Hubo un tiempo en el que los meros machos mexicanos se dejaban el bigote, cantaban fuerte, tomaban trago, pisaban duro y llevaban pistola al cinto, tal vez para imitar a aquellos Emiliano Zapata y Pancho Villa que firmaron y pelearon miles de revoluciones durante largos y sangrientos años de comienzos de siglo. Villa y Zapata marcaron a los mexicanos, porque su ley era matar o morir. Los dos fueron acribillados a mansalva. Uno, Villa, en la tarde del 20 de julio de 1923, en su automóvil, cuando se dirigía a una fiesta familiar. El otro, Zapata, en abril del 19, luego de que algunos de sus copartidarios le hubieran tendido una emboscada.
Cayeron dentro de sus propios códigos. Pasados el dolor del pueblo y la censura que sobre sus nombres impusieron los gobiernos, sus vidas, amores, caídas, costumbres y principios fueron cantados con otros nombres y en distintos contextos. Ellos eran los protagonistas de la revolución y de los corridos que por debajo del oficialismo celebraban sus hazañas, siempre en voces anónimas.
“Los indios, los aparceros, al influjo del alcohol olvidan por un momento la injusticia del patrón”, rezaba uno. “Por todos los traidores que han sido voluntarios, que acompañan a Huerta y a todo su escuadrón así los conquistamos aunque somos hermanos, sepan que aquí Zapata reclama al invasor”, cantaban y repetían otros.
Entonces fueron surgiendo Jorge Negrete, Pedro Infante, Miguel Aceves Mejía, Pedro Vargas, Javier Solís y José Alfredo Jiménez, quienes iban por pueblos y ciudades diciendo, por ejemplo, “es mi orgullo haber nacido en el barrio más humilde”, o “no tuvo tiempo de montar en su caballo, pistola en mano se le echaron de a montón. Estoy borracho les gritaba y soy buen gallo, cuando una bala atravesó su corazón”. “Eran mis ídolos”, admitía el miércoles pasado Vicente Fernández, dando a entender luego que él había ocupado sus lugares, más que nada, por una ley del mercado de las disqueras que sólo le daba espacio y acogida a uno.
“Mi éxito comenzó el día que murió Javier Solís, precisamente mi mayor referente”, añadía. Solís, por su parte, empezó a despegar el día del entierro de su ídolo, Pedro Infante, muerto en un accidente de aviación el 15 de abril de 1957, e Infante, después de que Jorge Negrete hubiera fallecido, en 1953. “Por eso, cuando me preguntan si yo soy el mejor, no puedo hacer otra cosa que responderles que no sé si el mejor, pero sí el más vivo”.