son temas a cuyo respecto encontramos, con el pretexto del vocabulario de la corporación, un espantoso conformismo burgués. Para uno, Nietzsche es “un sujeto viciado”, juicio expeditivo muy útil para despachar de inmediato al filósofo y su filosofía con el fin de concentrarse en el caso patológico. Se diagnostica una histeria y asunto arreglado. ¡Sin prueba alguna, la asamblea habla de su motivación homosexual! Para otro, Nietzsche no puede ser un filósofo, a lo sumo un moralista del talante de los maestros franceses, como La Rochefoucauld o Chamfort.
Un tercero, Adler, se expresa de este modo: “Nietzsche es el más cercano a nuestra manera de pensar”. El futuro enemigo íntimo de Freud osa incluso trazar un linaje que va de Schopenhauer a Freud vía Nietzsche... A su entender, mucho antes de la técnica psicoanalítica, este último descubrió lo que el paciente comprende con los progresos de la terapia. Y agrega que el autor de La genealogía de la moral entendió el lazo de causalidad entre la inhibición de la libido y las producciones de la civilización: arte, religión, moral, cultura. Todavía estamos lejos de la aparición de El malestar en la cultura o El porvenir de una ilusión, pero Adler da en el blanco.
Federn insiste con el concepto: “Nietzsche está tan cerca de nuestras ideas que ya no nos queda sino preguntarnos qué se le escapó”. Luego, crimen de lesa majestad cometido en presencia de Freud: “Anticipó por intuición algunas ideas de Freud; fue el primero en descubrir la importancia de la abreacción, de la represión, de la huida en la enfermedad, de las pulsiones sexuales normales y sádicas”. ¡Poca cosa! Resulta que al menos una vez se dijeron esas cosas, incluso en presencia del maestro, siempre silencioso. Viciado para unos, precursor de Freud para otros, será menester escoger, salvo que una cosa no excluya la otra, pero entonces también habrá que decirlo...
Freud toma la palabra. Explica que ha renunciado al estudio de la filosofía a causa de la antipatía —así dice— que le genera su carácter abstracto... Quien haya leído los trabajos de metapsicología o Más allá del principio de placer concluirá con razón que el muerto (psicoanalítico) se ríe del degollado (filosófico)... Freud confiesa ante la asamblea que ignora a Nietzsche: “Sus tentaciones ocasionales de leerlo fueron sofocadas por un exceso de interés”, informa el redactor de Las reuniones de los miércoles: actas de la Sociedad Psicoanalítica de Viena. Nuevo sofisma freudiano: no prestar interés por exceso de interés...
Está claro que Freud no olvida responder a aquellos, Adler el primero, que tienen la insolencia de creer que podría haber tenido predecesores que le aportaron tal o cual idea útil para su proyecto. La consigna ontológica sigue siendo la siguiente: Freud descubre todo exclusivamente por obra de su genio, está tocado por la gracia y nada ni nadie sería capaz de influenciarlo. El secretario de la Sociedad anota: “Freud puede asegurar [sic] que las ideas de Nietzsche no han tenido influencia alguna sobre sus trabajos”. Como puede asegurarlo, nadie tendrá la desfachatez de pedirle pruebas.
Es el turno de Rank, otro psicoanalista famoso. Delira sobre la pulsión sadomasoquista reprimida en el filósofo y sobre su papel en la constitución de la filosofía de la crueldad. Por su parte, Stekel, ingeniero de la “mujer frígida”, despliega una tesis que debería desencadenar una carcajada interminable pero que, dado que la seriedad es la virtud mejor repartida en los cenáculos psicoanalíticos, se abre paso en la mente de los oyentes. Este hombre, en efecto, “tiende a ver una suerte de confesión en el hecho de que Nietzsche aconseje las glándulas de lúpulo y el alcanfor”. ¿Dónde? Nadie sabe. ¿En qué circunstancias? Tampoco se sabe. Y el lector de Nietzsche no emitirá juicio sobre el diagnóstico de Stekel, por no haber encontrado en la obra completa de aquél una sola mención de esas glándulas de lúpulo...
Como la asamblea parece no haber hecho casi ningún progreso en la resolución del caso Nietzsche, le dedica una nueva sesión el 28 de octubre del mismo año. En el menú: la aparición de Ecce Homo, presa codiciada para esta cofradía. El orador, Häutler, propone esta tesis: el libro es un autorretrato soñado; podríamos agregar: “pleonasmo”... Para halagar al maestro defensor de la tesis de la ausencia de curación por el beneficio producido por la enfermedad, Häutler agrega que Nietzsche no quiere curarse porque sabe que su dolencia es la causa de su reflexión.
