
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Como esos dibujantes que ejercen su oficio con apasionamiento y obsesión rayana en la manía, así León de Greiff escribió incansablemente poemas desde los dieciséis años hasta un poco antes de su muerte. Era un poeta nato, un lector ávido y curioso, y un hombre polifacético, que pudo sostener lo que podríamos llamar una doble vida —o tal vez más—: la de empleado público experto en estadística y contaduría, y la de amante de la música, de los idiomas, de la poesía, y sobre todo del lenguaje, que llevó a extremos interesantísimos de experimentación y complejidad.
En el día, pues, su oficio era el de las “exactas aritméticas” que le exigían racionalidad y cálculo —aunque también dio en cierto momento clases de Historia de la música en la Universidad Nacional—, y en la noche el ser desbordado y bohemio que, desatadas las amarras de la imaginación, creó uno de los universos poéticos más originales de la literatura colombiana.
Tal vez esa capacidad suya de habitar en varios mundos es lo que lo va a llevar a crear sus muchos heterónimos, personajes que encarnan sus múltiples facetas. Y sin embargo, el centro de su poesía es su propio yo, como se ve en muchos de los sonetos recogidos en este libro. No un yo que comparte con el lector su intimidad, sino que se representa, un poco a la manera romántica, como “un lúgubre poeta” noctívago y solitario, “de ingenuo corazón y juicio ayuno”, como Segismundo, Hamlet y don Quijote, con los que se compara en uno de sus poemas.
Ese personaje que crea de sí mismo está en abierta disonancia con su presente, con el aquí y el ahora que le ha tocado vivir. Como Darío, de quien se siente cercano, y como José Asunción Silva, León de Greiff tiene un espíritu aristocrático que lo hace desdeñar la mentalidad mercantil y sin vuelo de su entorno, que juzga parroquial y mezquina, y a “las intonsas gentes siempre dando opiniones”, “la grey sumisa arrodillada”, frente a la que se afirma como un ser anárquico, pesimista y ensimismado, casi siempre abúlico y a veces añorante de la muerte, que sólo encuentra solaz entre los libros y pergeñando sus versos.
Por todo lo anterior, en muchos de sus poemas aparece el tópico de la huida de los simbolistas y los modernistas. Una huida imaginaria a mundos lejanos y exóticos, pero, sobre todo, una fuga por los caminos de la imaginación que el alcohol y la locura propician. En fin, que lo que De Greiff rechaza es la tenaza de lo racional, a la que se opone la libertad asociativa de la poesía, capaz de hacer decir al lenguaje lo que la funcionalidad cotidiana le impide decir.
Pero no se crea que León es amargo o cínico. El suyo es un espíritu burlón, escéptico, lleno de humor, que ama el juego, la hipérbole y la extravagancia; él mismo, según lo pintaron sus contemporáneos, fue un excéntrico, con todo lo que esa palabra entraña de originalidad, gusto por los márgenes y deseo de romper con la convención. Un escéptico que creía, sin embargo, en el poder de las palabras y en la belleza de la poesía, del arte y la música.
La cultura de León de Greiff fue amplísima, y la erudición un enorme filón del que se nutrió su poesía, no para reverenciarla o exhibirla, sino para ponerla al servicio de sus ideas, e incluso para mofarse de ella y desmitificarla. Es culterano como Góngora, pero también conceptual como Quevedo. En sus poemas abundan las onomatopeyas y las aliteraciones —“Trinan turpial y mirlos al resol / estridencias vernáculas de añil, /y el zentzontle y el loro y el bulbul”—, pero también los anacronismos y los neologismos, que aceptamos abandonados a nuestra propia intuición del lenguaje —para no matar la magia— o acudiendo a la búsqueda feliz de aquellos significados que nos inquietan.
León de Greiff era un poeta con un enorme sentido de la música de la lengua. De ahí poemas como “Balada del mar no visto”, donde combina de forma extraordinaria las cadencias más amplias con las más cortas y contundentes, con una maestría tan admirable como la de su maestro Rubén Darío.
