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Cronología y leyenda de un homenaje lorquiano

Hoy recordamos al poeta Federico García Lorca. Álvaro Restrepo, inspirado por su maestro Don Ramón de Zubiría exploró la vida y obra de Lorca a través de su experiencia en España.

Álvaro Restrepo

18 de agosto de 2024 - 08:27 p. m.
1985 Fuente Vaqueros, pueblo natal de Federico García Lorca. A la izquierda, Álvaro Restrepo, Ángel Arias y Joe Strummer, líder de la banda punk The Clash, ferviente admirador del poeta español.
Foto: Cortesía Álvaro Restrepo
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Diciembre 1996 - Enero / Febrero 1997, Bogotá

A Don Ramón de Zubiría

In memoriam

Sólo el misterio nos hace vivir.

Sólo el misterio.”

Federico García Lorca

Hace 60 años fue brutalmente asesinado Federico García Lorca, el más español y el más universal de los poetas de su generación. Hace diez años nació REBIS, poema ritual en homenaje a quien fuera un espíritu tutelar en los inicios de mi proceso artístico.

Corría el año de 1985. Mi formación como bailarín en Nueva York había entrado en su quinto año, período privilegiado de contacto con grandes pedagogos, coreógrafos, bailarines y artistas de todas las disciplinas. Había llegado el momento de matar amorosamente a los maestros y de dejar de ser discípulo, tal como me lo había aconsejado la singular bailarina y coreógrafa Anna Sokolow. “Yo sentí el llamado de mi propia obra, de mi propio universo y dejé la compañía de Martha Graham para construir mi mundo...”, me dijo. Cuando comprendí en toda su dimensión estas palabras, decidí acometer mi primera aventura escénica como creador, coreógrafo e intérprete.

El tema lo había escogido ya sin saberlo desde mis épocas de estudiante de Filosofía y Letras en la Universidad de Los Andes, donde tuve como maestro a Don Ramón de Zubiría, quien me introdujo por primera vez en un universo que él conocía de primera mano. Me refiero, desde luego, a la Generación del 27 en España, uno de los grupos más extraordinarios de escritores y de visionarios de este siglo. Don Ramón, “Tito”, los conoció a casi todos y tuvo relaciones de profunda amistad e intimidad con varios de ellos, en especial con Pedro Salinas y Jorge Guillén.

Quizás por ello los leía - los decía - con tanta pasión y comprensión, con su mirada azul de niño eterno, enamorado del mundo y agradecido como nadie con la vida. De los labios de Don Ramón escuché por primera vez algunos de los poemas medulares de este grupo de gigantes: Alexaindre, Salinas, Guillén, Cernuda, Alberti, Alonso, Hernández.....y entre ellos, el más magnético y enigmático de todos: Federico.

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Quienes tuvimos el privilegio de compartir con Don Ramón algunas de sus travesías poéticas en Los Andes, sabemos hasta qué grado la poesía puede ennoblecer el corazón de un hombre. Nunca olvidaré la primera vez que escuché el Romance Sonámbulo en su voz: la musicalidad de Lorca, su magia, su misterio aún resuenan en mi memoria y la emoción regresa intacta, a pesar del tiempo, de la vida y de la muerte.

Aunque los amé y los leí con fervor a todos, no puedo negar que fue Federico quien me sedujo de un modo especial. Algo innombrable removió zonas secretas y hasta entonces desconocidas y me entregué con verdadero ardor, casi obsesión, a estudiar su obra y, a través de ella, su personalidad inabarcable: su poesía, su teatro, sus lecturas y conferencias, sus dibujos, sus canciones, se convirtieron en un mundo paralelo al mío. Especular.

En 1980 abandoné la universidad para estudiar teatro y, un año más tarde, danza. Mi interés por Federico seguía en aumento. Una vez superado el hechizo de su poesía y de su dramaturgia más típicamente españolas, descubrí mi Lorca predilecto en El Público, Así que pasen cinco años, El paseo de Buster Keaton, y desde luego en el impredecible y desgarrado Poeta en Nueva York, libro en el que me sumergí durante meses y años, tratando obstinadamente de descifrar sus códigos secretos, sus imágenes oscuras, sus giros insospechados y sus fantasmas. En ese entonces no presentía que Nueva York dejaría también en mí recuerdos magníficos y cicatrices indelebles. Y fue precisamente el Poeta en Nueva York el que motivaría la decisión de dedicar mi primera obra coreográfica a Federico. En 1986 se cumpliría el cincuentenario de sus asesinato. ¡Qué mejor momento para rendirle un tributo a mi poeta de cabecera, ¡y además en Nueva York!, ciudad infinita, capital universal de la locura y de la desmesura humanas, que tanto marcarían su (mi) vida y su (mi) visión del mundo.

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Inicialmente había pensado realizar este homenaje a cuatro manos con mi maestra y amiga, la actriz Beatriz Camargo, - en ese momento residente en París - también admiradora ferviente de Federico. Beatriz se encontraba por esos días de visita en mi apartamento en Manhattan y nos propusimos viajar juntos a Granada, para beber de la fuente y trabajar allí la dramaturgia y el guión de la obra. Nos pusimos cita en Octubre de 1985 en la ciudad del poeta. Infortunadamente Beatriz no pudo cumplirla, pues en esos días se resolvió un viejo y anhelado proyecto en Bali y se vio obligada a renunciar a nuestro sueño común. No obstante, decidí continuar solo.

Antes de partir hacia España, me enteré de que en Nueva York vivía una sobrina del poeta, hija de su hermano mayor Francisco García Lorca y de Laura de los Ríos (hija ella a su vez de Don Fernando de los Ríos, maestro ideológico y espiritual de Federico). Ya no recuerdo cómo conseguí sus datos, pero lo que sí recuerdo con estupor, es que la primera vez que llamé el número que tenía, me respondió una mujer en un español de acento indefinido y me dijo que lamentablemente doña Isabel había fallecido la semana anterior, víctima de una larga y penosa enfermedad.

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Inexplicablemente incrédulo, resolví al cabo de unos días insistir en llamar al mismo número. Mi sorpresa fue enorme cuando me respondió una voz juvenil con acento madrileño. Me dijo que hablaba con Isabel García-Lorca de los Ríos. Le conté el motivo de mi llamada, así como el extraño incidente. Con gran gentileza me invitó a visitarla a su casa. La imaginaba una mujer mayor, casi moribunda y, en cambio, me recibió una muchacha de gran belleza, luminosa y descomplicada, con el cabello húmedo, la piel muy blanca sin maquillaje y unos ojos...¡lorquianos! Isabel era actriz ¡y bailarina! Me dijo que había actuado con la compañía de la célebre coreógrafa Twyla Tharp y que estaba en esos momentos en proceso de reorientar su carrera. Le conté de mi proyecto, de mi pasión por Federico y de mi partida inminente hacia Granada. Ella se emocionó con mi entusiasmo y me animó a emprender el viaje Me dio los teléfonos de su tía Doña Isabel García Lorca, la única hermana viva de Federico, residente en Madrid y custodia principal del descomunal legado de su hermano. También me dio los números de sus hermanas Laura y Gloria, así como los datos de los caseros de la Huerta de San Vicente, la casa de la familia en Granada, en ese entonces aún cerrada al público y hoy convertida en museo.

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Con la bendición de esta descendiente directa del poeta, emprendí el viaje. Mi primera escala fue París. Fui allí a recibir otra bendición, la de Beatriz, que aunque no podría acompañarme físicamente, siempre estaría presente durante todo el proceso. Allí tuve otro encuentro alentador: en el Centro Pompidou, conocí a una mujer llamada Rauda Jamis, quien estaba a punto de publicar una biografía novelada de la gran Frida Kalho, un ser humano - al igual que Lorca - herido por su propio duende y su misterio y otro de los grandes mitos del arte de este siglo XX.

El encuentro con Rauda fue intenso y muy fértil. Durante una noche de delirio - ¡y mucho vino! - por las calles de París, compartimos nuestra pasión por desentrañar la vida y el espíritu de un ser excepcional: las sienes, las cejas unidas y los ojos sombríos de Frida/Federico superpuestos en un solo rostro de embrujo y de dolor. También Rauda me bendijo y me dio fuerzas para continuar. Su biografía de Frida se convertiría más tarde en un gran éxito editorial.

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La siguiente escala fue Barcelona. En la Ciudad Condal tuve otros dos encuentros fantásticos. Sobre el primero de ellos hablaré más adelante, pues no quiero espantar prematuramente a los descreídos. Prefiero referirme ahora a otro encuentro, este sí verificable y fundamental y, no por ello, menos mágico: caminando por Las Ramblas, entre libros, flores, pájaros, moros y turistas se me apareció - aún humeante, recién salida del horno - la primera edición del primer volumen de la biografía que Ian Gibson, irlandés nacionalizado en España, lanzaba al mundo: Federico García Lorca, de Fuente Vaqueros a Nueva York (1898-1929), publicada por Grijalbo.

Debo admitir que nunca antes había oído hablar de Gibson, a pesar de que él llevaba más de 20 años sumergido hasta el tuétano en la vida, obra y muerte de Federico. El subtítulo me llamó mucho la atención, pues era exactamente el itinerario contrario al que yo había emprendido: de Nueva York a Fuente Vaqueros. Pregunté por el segundo tomo y me dijeron que aún no había sido publicado. Esta primera parte era ya de por sí una primicia. Completamente eufórico compré de inmediato el libro y me zambullí en él. Desde los epígrafes que Gibson escogió para el umbral de la obra - uno de Rubén Darío y dos del mismo Lorca - pude percibir hasta qué punto conocía y comprendía el alma del poeta: me impresionaron hondamente el sentido ético con el que abordaba su trabajo, la sobriedad del tono, el rigor de la investigación, la objetividad del biógrafo minucioso y obsesivo, entremezclado todo esto con un amor monolítico y una admiración sin límites por el poeta.

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Mi próxima escala la haría en Madrid. Tomé la firme decisión de entrar en contacto con Gibson tan pronto llegara, sin siquiera saber si sería un personaje accesible. Por la fotografía que aparecía en la solapa del libro, tuve la intuición de que podría hablar con él. Desde Barcelona telefoneé a Elizabeth Disney, fotógrafa australiana, amiga de mi maestro y compañero coreano en Nueva York, Cho Kyoo- Hyun, para pedirle posada un par de noches. Le conté el motivo de mi viaje y ella me confesó de inmediato que el tema de Lorca también le interesaba y que sabía como llegar a Gibson, ya que era buen amigo de un amigo suyo. Otra coincidencia mágica para mi cadena. Al llegar, Elizabeth me regaló la edición inglesa de Penguin de una investigación preliminar que Gibson había publicado en París en 1971 sobre el asesinato de Federico. Este valiente libro, proscrito en España durante varios años, fue el comienzo de su inmersión total en la vida de Lorca. Gibson había llegado a Granada en 1965 para escribir una tesis de doctorado sobre el poeta. Al comprobar que la muerte de Lorca seguía siendo un tema tabú en las sociedades granadina y española, decidió profundizar (en pleno franquismo) en las investigaciones que sobre el mismo tema había iniciado años atrás el escritor suizo Gerald Brenan. Fue tan abundante y revelador el material que acopió para este libro, que muy pronto se dio cuenta de que podría continuar sus averiguaciones y escribir una biografía total. Tan pronto obtuvimos su número telefónico lo llamé sin el menor pudor. Nuestra primera conversación fluyó con una naturalidad inusitada. Le comenté en breves palabras mi proyecto y él no dudó en proponerme de inmediato una entrevista. La cita fue en el mítico Café Gijón en Recoletos, el 20 de Octubre de 1985.

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Desde el comienzo de nuestra charla Gibson se mostró afable y confiado. Creo que pudo percibir con facilidad el febril estado en que me encontraba, así como mi auténtica pasión por el universo lorquiano. Le enseñé algunos artículos y estudios inéditos sobre el Poeta en Nueva York: mis recopilaciones y listados de fauna, flora, luna, niños, ruidos, lenguas, cielo, muertos....y me aconsejó publicarlos. Hablamos de su obra. Le agradecí el tratamiento sobrio y respetuoso que le daba al tema de la homosexualidad del poeta. Me confesó que era muy sensible a este respecto, pues uno se sus hermanos era homosexual y había sufrido mucho en la vida por ello. Me dijo que la familia de Lorca le había dado acceso restringido a los archivos, por el hecho de haber revelado este aspecto oscuro (¿Sonetos del amor oscuro?) y oculto del mito lorquiano. Sentí a Gibson profundamente humano y generoso: una extraña mezcla de “entusiasmo desesperado irlandés”, (como describía Francis Bacon a sus paisanos) y de ruidoso desparpajo madrileño se daban cita en este hombre corpulento y severo. De inmediato supe que tenía un nuevo amigo: un cómplice. Acordamos reencontrarnos en Granada y, antes de despedirnos, me dedicó su libro sobre el asesinato de Lorca: ...”en recuerdo de nuestro primer encuentro y con el deseo de que todos estos proyectos se puedan llevar a buen puerto (si se puede decir así.) Con amistad, Ian Gibson”.

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(....)

Dale limosna, mujer,

que no hay en el mundo nada

como la pena de ser

¡ciego en Granada!

Así reza el poema a la entrada del Generalife en La Alhambra. Y creo que lo dice todo. Mi corazón estuvo a punto de estallar el 24 de Octubre de 1985 cuando por fin llegué a Granada, “la melancólica”, como la llamaba Francisco García Lorca. Una de las ciudades más fascinantes y mágicas del mundo. “¡ Y me lanzo a la calle!..., como dice Lorca en su lectura-conferencia sobre El Poeta en Nueva York, absolutamente embriagado por su luz, su gente, la arquitectura, los olores, la topografía, el vino...Apenas puedo creer que he llegado hasta aquí. Se inicia el período de impregnación.

Fueron en total sólo dos meses, vividos con una intensidad y velocidad irreconciliables. Al mirar atrás siento que fue un periodo mucho más largo, quizás por la urgencia de beberlo todo en el menor tiempo posible. Recorrí alucinado los lugares obligados en el peregrinar por las estaciones del ciclo vital del poeta: Fuente Vaqueros, Asquerosa (hoy Valderrubio), La Vega, toda Granada, La Alhambra, El Albaicín, las Cuevas del Sacromonte, Las Alpujarras, los fatídicos y tristemente célebres Víznar, Fuente Grande y Alfacar. Gibson me dio nombres y contactos de granadinos con quienes podría compartir mis obsesiones: los poetas Pepe Ladrón de Guevara, Juan de Loxa, Antonio Carvajal; el pintor Juan Pedro Sánchez; El Curro, gitano rubio de pura cepa, cantaor, recitaor, homosexual, que vivía en un hermoso carmen en El Albaicín y poseía una cueva con un espectáculo de cante, baile y poesía, dedicado enteramente a Federico.

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Elizabeth Disney vendría varias veces a visitarme durante mi estancia en Granada (un par de años más tarde ella colaboraría con Gibson en la realización de una guía fotográfica de la Granada de Federico.) En una de estas visitas, mientras recorríamos “la ruta de la muerte”: Cementerio de Granada - donde fueron fusilados tantos granadinos republicanos - , Barranco de Víznar, Fuente Grande y Alfacar, sufrí una severa intoxicación con una aceituna envenenada que arranqué en el olivar del cementerio. Terminé recluido durante casi una semana en el Hospital San Cecilio, en un estado delirante en el que llegué a pensar que quizás mi compenetración con Federico me estaba llevando demasiado lejos. En una ocasión en que almorzábamos con Gibson en casa de su amigo, el pintor Sánchez en Granada, le conté el episodio con la oliva. Ian, entre divertido y alarmado, me previno sobre los extraños poderes que “la ciudad del chavico” y el mismo Federico podían ejercer sobre los incautos. Me aconsejó alejarme de Lorca - al menos en parte - lo más pronto posible: él mismo se sentía preso a veces por su obsesión lorquiana y mantenía una fuerte relación de amor-odio con la ciudad de Boabdil, por haber matado a su mejor poeta.

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Sin embargo, yo siento que Granada fue generosa conmigo. Pude conocer a fondo sus entrañas, sus prodigios y sus oprobios...su gente contradictoria: terriblemente conservadora y, a la vez, lúcida y subrepticiamente lúdica y lúbrica.

