Pero no recobró la libertad. En la fecha y hora acordadas como el final de su pena carcelaria, sobre el escritorio de la guardia sí había una tarjeta de salida, pero expedida a nombre de otro presidiario. Ello explica que cuando se aprestaba a salir, al revisar sus documentos de identidad la guardia le impidió traspasar el umbral hacia la libertad porque, a pesar de lo establecido durante los días previos, para su terrible sorpresa ¡él no era el preso autorizado!
El reglamento carcelario prohibía el uso de los nombres propios tras las rejas. Por ello Luis Paralestrín durante sus diez años de presidio nunca volvió a escuchar su nombre en los pasillos, en los llamados de celda, en el patio o en el comedor. 253647 se convirtió para él en su nueva identidad, tal como ocurría con los demás presos. Pero el efecto no era el mismo tomando en cuenta que en esa cárcel operaba una tenebrosa mafia.
En la cárcel del Bondadoso Divino, un grupo de avivatos perteneciente al pabellón de condenados a cadena perpetua se había especializado en detectar y capturar las identificaciones de determinados presos. Luis Paralestrín, buen padre de familia, creyente irredento, académico de alcurnia, profesional de alto rango, en fin, un hombre correcto hasta que hizo lo incorrecto, había dejado su cédula de ciudadanía bajo custodia de la administración del penal ignorando que esa administración estaba cooptada por la mafia carcelaria.
Por esta silenciosa razón, el nombre de Luis muy pronto vino a engrosar la lista de los presos cuya identidad y perfil resultaban ideales para ser utilizados desde la cárcel con el fin de cometer todo tipo de delitos económicos. A nombre de Luis durante varios años la mafia estafó, secuestró y extorsionó sin que éste se percatara, gracias a que la disposición reglamentaria de codificar a las personas hacía que la verdadera identidad de cada quien pasara a segundo plano, excepto para la mafia.
El nombre LUIS PARALESTRÍN figuraba ya en diversos archivos fiscales como perteneciente, en unos casos, al sospechoso o, en otros, al acusado de perpetrar múltiples delitos, fuera endosando cheques, fuera firmando boletas extorsivas, fuera cobrando el producto de esas estafas o extorsiones que, a la hora de la verdad, eran hechos efectivos por la mafia que enviaba testaferros ante sus víctimas para cobrar el producto de sus delitos.
Así las cosas, el 30 de diciembre de 2019 a las 9:00, cuando Luis se dispuso a traspasar las rejas del presidio habiendo pagado la penalidad por el delito de homicidio culposo agravado sobre persona menor de edad, cometido una noche de fiesta en la que salió embriagado a conducir su automóvil, atropellando a un niño que jugaba en la calle y huyendo enseguida del lugar, no le fue permitido salir porque en esa fecha su nombre no estaba en el listado de salida sino en el de entrada ya que en los archivos de los investigadores fiscales figuraban a su cargo varias órdenes de captura.
A cambio, el 30 de diciembre de 2019 a las 9:00 mientras Luis quedaba preso, un prestante miembro de la mafia carcelaria identificado como Marino Perfumo, a nombre de quien se había extendido la única tarjeta de libertad de ese día decembrino, el último hábil del año, salía orondo por la puerta grande del presidio. De esta callada manera, Luis cumplió su pena pero no recobró su libertad.