Pero también en estos sonetos —algunos de ellos recogidos por Hjalmar de Greiff en sus distintas versiones— encontramos, más allá de las destrezas del versificador, la capacidad de síntesis y precisión, y el rigor en el manejo de la métrica y la rima de un género especialmente exigente.
Como dije al principio, León de Greiff estaba poseído por la poesía. Escribía con pasión desbordada, como si de eso dependiera su vida, pero también sin un anhelo de gloria o de éxito inmediato. Para él la escritura era una vocación. De ahí el caudal inmenso de su obra, dentro de la cual se cuentan estos sonetos. Todos muestran su genio, pero el lector encontrará, cada tanto, piezas memorables. De esas que nos dejan alelados —para usar un término del poeta— y nos impelen a compartir el poema, o a memorizarlo, como suele pasar con aquellos textos que, por definitivos, nos acompañan buen trecho de la vida.
* Piedad Bonnett es una de las poetas más reconocidas a nivel hispanoamericano y es columnista de El Espectador. Este texto se publica por cortesía de la Universidad Nacional de Colombia. La obra citada está basada en una recopilación de Hjalmar de Greiff con revisión de Alexis de Greiff A. Gracias al trabajo de la familia de León de Greiff y de la UNAL, la obra completa del escritor puede ser consultada y descargada de manera libre en el https://portaldelibros.unal.edu.co/
Algunos sonetos de León de Greiff (literales de los originales)
Porque me ven la barba y el pelo y la alta pipa
dicen que soy poeta…, cuando no porque iluso
suelo rimar —en verso de contorno difuso—
mi viaje byroniano por las vegas del Zipa…,
tal un ventripotente agrómena de jipa
a quien por un capricho de su caletre obtuso
se le antoja fingirse paraísos… al uso
de alucinado Poe que el alcohol destripa!,
de Baudelaire diabólico, de angelical Verlaine,
de Arthur Rimbaud malévolo, de sensorial Rubén,
y en fin… hasta del Padre Víctor Hugo omniforme
¡Y tánta tierra inútil por escasez de músculos!
¡tánta industria novísima! ¡tánto almacén enorme! …
Pero es tan bello ver fugarse los crepúsculos…
***
Yo de la noche vengo y a la noche me doy…
Soy hijo de la noche tenebrosa o lunática…
Tan sólo estoy alegre cuando a solas estoy
y entre la noche, tímida, misteriosa, enigmática!
Tranquilo y sonrïente por las callejas voy
indiferente a toda la turba mesocrática,
y sin odios…¡tan bueno como me siento soy!
Sin embargo…¿y el odio por la Dueña Gramática?
Pero la noche sabe borrar esos rencores…
La noche!: dulce Ofelia despetalando flores…
La noche!: Lady Macbeth azarosa asesina!
Que es la noche resumen de humana y de divina
proteidad, y que es urna de todos los olores…
¿Cuando vendrá la noche que jamás se termina?
***
A través la Ciudad sonora y miserable,
un lúgubre poeta claudicante e irónico
va mezclando los vinos en concierto sinfónico…
¡buscando en las botellas la verdad inmutable!
El oscuro Falerno y el champaña impecable!
El del Rin legendario y el Hispano y el Jónico!
Todos los vinos súmense para el conjunto armónico,
oh, ¡todos los que vierte la vid abominable…!
y el mísero trovero —despojo de las éticas—
a través la Ciudad miserable y sonora
tras la eterna verdad eternamente vague…
que en esta edad intonsa de exactas aritméticas,
para su sed (verdad es flor versicolora)
será la Muerte el vino único que le embriague…
***
El pesimismo me va nimbando de brumas
y, siendo un doloroso, permanezco impasible!
El dolor y el placer me son cual las espumas
ebrias a la escollera inconmovible…
Nada deseo. Ni el jugo que rezumas
—oh vida!— mueve mi sér intraducible.
Mas hoy claudico, imbele… Desdén: presto te esfumas!
Quiero morder los senos al enigma terrible
y embriagarme en su vino folïante:
viene a mí la locura! viene a mí la locura!;
y un halo de tristeza circundará mi frente…
Y hundiéndome en las sombras, anhelante,
ardido en fiebres de beber la oscura
agua inicial, enloqueció mi mente!