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El 13 de Diciembre fui testigo de un acontecimiento artístico excepcional en el Centro Manuel de Falla en la Alhambra: la Asociación de Artistas del Flamenco de la Tercera Edad de Sevilla y Granada presentó un espectáculo memorable titulado “Los Últimos de la Fiesta”. Treinta viejos maestros del cante, el baile, la guitarra y el verso se dieron cita ese día durante más de cuatro horas, en una verdadera fiesta en la que se evocó en más de una ocasión a Federico, pues algunos de estos ancianos alcanzaron a conocerlo: un auténtico derroche de duende, de sangre y de raíces. Pensé ese día en el Concurso de Cante Jondo que Lorca organizara en el Patio de Los Aljibes de La Alhambra en 1922, precisamente con su maestro y amigo Manuel de Falla y otros contertulios de El Rinconcillo. El de esa época, fue uno de los primeros intentos por rescatar, reivindicar, dignificar y hacer justicia a una manifestación artística popular sin parangón. Federico, quien sentía auténtica veneración por el mundo del cante jondo, veía en él la esencia andaluza y gitana - subterránea y mágica - de un pueblo y una raza milenarios, aparentemente malditos por la historia, pero a la vez bendecidos por su fuerza y por su gracia. El cante jondo andaluz le inspirarían a Federico algunas de sus mejores páginas, en verso y en prosa.

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Ian y sus libros fueron mis guías durante esos meses. A medida que iba devorando el primer volumen de la biografía, al cual le estaba dando una lectura casi microscópica, admiraba más en él su capacidad de entrega y de trabajo, así como la hondura de sus cavilaciones sobre el poeta. Esto me motivó a escribirle una larga carta en tono confesional, contándole cosas que nunca le había dicho a nadie. Ian, quizás sorprendido por este alud de intimidad, me respondió (en inglés) de un modo que me conmovió mucho y me confirmó una vez más su calidad humana: “...No puedo equiparar la longitud y la profundidad de tu misiva. Eres probablemente una persona mucho más libre que yo, internamente. No probablemente ¡seguramente! Yo soy un jodido protestante lleno de culpa y de vergüenza y encuentro muy difícil revelar mi verdadero ser a alguien. Tal vez algún día lo haga...quizás en la forma de una autobiografía... Necesito urgentemente renovarme: ¡demasiado Lorca por demasiado tiempo!”

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A pesar del lamentable deterioro que trajeran consigo la modernidad y la torpe y perversa agresión del progresismo franquista de los años sesenta y setenta, Granada había colmado todas mi expectativas e, incluso, las había superado. Pero mi tiempo allí se estaba agotando. El tratamiento médico por el choque anafiláctico causado por la oliva envenenada del cementerio, me había dejado en bancarrota y tuve que anticipar mi regreso a Nueva York. Pero antes pasé por Madrid para visitar a Doña Isabel García Lorca y comentarle mis impresiones y proyectos. Debo confesar que iba a esta cita terriblemente nervioso. Varias personas me habían prevenido sobre lo difícil y decepcionante que podría ser este encuentro, no sólo por el temperamento seco de la anciana, sino porque los herederos del poeta, en especial ella y su sobrino Manuel Fernández Montesinos, hijo de su hermana Concha - como guardianes del legado -, estaban en alerta máxima con la cuestión de los derechos de autor, ya que ese era el último año bajo su control antes de que la totalidad de la obra pasara a ser de dominio público. Esto contribuyó a que, por lo menos, el inicio del encuentro con Doña Isabel y su sobrino fuera un tanto frío y distante: de negocios. Al explicarles que mi intención no era utilizar ninguna de las obras de Lorca para realizar mi homenaje sino que, por el contrario, quería hacer algo abstracto y muy personal, la atmósfera de nuestra entrevista se distensionó y se estableció una auténtica comunicación. Me hizo visitar toda la casa, me mostró los dibujos originales que yo tanto amaba, el piano donde Federico compuso sus canciones, algunos manuscritos y fotografías, sus libros...sus cosas. Al final le obsequié un collage de flores y de hojas recogidas en la Huerta de San Vicente, en La Alhambra, en Víznar...Doña Isabel se despidió conmovida y yo aún más. El poder del espíritu y la obra de su hermano había derretido el hielo: yo no era más que otro de los muchos peregrinos inofensivos que llegaban a su casa, subyugados por el talento arrollador de Federico.