Sigue una discusión pasmosa. En ella, efectivamente, se descubre, en la más pura lógica de la alucinación colectiva, un ejemplo de sofistería que confirma a Freud en su renegación de toda contaminación con el pensamiento de Nietzsche. He aquí el paralogismo de Häutler: “Sin conocer la teoría de Freud, Nietzsche sintió [sic] y anticipó muchas cosas de ella: por ejemplo, el valor del olvido, de la facultad de olvidar, su concepción de la enfermedad como sensibilidad excesiva con respecto a la vida, etcétera”. Pasemos por alto el “etcétera” y apreciemos el desvarío: ¡Freud, precursor de Nietzsche!
Puesto que, a pesar de las fechas y en virtud de un efecto de inversión espectacular, Freud resulta ser un predecesor de Nietzsche. ¡No conocer a Freud pero sentir muchas de sus cosas supone una hazaña intelectual! En efecto, si Nietzsche hubiera leído a Freud antes de hundirse en la locura, habría tenido entre manos dos o tres artículos sobre las gónadas de las anguilas, las neuronas de cangrejo o el sistema nervioso de los peces, nada que hiciera posible una teoría del olvido, por ejemplo, sin hablar del “etcétera”. Contra toda lógica elemental, aquí casi tenemos pues a un Freud prenietzscheano, cuando el sentido común lleva simplemente a la conclusión de un Freud nietzscheano.
Para matar al Padre que es Nietzsche, podemos entonces ignorarlo, minimizar su existencia, simular no conocerlo o, mejor, declarar que nos es totalmente indiferente, afirmar que su importancia en nuestra vida se reduce a cero. También podemos cometer un asesinato simbólico, al desconsiderar al hombre con una lectura insidiosamente moralizadora. Nietzsche se convierte a la sazón en un homosexual, un invertido, un cliente regular de burdeles masculinos donde ha contraído la sífilis. ¿Faltan pruebas para afirmar esta particularidad sexual del filósofo? Basta con poner en circulación un nuevo sofisma: si nada muestra esa inversión, es porque estaba reprimida y por ende tanto más presente, aún más fuerte y poderosa en sus efectos. En virtud del principio: “Es homosexual pero, si parece no serlo, se debe a que es un homosexual reprimido y por consiguiente un ser aún más afectado a causa de la amplitud de su represión”. Todo el mundo está condenado a este régimen dialéctico, nadie se libera... Conclusión: “Es indudable [sic] cierta anomalía sexual”, informa el secretario. ¿Las pruebas? Premisa mayor: Ecce Homo testimonia un evidente narcisismo; premisa menor: ahora bien, el narcisismo constituye un notorio signo de homosexualidad; conclusión: Nietzsche es homosexual.
Y la homosexualidad es una perversión... Nietzsche perverso, Nietzsche que paga a hombres en un tugurio en el cual contrae el treponema, Nietzsche invertido, Nietzsche afectado de una anomalía sexual, Nietzsche paralítico, Nietzsche histérico, Nietzsche que reprime en sí a las mujeres, Nietzsche narcisista: ¿cómo podría un monstruo semejante influir siquiera un poco en Freud?
In cauda venenum, Freud concluye su asesinato con una especie de gesto amable: sea como fuere, Nietzsche habría llevado la introspección a un grado pocas veces o nunca alcanzado; al menos, al que nadie llegó. ¿Freud leyó a Agustín? ¿O a Montaigne? ¿O, si no a éstos, a Rousseau? Habrá quien crea que el bello gesto podría salvar un tanto la situación. No contemos con ello: en efecto, Freud decreta que, pese a ese aspecto favorable, los logros de Nietzsche son sólo particulares, individuales, certezas que no valen sino para él. En otras palabras: nada interesante. En cambio, él, Freud, ha descubierto verdades universales.
El 21 y 22 de septiembre de 1911 se celebra en Weimar un congreso de psicoanalistas. Dos de ellos, Sachs y Jones, visitan a la hermana de Nietzsche. El peregrinaje a la casa de Elisabeth Förster-Nietzsche no se hará sin el consentimiento de Freud, que por su parte no se desplazará hasta la villa... ¡Aquí tenemos, pues, a dos apóstoles del freudismo en su visita a una de las más grandes falsarias de todos los tiempos! En efecto, esta mujer hizo todo lo posible para arrojar a su hermano en brazos del nacionalsocialismo, a fuerza de fraudes, mentiras y maldades, entre ellas la publicación de La voluntad de poder, una falsificación en debida forma destinada a construir la leyenda de un Nietzsche antisemita, belicista, nacionalista prusiano, pangermanista, celebrador de la crueldad, la brutalidad y la falta de piedad: un retrato de su hermana...
