1.825 días de soledad (Un homenaje a Orlando Posada)

Esta carta es un homenaje de Sofía Alejandra Posada Jiménez a su padre, Orlando Posada, colaborador de El Magazín, a cinco años de su fallecimiento.

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Sofía Alejandra Posada Jiménez
09 de junio de 2019 - 06:02 p. m.
Cortesía
Cortesía
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

Es increíble lo rápido que pasa el tiempo, lo rápido que avanza el mundo sin detenerse, lo rápido que nos obligamos a seguir adelante sin mirar el pasado, y tan rápido es el pasar del tiempo que sin darme cuenta han pasado 1.825 días desde tu partida, y realmente no sé qué pensar sobre ello, porque siendo que en su mayoría han sido días llenos de dudas, tristeza y sobre todo soledad, los otros días han sido llenos de la monotonía que abarca mi vida o simplemente días tranquilos.

La verdad, no se en qué momento la gente empezó a creer que el tiempo lo cura todo, porque si así fuera desde hace mucho tiempo hubiera dejado de escribir sobre ti. Cada día intento algo diferente para dejar de llorarte pero cada día significa un fracaso más, 1.825 fracasos para ser exacta, no sé por qué, porque de verdad intento estar como antes pero tu marcaste un antes y un después en mi vida, tu partida no me dejó ser la misma y sin saberlo hizo otra persona totalmente diferente. Daría lo que fuera para que estuvieras a mi lado, para que me corrigieras y me ayudaras a dejar tantas dudas y tanta tristeza que guardo.

Muchas veces desearía poder pensar en ti sin llorar, pero ahí es donde me doy cuenta de que todavía sigues doliendo, que cada día te extraño y necesito más.

Y la verdad es que me duele admitir que relativamente hace poco me di cuenta de eso, apenas después de tu primer aniversario me vine a dar cuenta de la realidad que tenía que aceptar, durante el primer año de tu muerte fue como si estuviera anestesiada, no sentía la soledad de tu partida, no me hacía falta verte cada mañana, no extrañaba que me enseñaras sobre cultura porque siempre tuve la idea de que seguías vivo, que estabas de viaje pero siempre tuve la ilusión de que entrarías por la puerta de la casa pon equipaje pero con una enorme sonrisa, lo cual ahora suena algo ilógico, pero apenas tenía 12 y la ilusión de tener a mi papá por más tiempo. Muchas veces me llegué a preguntar por qué el ambiente en la casa estaba así, tan silencioso y triste, pero después de tu primer aniversario logré darme cuenta, mi tía tuvo la idea de reunir todos tus escritos en un libro, donde de alguna manera quedaran inmortalizadas tu esencia y tu manera de ver el mundo, y cuando tuve ese libro en mis manos pude comprender nunca más ibas a debatir conmigo, nunca más me ibas a decir que tenía que estudiar para destacarme en el mundo, nunca más te iba a escuchar hablando, ni en mis sueños lo haría, y lastimosamente, a mis 13 años tuve que entender de una vez por todas que ahora tenía que estar siempre por mi cuenta, pues aunque tengo más familia, para mí, tu y yo éramos un equipo, eras mi complemento y me había quedado sin él. 

Lograr superar ese impacto ha sido muy difícil, y llego a el punto de que he olvidado muchas cosas que pasamos juntos, muchas, la mitad de los recuerdos que tenía contigo ahora no los tengo y me encantaría tenerlos, pero creo que podré recordarte más y mejor cuando deje de llorar cada vez que pienso en ti. Ese año fue demasiado difícil, tuve que aceptar que no estabas, que ahora mi hogar eran mi mamá y mi abuela, que iba a tener un hermano y lo peor de todo es que nada de lo que estaba pasando me gustaba, nada, no aceptaba la idea de que ya no eras mi hogar, de que había alguien nuevo en mi vida, me estresaba solo pensar cuánto iba a cambiar mi vida y me dolía porque pensaba que nada de eso debía haber pasado. 

Muchas noches me culpé por no ayudarte, pude haber llamado a una ambulancia o tratar de hacer algo, pero simplemente me quedé sentada frente a ti mirando cómo lo más preciado de mi vida se iba sin hacer el mínimo esfuerzo de detenerlo y por ese pensamiento pasé muchas noches llorando hasta altas horas para luego ir al colegio y quedarme dormida en la menor oportunidad que tuviera, y lo peor es que se hizo parte de mi rutina, el sufrir por algo que no se podía cambiar era mi pan de cada día, y se incrementó en la medida en que el embarazo de mi mamá avanzaba, yo no quería nada de eso, te quería a mi lado para poder afrontar mejor la vida, pero la vida me quitó esa oportunidad. Cuando fue tu segundo aniversario ya las cosas se habían calmado un poco, pero de todas maneras seguí tan concentrada en mi dolor que no veía mas allá, no veía que la vida pasaba y yo no seguía con ella como antes, solo dejaba que me llevara con ella sin rumbo fijo o sin meta alguna, para ese momento pensé que junto con mi papá, mis metas y sueños en la vida también se habían ido porque siempre tuve muy claro que tenía esas metas para él se sintiera orgulloso de mí y sin él no había razón alguna para cumplirlas. Simplemente cada día era más y más difícil y estaba en lo correcto cuando pensé en que mi vida iba a cambiar mucho desde el día en el que él se fuera y así fue, después de dos años, cerca al tercer aniversario de mi papá y a pocos días de que cumpliera 15 años, nos fuimos de la ciudad y lastimosamente lo que todos pensaron que sería para bien, no lo fue, o por lo menos para mí.

En enero del 2017 llegamos a Pereira, aunque terminaría viviendo en Dosquebradas. El cambio fue muy difícil, pero en realidad no me sorprendía. Desde que mi papá se fue supe que mi vida nunca iba a ser como yo la pensaba, que mis planes y mis metas no eran los mismos, aunque muchas veces sentí que ni tenia, y lo peor fue que me di cuenta de que mi palabra era vacía para los demás, lo que yo quería no se volvió a tomar en cuenta y todo fue pasando sin importar qué quisiera o no, si me sentía cómoda o no. durante ese primer año no hubo un segundo en el que no quisiera que mi papá estuviera a mi lado y que  eso fuera un mal sueño. Me sentía muy mal, no me gustaba estar en mi casa y mucho menos en el colegio, volví a la rutina de dormir todo el día y llorar todo la noche, y además, todo ese año lloré a mi papá como si acabara de morir, sentía tanta necesidad de tenerlo conmigo, porque sabía que si él estuviera vivo nada de eso hubiera pasado, el sentimiento de tristeza me invadía todo el tiempo sin importar qué, y cada vez crecía mi disgusto hacia la cuidad, el colegio y prácticamente todo lo que me rodeaba, lo cual hacía todo peor, sentí que poco a poco perdía cosas y no me gustaba, pero como siempre hago en todo, dejo que las cosas pasen, y si mejoran, bien, y si no, también. 

El año pasó y naturalmente empezó otro, pero nada cambió. Antes, la desesperación y desubicación aumentaron, estaba en mi último año de colegio, no me gustaba mi colegio, ni mucho menos me sentía bien con mis compañeras, y como un plus, no sabía qué hacer con mi vida. Y simplemente el año pasó así, en un vaivén de emociones en el cual era normal que reinara la tristeza, pues iba a cumplir una de mis primeras metas pero sin ti, así como iba a ser siempre.

Papi, ese año, el año pasado, me di cuenta de que realmente se fue una parte de mi con tu partida, me sentí realmente sola y perdida, sabía que te necesitaba, que tú eras ese polo a tierra que me ayudaría a aclarar mi mente, pero eso nunca llegó, ¿y sabes?, fue el año en el que más me asusté de estar sola, porque tenía decisiones que tomar pero no quería tomar porque me daba miedo, necesitaba esa confianza que solo tú sabías darme, necesitaba tu aprobación, quería saber que no te decepcionaría, pero eso nunca lo sabré y eso me resquebraja el alma, porque mi meta es que te sientas orgulloso de mí, de tu hija, y me duele saber que nunca lo sabré y que no estarás cuando cumpla mis metas y eso es lo más doloroso de todo, porque yo me esfuerzo día a día por ti, me levanto todos los días por ti, y trato de hacer las cosas bien por ti, pero duele mucho no tenerte y que siempre que llegue a casa a hablar de mis logros, de lo que quiero, de lo que pienso, no esté más que una silla vacía. Nadie logra imaginar cuántas noches he llorado porque te quiero ver. Es muy difícil no verte y sé que si no fuera por las fotografías que hay tuyas, tendría una imagen muy borrosa tuya, papi, es que ni me acuerdo de tu voz y no sabes cuántas veces he intentado acordarme, pero simplemente no puedo.

Ahora es que logro entender el miedo que me da enfrentarme a la vida sin ti, me da pavor, y ahora que estoy en casa casi todo el tiempo porque no he podido estudiar, ahora que te estoy escribiendo esto me doy cuenta de que no estaba preparada para soltar tu mano tan rápido ni para crecer tan rápido. Todos estos años he sentido mi vida vacía y aunque intente llenar ese vacío de mil maneras, no puedo, tú eres ese vacío, papi, un vacío que nunca podré llenar y muchas veces pienso en dejar de recordarte con tristeza, pero es que aunque tú eras solo alegría, tu partida solo me dejó tristeza, tu partida me destrozó por completo y me dañó aún más el culparme por no haber hecho nada, el recordar que solo me senté a ver cómo te ibas, que 20 minutos antes de eso estábamos hablando del futuro y de que íbamos a empezar a vivir como familia, mi abuela tu y yo, y que eso nunca pudo pasar es aún peor, papi, me faltan tantas cosas a tu lado porque no llegué ni a la mitad, pero aún así todo lo que soy te lo debo a ti, no sabes todo lo que me faltó hacer a tu lado, lo que me faltó compartir contigo y no sabes cómo deseo que estés conmigo, porque yo vivo orgullosa de que seas mi papá y hay un sinfín de cosas que me encantaría contarte y mis cartas son testigo de que siempre trato de encontrar la manera de hablar contigo, así no tenga respuesta, pero lo hago porque creo que así te tengo más cerca, pero por más cosas que haga nunca volverás, y eso es mi martirio.

Papi, apenas son 1.825 días sin ti, de un montón de días que faltan, y la verdad, no sé qué voy a hacer, porque cada día me siento más desubicada, más sola y cada día te necesito mas

Por Sofía Alejandra Posada Jiménez

Conoce más

Temas recomendados:

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.