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Aproveché mi paso por Madrid para despedirme de Ian y agradecerle su amistad y sus luces. Nos encontramos de nuevo en el Café Gijón. Me contó que le había sido concedida una beca para ir a Nueva York en Febrero de 1986. Nunca antes había estado él allí y sentía que debía ir a conocer la ciudad para concluir el segundo tomo de su obra, que llevaría el subtitulo De Nueva York a Fuente Grande (1929-1936). Me pidió posada, lo cual me llenó de alegría y de orgullo, pues ello me permitía hacer una contribución, así fuera pequeñísima, a su gran tarea. Ese día me dedicó el primer tomo de la biografía: “Para Álvaro, gran amigo, en vísperas de su salida para París, después del primer encuentro con la Granada de Federico, con mi amistad y la promesa de verle pronto en el “Senegal con máquinas de Nueva York”. ¡Hasta pronto!”

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De vuelta en Manhattan, en enero de 1986, sabía que la hora de la verdad había llegado. Tenía que ordenar y elaborar todo el material recogido. Tantos días de evocaciones e invocaciones, tantos encuentros, tantas lecturas, tantas lágrimas, tanta sangre. Durante mi estancia en Granada había pasado muchas horas de soledad y meditación en la casa familiar del poeta. Doña María y Don Evaristo Correal, los caseros, cuando supieron que venía de parte de Isabel y de Ian Gibson, se pusieron a mi disposición y me permitieron la entrada cada vez que lo requerí. Don Federico, el padre del poeta, al comprar esta bella casa en La Vega granadina, la bautizó La Huerta de San Vicente, para honrar a su mujer Doña Vicenta Lorca. Pero el nombre original de la casa era otro, para mí terriblemente inquietante y siniestro: La Huerta de los Mudos. Nunca he podido dejar de percibirlo como una sórdida premonición de lo que ocurriría después en ella, durante la sangrienta y criminal sublevación nacionalista de 1936.

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Y este fue precisamente el nombre que escogí para titular mi primera obra con tema lorquiano: Desde La Huerta de los Mudos. La obra se estrenó el 27 de Marzo de 1986 en el Teatro La MaMa en el marco de un festival llamado “Mártires por la paz”. La hermosa Isabel García- Lorca de los Ríos estuvo presente ese día y el 16 de abril me escribió: ..”he visto tu montaje Desde La Huerta....: demuestras gran sensibilidad...es indudable que mereces todo el apoyo posible.”

Ian llegó a Nueva York pocos días después del estreno y, si bien no alcanzó a ver la obra, me causó una alegría enorme reencontrarlo. Estuvo hospedado en mi pequeño railroad flat de la Calle 10 en el East Village, cerca de dos semanas. Durante este tiempo recorrimos la ciudad con el Poeta en Nueva York como guía. Estuvimos en Columbia University, visitando el campus y la habitación que el poeta ocupó en la residencia universitaria; conocimos el cementerio judío cerca del Battery Place, en el sur de Manhattan; escalamos la torre del Chrysler Building (desde donde Lorca lanzó su diatriba hacia Roma); vivimos el bullicio enloquecido de Chinatown; caminamos por las orillas del East River y del Hudson; sentimos la luz mortecina y el pragmatismo frenético de Wall Street; nos perdimos peligrosamente en unas callejuelas siniestras de Harlem, donde sus habitantes nos contemplaban incrédulos, mientras Ian y yo - los únicos ‘blancos’ en muchas cuadras a la redonda - temblorosos tratábamos de hacernos transparentes...

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Gibson se fue unos días solo a Vermont para entrevistar a Phillip Cummings, quien había sido amigo íntimo de Lorca durante su Huída de Nueva York (Regreso a la civilización). El encuentro con el anciano Cummings fue definitivo para rematar el capítulo sobre Federico en los Estados Unidos.

Ian no disfrutó la ciudad, al menos esa fue mi impresión. La encontró sórdida, desproporcionada e inhumana: compadeció al poeta - padeció con él, como le gustaba decir a Don Ramón - y entendió su desolación de andaluz en el exilio. Al despedirse, rumbo a Cuba, siguiendo el itinerario del poeta, me regaló un libro que acababa de ser publicado en Nueva York, escrito por Paul Binding, llamado Lorca: the gay imagination, un estudio excesivamente parcializado y reduccionista sobre los aspectos homosexuales de la inspiración lorquiana. En la dedicatoria escribió " Para Álvaro, en el día de mi partida de esta temible ciudad, como una pequeña torre de gratitud por haberme dado techo, cama y amistad, lo que me salvó de sentirme terriblemente solo. Estoy seguro de que lo que vimos juntos me ayudará a escribir un mejor capítulo sobre Lorca en Nueva York. Abril 11, 1986.”

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Nos despedimos sin saber cuándo nos volveríamos a encontrar y con la promesa de que me enviaría el segundo tomo de la biografía tan pronto saliera publicado.

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Ese mismo año regresé a Colombia con el propósito de buscar apoyo para continuar construyendo mi obra sobre Lorca e interesar a las instituciones culturales del país en una serie de actividades que estábamos intentando coordinar en Nueva York con artistas, académicos e instituciones de esa ciudad - entre ellas Columbia University, el Consulado y la Casa de España, el Festival Latino, etc...con el fin de realizar un gran evento lorquiano ese año. Infortunadamente mis intentos fueron infructuosos y decidí quedarme en el país, donde volví a montar la obra con artistas colombianos: Delia Zapata Olivella, Alicia de Rojas, María Teresa Hincapié, Rosario Jaramillo, Elsa Valbuena, entre otros y la participación de José Alejandro Restrepo, Álvaro Tobón y Ernesto Díaz. La obra se presentó en dos oportunidades en los teatros Colón y Colsubsidio.

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A raíz de mi colaboración con María Teresa y José Alejandro nació una versión preliminar de lo que después se convertiría en REBIS, que en sus inicios se llamó Ondina - versión dancística basada en el monólogo original de Juan Monsalve. Luego del estreno, María Teresa y yo decidimos no volver a presentarla; sin embargo yo la transformé en un solo para mí... en la versión que hasta el día de hoy se ha venido presentando. La música original de Rebis fue de José Alejandro Restrepo (música para celestas) y unos años más tarde, Gabriel Ossa compuso una nueva banda sonora para la obra.

En 1988, luego de mi participación en el Festival de Cádiz, tuve la oportunidad de presentar la obra en varias ciudades españolas: Barcelona, Madrid, Santiago de Compostela, Valencia, Algeciras, Canarias...A la función en Madrid en el Centro Galileo vino Ian. Le impresionó el carácter ritual y alquímico de la pieza, así como su total independencia de los tópicos y estereotipos lorquianos: “Una escultura abstracta en movimiento...”, me dijo...

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Al cabo de todo ese largo proceso que había llamado de “impregnación”, había querido construir un homenaje, no al Lorca manoseado de los collages, de los romances y de las “españoladas”, sino por contrario, a un Lorca personal, esencial, mínimo, desprovisto: el cuerpo desnudo, el espacio vacío, el espíritu y el instinto de la creación, el homo faber, criatura animal, vegetal, mineral, humana, whitmaniana, (andrógina, en el sentido alquímico de unicidad y totalidad). Mi intención se había traducido en un g(rito) de amor y de soledad con el cuerpo: “calorcalorcalorcalorcalorcalorcalorca....” único texto-mantra-invocación, pronunciado durante los 50 minutos que dura este viaje-liturgia hacia el ancestro. Rebis fue vista en más de 50 países de las Américas y Europa y este año por primera vez en Asia, en el Festival Internacional de Artes de Hong Kong. En 1992 ganó el Gran Premio Pegasus en el Festival de Kampnagel, Hamburgo....

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El 9 de Diciembre volví a ver a Ian, una vez más en el Café Gijón. Ese día vino con su esposa Carole y además, lleno de regalos: cuatro nuevos libros suyos. El primero que me dio fue el tan esperado segundo tomo de la biografía. Este no tenía ninguna dedicatoria, pero en la sección de los agradecimientos del libro, aparecía mi nombre al lado de muchos otros que, de alguna manera (sin duda mucho más significativa que la mía), habían contribuido a lo largo de los años en su descomunal tarea. Un honor inmerecido que de nuevo confirmaba su generosidad.

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El segundo era el Diario de una búsqueda lorquiana de Agustín Penón, edición que Ian curó, al serle confiados los manuscritos cuando su autor murió. “Para Álvaro, lo último (con una excepción que verás en su día) que publicaré sobre Lorca.”

El tercero resultó ser una curiosidad para mí: se trataba de El vicio inglés, obra escrita en 1978, una investigación sobre las prácticas flagelatorias sadomasoquistas en la educación y la justicia inglesas, tema que me interesaba mucho por la férrea y perversa formación benedictina-norteamericana que padecí durante la infancia y adolescencia en el Colegio San Carlos de Bogotá: “...Esta obra de tiempos atrás - y sin nada que ver con Lorca -. Con un fuerte abrazo de buceador en las sombras de la sexualidad inglesa”, escribió.

Y por último, la edición en inglés de su biografía: Federico García Lorca: a Life publicada en Nueva York por Pantheon Books y declarada por el New York Times Book Review como Libro del Año. En la dedicatoria escribió: “For Álvaro, the “definitive” version of this book, at last in English, my English. What a relief! Un fuerte abrazo, Ian”. Las comillas en la palabra “definitive” las interpreté como su propia incredulidad ante el hecho de haber concluido en su vida el ciclo lorquiano. En el fondo de su alma, Ian se sabía condenado a convivir con el espectro del poeta, para siempre.

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El 26 de Enero de 1986, el periódico El País había publicado una extensa entrevista de Ian con un Salvador Dalí prácticamente agonizante, en la que el pintor había querido limpiar la leyenda negra de su supuesta traición al poeta. Dalí afirmó en ella que había amado muchísimo a Federico, “con una auténtica pasión erótica”, aunque nunca plenamente satisfecha y realizada. También admitió la influencia de Buñuel quien, con su conocida homofobia, fue determinante en su alejamiento del poeta. Al final de la entrevista, ante el tono angustiado de sus confesiones, así como por el estado de postración de Dalí, escribió Gibson: “...me sentí repentinamente inundado por una de las más agudas tristezas de mi vida”.

En 1991 recibí una postal de Ian con un desnudo de Modigliani, fechada el 23 de Noviembre en la que me decía: " Si vienes a Madrid, no dejes de llamarme antes; por mi parte estaré con frecuencia en Cataluña a partir de enero. ¿Por qué? Porque voy a escribir la biografía de Dalí. ¿Qué te parece el proyecto? Estoy aterrado, pero sin riesgo la vida no vale un comino...por lo menos esa es la idea que tengo, un fuerte abrazo, Ian.¡Adelante!”

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Al inicio de esta crónica mencioné un encuentro fantástico que tuve en Barcelona cuando iba de camino hacia Granada y sobre el cual había prometido hablar más adelante, aún a riesgo de espantar a los escépticos. Pues bien, una noche en un bar de la Plaza del Pi se acercó a pedirme dinero un joven vagabundo que daba la extraña sensación de estar impecablemente desarrapado y sucio. Me dijo que era actor y poeta. Nunca supe su nombre: apareció y desapareció sin darme cuenta de cómo, cuándo ni dónde. Estuvimos recorriendo las calles y los bares de Barcelona hasta la madrugada, hablando de poesía, de amor, de muerte, de Federico: las sienes tristísimas del poeta eran las de este joven de manos gruesas y andar desvalido. Aún siento escalofríos al evocarlo....al día siguiente me pareció un recuerdo irreal, fruto del delirio, pero después de todo lo que vi y viví en Granada y en todo este periplo, puedo relatarlo sin el menor pudor. Creo que nunca le comenté a Ian este episodio, pero estoy convencido de que él, conociendo a Federico como lo conoce, no se habría espantado.

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Cartagena de Indias , Agosto de 1996

*Este artículo fue publicado la Revista Número en 1996.

Por Álvaro Restrepo

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