Tal es, pues, la mujer a cuyos pies se ponen los freudianos que le llevan mirra e incienso con la bendición de Freud. Ernest Jones es el portavoz del congreso. Reconoce las proximidades intelectuales entre Freud y Nietzsche. ¿Habrá llegado la hora de la reconciliación? ¿Habrá solucionado Freud, por fin, el problema de ese Padre filosófico, admitiendo su paternidad? En el momento de la presentación del cuerpo sagrado del psicoanálisis a la hermana del filósofo que hizo posible ese extraño parto, Freud conoce a Lou Andreas-Salomé en Weimar. Lou, el objeto fantasmático del filósofo, la autora del primer verdadero libro que demuestra el carácter autobiográfico y existencial de la obra del pensador, pero también la enemiga jurada de Elisabeth, que le profesa un odio mortal por numerosas razones, entre ellas, en parte, la ascendencia judía de esta luterana libertina culpable de arrastrar a su hermano a la pendiente (fantasmática) de sus malas costumbres.
Sachs y Jones aseguran que entre Nietzsche y Freud hay un parentesco intelectual: este reconocimiento, en un hombre que tanto ha hecho para afirmar lo contrario, está preñado de sentido. Se ignora qué piensa Freud de esta iniciativa, si la ha promovido, tolerado, qué sabe y, eventualmente, qué espera de ella, cuáles son sus verdaderas razones, sus móviles estratégicos o tácticos, pues no cabe imaginar que una confesión semejante no esté motivada por una expectativa lo bastante grande para justificar algo que podría emparentarse en él con un gesto de vasallaje intelectual. Enigma...
Elisabeth Förster, histérica notoria, antisemita en grado sumo, malvada mujer y mala persona, debió observar con curiosidad ese homenaje rendido en su propia casa por representantes de una disciplina judía capaz de significar para ella la cumbre de la corrupción moral e intelectual. Freud, por su parte, consideraba problemática la sobrerrepresentación judía en el psicoanálisis y anhelaba, con Jung, encontrar avales “arios” (son sus palabras) para esta nueva disciplina destinada a expandirse por el planeta entero. ¿La visita a la hermana de Nietzsche se inscribía en ese marco? Nadie lo sabe.
Hacia el final de su vida, por fin mundialmente reconocido, Freud escribe en una carta a Arnold Zweig, del 11 de mayo de 1934: “Durante mi juventud, [Nietzsche] representaba para mí una nobleza que no estaba a mi alcance. Uno de mis amigos, el doctor Paneth, fue a conocerlo en la Engadina y solía escribirme una multitud de cosas a su respecto”. ¿Qué abarca esa “multitud de cosas”? Probablemente, lo que preocupaba a Nietzsche en ese momento: la transvaloración de los valores; el cuerpo identificado con la gran razón; el “ello” (un concepto fundamental de la segunda tópica freudiana) como instancia determinante de lo consciente; la naturaleza imperiosa de la voluntad de poder; la crítica de la moral judeocristiana dominante; su papel en la producción del malestar contemporáneo y la miseria sexual, como no sean las tesis de La genealogía de la moral sobre la culpa, la falta, la mala conciencia y otras que reaparecen apenas modificadas en los análisis freudianos.
El mismo Arnold Zweig confiesa a Freud su deseo de escribir una obra sobre el derrumbe de Nietzsche. Adjunta un primer borrador a este pedido epistolar, y recibe como respuesta una invitación a abandonar el proyecto. Con referencia a esta historia, Ernest Jones informa que Freud aconsejó a Zweig renunciar, “aunque admitía no saber con precisión por qué razones”. Podemos imaginar que la famosa nobleza nietzscheana que, en su juventud, le parecía inalcanzable, recuerda la psicología del zorro en la fábula de La Fontaine, que, al no poder llegar hasta las uvas, se aparta de ellas con el pretexto de que están demasiado verdes... ¿Nietzsche encarna un ideal del yo demasiado elevado para un discípulo incapaz de ponerse a su altura y que, debido a ello, quema lo que adora? La hipótesis me resulta tentadora...
* Se publica por cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial.