15 Sep 2021 - 3:14 p. m.

A 15 años de su muerte: Oriana Fallaci en confesión con su hermana

El 15 de septiembre de 2006 murió una de las periodistas más profesionales e influyentes de la historia. Rescatamos del archivo esta entrevista publicada en la revista Cromos hace 40 años.

Archivo de la revista Cromos / Especial para El Espectador

Paola Fallaci: ¿Cómo eras cuando niña?

Oriana Fallaci: Era una niña a la antigua, como las que describen en las novelas del siglo pasado. Sin embargo, no era una niña feliz. Tenía unos deseos reprimidos de rebelión; ¿pero contra quién y contra qué rebelarme? Todas mis rebeliones permanecían dentro de mí y se traducían en sueños que se condensaban en una sola imagen: los libros. Ya sabía que acabaría escribiendo libros y también en los periódicos; ambas cosas, aunque los libros me parecían más nobles y con más autoridad. (Más: una semblanza de la frenética vida de Oriana Fallaci).

P.: ¿Y nunca soñaste con casarte y tener una familia como lo hacen todas las niñas del mundo?

O.: Si pensaba en un amor, pensaba en Jack London; pero no para casarme con él sino para pasearme por el mundo con él, en trineo, vivir mil aventuras y después escribirlas. Jack London fue el primer autor que mi mamá me permitió leer y a través de él me enloquecí por la literatura. (Recomendamos esta columna: Oriana Fallaci, la rabia y el orgullo).

P.: Leías mucho: ¿por qué no jugabas como las otras niñas de tu edad?

O.: No recuerdo juguetes ni tampoco juegos con otros niños. Siempre me la pasaba con adultos; los niños no me interesaban.

P.: Nuestra familia era muy antifascista. Papá estaba en la resistencia, tú empezaste a hacerla desde muy joven, ¿ no es así?

O.: Sí, yo en esa época era una niña con trenzas. Mi nombre de batalla era “Emilia”. Sin embargo, yo no escogí participar en la resistencia de modo consciente, entiéndeme; siendo hija de un hombre como papá, que era un militante activo de “Giustizia e Liberta”, era inevitable esa participación mía que considero un privilegio tanto cultural como políticamente.

P.: ¿Y cuál era tu participación en la resistencia?

O.: ¿Cómo crees tú que eso podía ser a mi edad? No tenía sino trece años. Claro que no ponía bombas ni disparaba pistolas, pero a veces les llevaba las bombas a los que las ponían y las pistolas a los que las disparaban. Llevaba mensajes, la prensa clandestina del “Partido d´Azione”. También acompañaba a los presos ingleses y americanos que habían logrado escaparse de los campos de concentración nazis hacia las líneas de los aliados. Todo bajo la dirección de papá.

P.: ¿Fue ese el periodo más difícil para tí?

O.: No, el periodo más difícil fue en 1944, cuando arrestaron a papá después del descubrimiento de las armas en vía Gucciardini. A papá lo detuvieron, lo llevaron a la cárcel y lo torturaron. Nunca olvidaré cuando leí ese titular en la prensa: “Detenido cabecilla terrorista”. La noticia insinuaba el fusilamiento. Otro cuadro que no podré nunca borrar de mi memoria fue el día que fuimos a visitarlo en la cárcel: su cara estaba tan masacrada e hinchada que por un momento no lo reconocí. Nos saludó y nos tranquilizó diciendo: “No se preocupen que no me van a fusilar; más bien me mandarán a un campo de trabajo en Alemania”. Afortunadamente no pasó nada por el estilo; permaneció en la cárcel y punto.

P.: ¿Por qué te inscribiste a la facultad de medicina?

O.: La medicina era para mí el modo de entrar en el reino prohibido de la ciencia sin renunciar al humanismo hacia el cual me sentía atraída. Mi ambición era estudiar psiquiatría, pero tuve que abandonar la idea inmediatamente porque en la casa no había dinero.

P.: ¿Por qué y cómo escogiste el periodismo?

O.: Lo que me llevó definitivamente al periodismo fue el hecho de que caí en la cuenta de que para poder sobrevivir había que tener plata, había que trabajar y sin perder tiempo.

P.: ¿Por qué escogiste los periódicos?

O.: Porque trabajar para mí significaba escribir. Un día me decidí a ir a “La Nazione” pero me equivoqué de piso y acabé en “II Mattino”. Me recibió Gastón Pantera. Yo estaba convencida de que estaba hablando con el jefe de redacción de “La Nazione” pero era el de “II Mattino”. Me armé de coraje y le dije: “Quiero hacer reportería”. El tipo me miró y sonrió: “Cuántos años tienes?. “17”, contesté. Volvió y sonrió: “¿Cómo te llamas?” “Oriani Fallaci”. Me miró y preguntó “¿Eres pariente de Bruno Fallaci”. “Es mi tío”, contesté.

Tú sabes que el nombre del tío Bruno tenía mucho prestigio en el periodismo, me atrevería a decir que fue uno de los más grandes periodistas que tuvo Italia. Pantera me dijo al fin: “Bueno, hagamos un ensayo”. Me dio la dirección de un dancing de moda en las afueras de Florencia y me pidió que le escribiera una pequeña crónica. Estaba feliz. Sin embargo, se me ocurrió escribir mi articulito en unas hojas de cuaderno de escuela y a mano. Cuando lo llevé al periódico Pantera lo miró desconcertado y me gritó en la cara: “¿Qué es esta vaina? ¿No sabes ni siquiera escribir en máquina?”. Y me empujó hacía un objeto monstruoso, una máquina de escribir. No tenía ni idea de cómo utilizarla, me demoré nueve horas para pasar mi artículo a limpio. Cuando Pantera lo leyó, le gustó tanto que inclusive me lo firmo: O.F. y además me lo pagó: ¡300 liras!

P.: - ¿Qué sentiste cuando viste tu primer artículo en imprenta?

O.: Un orgullo loco, una emoción sin límites. Me pareció inclusive injusto haber recibido las 300 liras que tanto necesitaba. Me había lazando al periodismo por plata y ese día me di cuenta de que no se escribe por dinero ni siquiera en periodismo.

P.: En los años 50′s había pocas mujeres en el periodismo italiano ¿Cómo te sentías tu en ese mundo de hombres?

O.: Yo no era ni siquiera una mujer sino una niñita, trata de imaginarme, medía un metro con 56 centímetros (que infortunadamente nunca superé), pesaba 40 kilos, llevaba zapatos sin tacón y medias cortas, mi cara era redonda y sin maquillaje, pelo rubio oscuro y sin peinar. Fuera de eso tenía un deseo terco de trabajar sin tener en cuenta las dificultades. No me preguntes si tenía miedo: el miedo era un lujo que no podía permitirme y la timidez una carga que no podía llevarme encima.

P.: ¿Qué horario tenías en el periódico y cuántas horas trabajabas?

O.: En principio seguí estudiando en la universidad, durante algunos meses pensé que podría afrontar ambas cosas estudiar medicina y hacer reportajes. Así que a las ocho de la mañana estaba presente en los cursos de anatomía y hacia las diez llegaba al periodismo. Después de almuerzo llegaba a clase de química y hacia el atardecer regresaba al periódico donde trabajaba hasta altas horas de la noche. A las dos o tres de la mañana la camioneta que llevaba la edición para provincia me dejaba en mi casa. Como te puedes imaginar no dormía nunca más de cuatro horas por noche. Acabé enfermándome. Mi peso bajó a 30 kilos. Decidí entonces abandonar la universidad y dedicarme de tiempo completo al periodismo.

P.: ¿Cómo fue que entraste a trabajar en las revistas?

O.: Fue a los diecinueve años a través de “L Europeo”. Mis comienzos en este sector fueron como una ducha fría. El Papa de entonces –Pío XII- había excomulgado a los comunistas y en Fiesoli –cerca de Florencia-. Había muerto un dirigente comunista católico. Antes de morir había pedido la ceremonia religiosa, pero el cura del pueblo se había naturalmente negado a oficiarla. Entonces la célula local del PCI le había robado al cura todos los atuendos e implementos para el funeral religioso –cirios, estolas, etc.-. Al día siguiente todos los camaradas se habían vestido de curas y murmurando salmos y rezos habían llevado al muerto al cementerio. Yo me enteré del caso y, sin pensarlo dos veces me senté a la máquina de escribir. Hice un artículo pero me di cuenta que no servía para “II Mattino” periódico totalmente entregado a la Democracia Cristiana, entonces se lo mandé a Arrigo Benedetti, director de “L Europeo” y “comecuras” furibundo. Nunca pensé que lo publicaría. La semana siguiente en un kiosco de periódicos ¿qué veo? “L’ Europeo” que traía en su carátula el nombre de una Oriana Fallaci del tamaño de un cartelón y debajo el título: “También en Fiesoli Dios tuvo que acudir a los hombres”. Después de algunos días me botaron de “II Mattino”, por otro motivo.

P.: ¿Y qué hiciste?

O.: Me acordé de que Benedetti, el director de “L’Europeo” me había dicho que si me trasladaba a Roma sería más fácil escribirle algo para su semanario; así que hice maletas y me fui para Roma. Pero ahí no conocía a nadie; pasé un período de física hambre. En “L’Europeo” no me publicaban nada.

P.: ¿Y fue así como entraste a “Época”?

O.: Sí. Fue tío Bruno quien estaba de director en ese momento el que me aceptó, no porque mi situación le pareciera lastimosa sino porque detestaba a Benedetti. Permanecí en “Época” hasta que botaron a tío Bruno porque había peleado con Giorgio Mondadori. Nunca supe ni cómo ni por qué pero las cartas de despido fueron dos: una para mi tío y una para mí. Tal vez había cometido otro crimen imperdonable: ser sobrina de mi tío.

P.: ¿No tenías ningún amigo en esa época?

O.: Sí. Curzio Malaparte. Iba a visitarlo frecuentemente, me llevaba a pasear y como un adivino me anunciaba un futuro glorioso. “Usted se parece a mí, Oriana”, me decía. “Algún día tendrá un éxito estruendoso; pero no en Italia, en el exterior. En Italia la odiarán a morir, como me odian a mi”. “¿Y por qué Malaparte?”. Porque en Italia para que lo acepten a uno hay que acabar muerto en un cajón y enterrado debajo de un árbol.

P.: ¿A dónde fuiste después de “Época”?

O.: Volví a “L’Europeo”. Esta vez me contrató en serio el nuevo director Michele Serra. Fue en esa época que empecé a viajar. Serra me mandó a Estados Unidos para un reportaje que se llamaba “Hollywood a través del hueco de la cerradura”. Entrevisté a varias estrellas: “William Holden, Rosalind Russel, Cecil de Mille, Charlton Heston, etc. De la recopilación de esos artículos salió mi primer librito: “Los siete pecados de Hollywood”. En 1956 cuando estalló la insurrección en Hungría, Serra me mandó a Budapest. Esta fue para mí una experiencia importante; era como volver a los tiempos de la resistencia, oler de nuevo su perfume. Le debo mucho al buen Serra. Después de Serra tomó la dirección de la revista Giorgio Fattori. Me mandó a que le diera la vuelta al mundo y escribiera sobre las mujeres en los distintos países. Al volver tenía tanto material que publiqué un libro, mi segundo: “El sexo, inútil viaje alrededor de la mujer”. Fue el mismo Fattori quien me mandó a Nueva York como corresponsal de “L’Europeo”. La maravillosa ciudad de Nueva York que se volvería mi segunda patria. No creo que podré dejar Nueva York: la podré dejar por algunos meses, pero nunca para siempre.

P.: ¿Cuéntame cómo fue cuando fuiste al Vietnam?

O.: El que me mandó a Vietnam fue Tommaso Giglio -quien reemplazó a Fattori en la dirección de la revista-. Fue con Giglio con quien me entendí mejor, a pesar de tantas peleas. Un día le dije: “Quiero ir a Vietnam” y él me contesto: “Irás a Vietnam”. ¿Qué clase de reportaje te gustaría que hiciera?. “Lo que tú quieras”, me contestó. Y así salí para Saigón.

P.: ¿Nació así tu sexto libro “Nada y así sea”?

O.: Sí. Y con ese libro nació también mi especialidad de corresponsal de guerra. Después de Vietnam estuve en la guerra indo-pakistaní, en el Medio Oriente, en los motines revolucionarios de Bolivia, Brasil y Ceilán. Vietnam marcó un virage muy definitivo en mi vida.

P.: Volvamos a la vida privada. ¿Por qué se sabe tan poco de tus relaciones sentimentales, fuera de Alekos Panagoulis?

O.: Porque yo soy muy celosa de mi vida privada. Hablar de ella es para mí como desnudar la propia alma y exponerla al sol. Desnudar el alma no es lo mismo que quitarse el sostén en una playa. No, no está bien contar sus sentimientos, a menos que se haga como lo hice en mi último libro “Un uomo” (“Un hombre”), donde explico también políticamente el porqué de mi amor por Alekos y del suyo hacía mí.

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